Literatura
 Fecha:30/05/2012

Nuevo ATARALARATA 30
Imperdible

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Lo que sigue es un adelanto de la segunda parte de su autobiográfica Memorias razonadas que Mansilla aún está escribiendo.   

 

Fernando Diez de Medina visto por los ojos de la Infancia
Por H. C. F. Mansilla
 
Fernando Diez de Medina (1908-1990), a quien llegué a conocer mejor con el paso de los años, representaba entonces al típico intelectual boliviano de clase alta: era simultáneamente poeta, ensayista, político, novelista, diplomático y periodista. Menciono a él y a otros intelectuales que fueron importantes durante mi infancia porque ellos encarnaban al poeta-pensador-político que no ha sido ajeno a mis planes y ambiciones profesionales. Aunque sus escritos no me hayan influido, este proyecto de vida ha sido de relevancia capital en los sueños borrosos y las elecciones conscientes que he realizado a lo largo de mi existencia adulta. Afirmo que fueron importantes para mi formación porque fueron los primeros hombres de letras que conocí personalmente, y estos vínculos pueden haber tenido un peso que no hay que subestimar. Según algunas teorías de considerable fama, los modelos de la infancia resultan ser decisivos para el resto de la vida. Además: no se puede saber con exactitud quiénes moldearon los tiernos años de mi vida y pensamiento y cuáles ideas „Ÿo mejor dicho: actitudes„Ÿ fueron valiosas en mi formación. Yo mismo no me doy cuenta del problema. En varias ocasiones he afirmado que la Escuela de Frankfurt constituye la influencia intelectual más importante de mi vida, pero no hay que descartar el ascendiente de los primeros contactos y de las lecturas más antiguas. Por todo ello me parece adecuado nombrar a estos pensadores aquí, al comienzo de mi recuento vital, máxime si durante la infancia, como se sabe ahora, uno está expuesto a las ideas más curiosas y a los encuentros más inesperados, y lo que resulta de todo ello no es fácilmente traducible a un análisis racional. Por ello haré aquí un breve recordatorio agradecido de aquellos intelectuales que conocí de niño y que me hicieron llegar su cariño en mis primeros años y luego su estímulo, aunque se percataron pronto de que yo no seguía sus ideas. Con ellos mi familia ha mantenido lazos de parentesco o amistad. 
 
Diez de Medina tenía en Sopocachi, cerca de la casa de mis padres, una hermosa residencia con una notable biblioteca. Fue animador y director de revistas culturales. Fundó el Movimiento Pachakuti, que él dirigió hasta su disolución, una corriente política contestataria, muy popular en ambientes juveniles y estudiantiles (a pesar del nombre no contaba ni con el más remoto apoyo entre los campesinos indígenas), que en aquellos años tenía fama de revolucionaria. Mi tío Gonzalo Romero era el subjefe nacional. Don Fernando se hizo de una sólida reputación política progresista al denunciar los presuntos fraudes impositivos cometidos por los grandes empresarios mineros (ante todo los llamados barones del estaño) contra el Estado boliviano. Diez de Medina apareció así ante la opinión pública como el valiente defensor de los intereses estatales (la “patria”) contra la corrupción y las maniobras de los sectores privados vinculados con el exterior (la “antipatria”).
 
