Cuento
 Fecha:29/11/2011

PALOMITAY

Por Lucía Mayorga Garrido Cortés

–Waway, levantate. Así me decían cuando todavía mi pollera se movía entre el maíz y la tierra húmeda y las puntas de mis dedos morenos tocaban apenas el frío, cada dedo salía dos milímetros del zapato, que se había quedado pequeño y mi nariz se enfriaba más porque en relación a ella mi cuerpo era el que se iba quedando chico y frágil. Llevando mis dos largas trenzas negras, los pies juntos, guardando en la saliva seis hojas de coca que me tapan el susto y me mojan la garganta, atrapada en ese aguayo con las manos sudadas, ese que cambia de color según cómo te sientes. Estoy sentada en el aeropuerto de alguna ciudad de España, mis ojos llorosos y el sudor que tapa la mirada no me deja ver bien a la gente que me habla con un humo diferente, y no se deja entender.
–Boliviana, 36 años, Teófila Mamani, casi sabe castellano, m… ché,  bonita nomás,  morena, pero bien boluda se viene con pollera. Eso, mi morena, te lo tenés que sacar. Dale un cuarto, metela con los bolitas, entre ellos se entienden.
Me habla un argentino de la zona roja, de muerte, del sur de Buenos Aires, Villa Fiorito, de platos vacíos. Junta a los que migran en busca de pan a Europa, pero hay tratos sucios tras las paredes, se escuchan susurros de alevosía. Si se tiene hambre, ¿qué se va a hacer?
Calles nuevas de asfalto sombrío y monótono, caras distintas pero que tienen algunos rasgos parecidos a los que hay en mi tierra y que están ahí desde muchos años atrás. A veces siento que es como ver gente sin rostro, porque pasan frenéticos, acelerados y solos, pero todo sobre un mismo cielo, ¿Ahora qué tengo que hacer?, trabajar. Voy por las casas pegadas una con la otra, una tras otra, una tras otra…
Primera puerta; —Sucia. No—; segunda puerta; —¿De dónde es? —Bolivia, señorita (en un susurro). ¿Qué? Hasta que al fin me quedé en un lugar oscuro, donde uno respira polvo en vez de aire. Tengo que limpiar todas las mañanas, debajo de la alfombra, entre las barandas, en  los rincones de las sillas, tengo que limpiar cada suciedad, cada insulto, cada intolerancia, cada vez que ella me lo dice.  Después salgo a respirar, me lavo las manos, las vuelvo a ensuciar, cocino, no sé si comer y me pongo a cantar: Ay palomitay, por vos viditay  / He partido lejos por vos viditay.
Me callan, me dicen que eso no existe aquí.
En el cuarto diminuto en la esquina de un pasillo largo, se siente el aire pesado entre mi gente; a pesar de que vengo de su misma tierra,  la confianza no es completa, todos necesitan dinero, nadie tiene suficiente. Entonces me siento en el borde de la cama, me quito los zapatos, me lavo los pies con agua fría, me imagino que  es ese río que baja jugueteando desde la cordillera y se lleva mis penas con su agua sedienta de calor. La mujer de nariz ancha y ojos rasgados se acerca y me habla —de grande yo pensaba ser algo más de lo que soy ahora, pero no te dejan, tienes que pensar en comida para tus gentes, en que seas buena mujer. Todas aquí cambiamos, no nos vestimos igual, caminamos diferente, ocultamos nuestras manos gastadas por la tierra y nuestros ojos cansados por el sol de las primeras horas.
Me pongo de espaldas a ella, me seco los pies, dejo caer mis trenzas sobre mi espalda. Ella deshace los mechones, separa los caminos de cabello, las rutas que dejé atrás hace tiempo. Suelta todo mi pelo, todavía se siente un olor a campo, las dos de un suspiro, recordamos. Dejo atrás la pollera, la blusa de encaje y me paro frente a la bolsa de ropa que había llevado, saco una falda recta y una camisa, alzo la frente, me miro al espejo. Me veo diferente.