Cuando era niño leí letra por letra y línea a línea dos documentos programáticos de extraño título que Don Fernando había regalado a mi padre, sin entenderlos. Fueron los primeros escritos políticos que cayeron en mis manos: Siripaka, la batalla de Bolivia, y Ainoka, ideario del Pachakutismo. Venían juntos en un folleto de color amarillo, fruto de una impresión muy modesta. En 1961, en el último año del bachillerato, volví a leer a Diez de Medina y elaboré algunas notas que sirven de base a estas Memorias razonadas. Me acuerdo como si fuera hoy del estilo altisonante y de las invocaciones al paisaje, a la nación, a la mística de la tierra, a la esencia de la patria y a la reforma moral, aunque no sabría decir cuáles políticas públicas concretas propugnaba el Movimiento Pachakuti. Diez de Medina decía: “Patria es el dolor de comprender”. Pero a estas hermosas palabras no seguían un contenido discernible ni un programa debatible. Un aire de simplificación recorre estos escritos. El autor, previendo una crítica, dice que estos documentos no son “un programa inmediato de gobierno, sino el planteamiento necesario para los próximos cincuenta años”. Son la obra de un poeta: no hay duda de la belleza del lenguaje y de la calidad y originalidad de la redacción. Pero estaban plagados de tópicos que eran comunes a todos los partidos, como los postulados de justicia social, modernización, industrialización, mejor educación y, sobre todo, desarrollo acelerado. Diez de Medina tenía ciertamente algunas propuestas interesantes, como la equidistancia entre derecha e izquierda, el designio de incluir socialmente a los indígenas y la renovación de la ética socio-política. Pero no se vislumbraban senderos claros y medidas específicas. Desde entonces siento una marcada desconfianza hacia este tipo de publicaciones. Como dijo Alberto Crespo Rodas, la patria es “la gran ocupación ficticia e insincera de los bolivianos”. Mucho tiempo después, durante mis estudios universitarios en la lejana universidad de Berlín, me percaté de que la inmensa mayoría de los partidos políticos latinoamericanos utilizaba un discurso muy similar.
 
En aquellos años, que eran los últimos antes de la Revolución Nacional de 1952, Diez de Medina encarnaba el espíritu nacionalista de los círculos cultivados que se oponían a la “oligarquía”. Como niño y adolescente yo comprendía obviamente muy poco de estos problemas, pero en aquellos tiempos se formaron mis simpatías y aversiones políticas que duran hasta hoy, tal vez bajo la influencia de mis padres. El antiperonismo de mi madre y el antinacionalismo de mi padre contribuyeron a que yo nunca despliegue la más pequeña simpatía por el axioma “patria/antipatria” del populismo radical. Con mi amigo Alberto Palacios compartíamos la misma opinión. Ni siquiera tomábamos en serio la denuncia de fraude fiscal cometido aparentemente por los barones del estaño, aunque todo esto no significaba dejar de admirar y visitar a Don Fernando. 
 
Cuando Diez de Medina fue Ministro de Educación del nacionalismo revolucionario y, posteriormente, cuando llegó a ser consejero principal del presidente y general René Barrientos (1964-1969), el estilo „Ÿy creo que el contenido„Ÿ de los discursos no varió mucho. En este último periodo la influencia política de Don Fernando alcanzó su apogeo: todas las decisiones y los nombramientos importantes pasaban por sus manos. Se dice asimismo que Diez de Medina fue asesor del terrible dictador Luis García Meza (1980-1981), cosa que no me extrañaría. No podía estar lejos de las fuentes del poder y el dinero; estar distanciado de ambos factores le producía un malestar profundo que tenía que ser superado con celeridad, como cuando se combate una enfermedad aguda. En ello se parecía a casi todos los políticos del país. Tuve simpatía por Don Fernando (“Papicho” para la familia), pese a estos detalles y al hecho de que hacia afuera no era una persona con sentido de humor y menos de auto-ironía. Tenía el gesto adusto, algo así como una seriedad profesional y patriótica. Esta era su máscara de hombre público; en privado podía ser divertido y gracioso, vehemente y apasionado, un gran jugador de fútbol y buen animador de las comidas familiares. Componía poemas laudatorios para los que celebraban cumpleaños, poemas que siempre arrancaban lágrimas de los asistentes. Era aficionado a los deportes y a las mujeres. Iba vestido muy cuidadosamente. En la elegancia y la inclinación por el bello sexo se parecía a su padre Eduardo Diez de Medina, el famoso canciller, cuya memoria cultivaba Don Fernando con unción filial. La música clásica constituía su gran pasión estética; poseía una impresionante colección de discos y escritos sobre compositores. Nunca se jactaba de sus obras publicadas, jamás mencionaba sus viajes y puestos políticos, nunca se vanagloriaba de sus conocimientos en arte, literatura y música. 
 
Con el tiempo Don Fernando derivó hacia posiciones cada vez más conservadoras. Era izquierdista de corazón y derechista de razón. De él aprendí muchas cosas sobre la cultura política del país y sobre la vida cotidiana de esta curiosa actividad, que desde mi infancia me ha causado al mismo tiempo atracción y antipatía, ambas en grado elevado. En 1950, Diez de Medina recibió el Gran Premio Nacional de Literatura, otorgado por el gobierno oligárquico que combatía sin piedad. Mi padre me llevó al homenaje en la universidad, que fue el primer acto público al que asistí en mi vida. No entendí nada de los muchos y encendidos discursos, pero me impresionaron la prosa poética y patriótica de Don Fernando y la respuesta entusiasmada del público. El gran auditorio de la universidad estaba totalmente lleno; los asistentes tenían la mirada febril, como cuando se escucha la palabra definitiva de un profeta. Hacia el final la gente lloraba de emoción. Los aplausos se transformaron en una ovación que no terminaba nunca. Fue el homenaje más notable que Diez de Medina recibió en vida. Y mi padre me decía, entre molesto e irónico: “Una gran escuela para un futuro político”. Nos regalaron el texto del discurso en una modesta copia titulada: “El pueblo que lucha con el ángel”. Muchos años después, en 1961, poco antes de mi partida a Alemania, leí detenidamente este discurso, que, como afirmaba mi padre, era la muestra de un hábil oportunismo. En el documento Don Fernando agradece el premio, pero no al gobierno que se lo concedió, sino a la nación (con mayúscula). Reitera lugares comunes (“No busqué premios ni honores”; “Consagré mi pluma a la Patria, a la Verdad, a la Belleza”), proclama la necesidad de una “revolución moral” de la honestidad y el desinterés, hace un encendido elogio de los indígenas y hasta parece celebrar el carácter nacional y las ventajas del subdesarrollo: “Dichosos nosotros, los bolivianos, varones de libertad, soldados de justicia, que preferimos quedar en nación pequeña y digna, antes que terminar en Estado grande, fenicio, poblado por almas vacías”. Esta combinación de elementos dispares, que tocaban fibras emocionales profundas, tenía que causar necesariamente una notable impresión sobre un público que anhelaba cambios sociales, participación política y progreso material. Creo que Diez de Medina malogró un respetable potencial político al ingresar poco después (1952) al gobierno y al convertirse en un propagandista mediocre de casi todos los gobernantes posteriores.
 
En sus libros Don Fernando empleaba un estilo rimbombante, sin llegar a ser vulgar, que dejaba traslucir su profunda emoción al hablar de obras de arte y literatura, emoción estética que era a veces contagiosa. Leí con sumo cuidado algunas de sus obras. Le debo seguramente una parte de mi interés por Italia y la cultura de ese noble país y la afición por los grandes clásicos renacentistas de la pintura. Viajó mucho desde pequeño y poseía un gran bagaje cultural. Era un hombre muy generoso con sus parientes y amigos. Adoraba a los niños y a los pequeños animales. Consagró una gran parte de su tiempo a cuidar a sus hijos, nietos, sobrinos, parientes y otros allegados, sin proferir jamás una palabra de queja o de cansancio.
 
Nunca me sentí atraído por sus inclinaciones fuertemente teluristas (“la verdad del suelo y de la raza”), pero reconozco que Diez de Medina fue un historiador de las ideas avant la lettre, el primero que esbozó un orden lógico-evolutivo y una interpretación de las influencias externas y de las ideologías en Bolivia. Fue, además, uno de los primeros escritores consagrados a temas histórico-políticos; sus polémicas con Franz Tamayo y Alcides Arguedas fueron memorables. Su vida coincidió con el renacimiento de tendencias nacionalistas, las que fueron moldeadas parcialmente por su obra y su palabra. Su reivindicación de los valores telúricos dio lugar posteriormente a las corrientes indigenistas. Mediante sus libros sobre la cosmogonía india Diez de Medina ordenó y organizó el panteón aymara, dándole su configuración actual. Se trataba, por supuesto, de un indigenismo elitario, que ha sido ignorado sistemáticamente por los partidos políticos indigenistas de la actualidad. Don Fernando no representaba el tipo del historiador erudito ni del cientista social que realiza una investigación empírica; él fue claramente un ensayista, un buscador de las “raíces nacionales”, alguien que investiga literariamente el tema de las identidades colectivas. Él mismo se veía como el portavoz de una gran inquietud social: el intento de escudriñar el núcleo perenne de la patria. Se trata de una búsqueda inútil, pero es una actividad que da sentido a todas las otras. Y eso no es poco.
 
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