 Mientras la patrona sale, me quedo afuera pensando y recordando a mi padre que cada vez que cierro los ojos me dice que nada se puede olvidar, solamente evitar…
-—Teo apurate, el camión nos está dejando.
— Esperame Filito, tengo que coser mi calcetín, tiene un hueco y hace frío.
—  Ay, apurate pues, tenemos que ir a recoger el choclo.
—  Vamos, voy a coserlo allá.
Íbamos entre baches y piedritas, no podía meter la aguja en el ínfimo hueco del tejido de mi calcetín plomo, no podía mantener los dos pies pegados al piso, se iban levantando al compás del camino, entonces la aguja se desvió, mis pies se seguían moviendo, mis manos sudaban por el camión lleno de gente, no me estaba concentrando, no miraba a ningún punto en específico, las miradas se cruzaron, mis pupilas de dilataron, pensé que mi vida iba a terminar por una simple desviación que me había costado un punto rojo de sangre en el dedo meñique, pero cuando giré la cabeza para sólo decir  “ay”, me di cuenta que además de la aguja el camión también había salido de su ruta.
Desde ese momento mi vida había dado un vuelco, mis ojos volvieron a su estado natural, pero veían todo distinto. El calcetín plomo dejó de ser totalmente plomo, tenía manchas rojas que lo hacían diferente, la Filo sólo tenía un rasguño en la rodilla y los demás se despertaban con un dolor de cabeza agudo por el susto.
 “Vente waway, vente waway, vente, vente”, llamaba mi mamá a mi almita que se había ido como queriendo escapar de la realidad para no volver sino después de algunos golpecitos en el pecho.
Llegando justo al centro de los maizales, entre los choclos sonrientes, sentí que algo faltaba, me paré de puntas y nada me tapaba, eso no era normal, fui corriendo entre ramas chuecas y llegué al final, donde esa selva terminaba. El sol me llegaba de lleno y me obligaba a poner la mano para ver, faltaba un árbol, el único en su especie que puede taparte del sol más de cinco metros a la redonda, donde me columpiaba y veía las líneas que dejaba el paisaje. Volví con el ceño fruncido, formando una sola ceja en mi amplia frente.
Sabía que tenía hambre, pero evitaba contacto alguno con otra cosa que no sean mis brazos o el piso. Mi papá me llamaba —Teo ven, ven mal entretenida— me jalaba de la oreja y yo le sacaba la lengua, hasta que levantó la mano derecha, cerré los ojos y dejé escapar un gemido. Fingí estar de buen humor, iba saltando hacia la alfombra de flores que había dejado el árbol antes de irse, me tendí al piso. Pero algo desentonaba con la suavidad de las flores, hurgué: nunca había visto algo tan curioso, era una moneda de cobre, tenía un hueco al centro, que cuando lo acercabas al ojo para ver a través, veías sólo cosas interesantes, un pájaro en la última rama de un árbol, una mujer desabrochándose la blusa, una señora con arrugas muy profundas trenzándose el pelo entre canas  y la pupila negra y vacía de mi papá, que después de verme soñando y sonriendo me pidió que recoja choclos en vez de ver chihualitos y wayronquear.
Con esa moneda veo lo que nadie ve y la guardo en el calcetín plomo manchado de rojo que nunca terminé de coser.
Miro de nuevo por ese hueco de sueños y veo el sombrero de mi patrona volando —Recógelo lerda—. Me pongo a correr, miro el cielo, no podía mantener los dos pies pegados al piso, se iban levantando al compás del camino, mis manos sudorosas agarrando la moneda, sintiendo y extrañando el golpeteo sincronizado de mis dos trenzas a la mitad de mi espalda. Mi respiración se fue cortando, eché un suspiro, vi el aguayo cambiante que configuraba el cielo  y las líneas horizontales que dejaba el paisaje mientras yo corría agitada me detuve, “tengo que volver palomitay”.
 

Publicado en Ataralarata.

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