Literatura
 Fecha:13/08/2013

Literatura Y Democracia
Por Adolfo Cáceres Romero

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Desde luego que me parece una propuesta interesante recorrer los últimos 25 años de nuestra vida democrática, para analizar en ese contexto la situación de las letras en el país; concretamente, saber cuánto se produjo y si hubo un cambio o no. Hablo de 1983 al 2009; sin embargo, no se comprenderá muy bien ese periodo si se ignora lo que deja tras de sí. Al leer dicha propuesta, me vino la amarga sensación de que ya éramos historia los de las generaciones pasadas, a pesar de que seguimos produciendo y que las vidas de los nuevos escritores aún están mezcladas con las nuestras.  
 
El equipo coordinado por Omar Rocha Velasco y Cléverth Cárdenas Plaza nos muestra un encomiable empeño, que hubiera logrado mejores resultados si acaso superaba sus precipitaciones y ligerezas. Por un lado, Cléverth Cárdenas, en su artículo inicial, “Democracia y literatura boliviana”, afirma que han revisado “los archivos, fondos y bibliotecas más representativos del país”; sin embargo, también dice que: “Quizá los índices de cada género no estén completos, pero estamos seguros de que contienen a los textos más representativos”. Una aclaración, sin ánimo de desmerecer su redacción: No se dice: “contienen a los textos más representativos”; la “a” está demás, a no ser que quiera decir: a los autores más representativos. Esa “a”, como preposición, sólo funciona con personas, no con cosas u objetos inanimados; desde luego que también se da en otras situaciones, como dativo o complemento indirecto, pero no viene al caso entrar en esos detalles. Volviendo a su artículo, no sé cómo pueden estar seguros si, al mismo tiempo, Cléverth dice: “quizá no estén completos”.  Ese “quizá” nos hace ver, a más de su inseguridad, que algo falta por descuido o porque exageran al decir que acudieron a “los archivos, fondos y bibliotecas más representativos del país” o, también, puede ser porque algunos de esos escritores  no gozan de la simpatía de los miembros del equipo; entonces, también dudamos de que hicieran: “uno de los esfuerzos más grandes por completar el trabajo,(;) los textos faltantes fácilmente pueden ser añadidos una vez socializado el trabajo”. ¿Textos faltantes? Claro, si se refiere a la colección de cuentos de “Correveidile”, por ejemplo, teniendo en cuenta que Manuel Vargas les puso al alcance de la mano los cuentos más selectos del país; Por otra parte --a pesar de anunciarla en el título--, se olvidaron de la novela; de ahí que es natural que dejaran de lado a autores, como:  Renato Prada, Néstor Taboada, Manuel Vargas, Raúl Teixidó, Ruber Carvalho, Claudio Ferrufino, Gonzalo Lema, Ramón Rocha, Wolfango Montes, Homero Carvalho, Paz Padilla, Juan Claudio Lechín, Gaby Vallejo, Gabriela Ovando, Georgette Canedo de Camacho, Juan de Recacochea, Edgar Ávila Echazú, Waldo Barahona, Sebastián Antezana, Freddy Ayala Vallejos, Luisa Fernanda Siles, Wilmer Urrelo, Juan Pablo Piñeiro, Mauricio Murillo y otros cuya obra no puede pasar desapercibida; entonces, los faltantes posiblemente sean añadidos; después de todo, no se trata de desconocidos y la novela no puede ser reducida a un capítulo donde sólo se hable de dos de sus figuras (Edmundo Paz Soldán y Alison Spedding); lo evidente es que algunas obras jamás serán tomadas en cuenta, sobre todo en lo que a mi producción se refiere. ¿Por qué? Probablemente por consigna. Inclusive en el catálogo presentado por Marcelo Villena, ignoraron mis cuentos y novelas. Actitud inconcebible en intelectuales que --aun equivocándose-- han mostrado integridad y solvencia, honrando cuanto escribían; después de todo, se trata de docentes universitarios. Entonces, ¿cómo pensar que pudieran hacer labor de inquisidores, al no encontrar otra forma de responder mis críticas? Luego de este artículo, ¿sentirán que tengo algo personal contra ellos?  Al contrario, pondero su empeño; pero no por ello voy a aplaudir sus incoherencias. Lo cierto es que en cualquier lugar del mundo  se respeta el derecho a disentir, especialmente viviendo en democracia. Si lo piensan bien, los únicos perjudicados son ellos mismos y los que confían en la calidad de su labor. De los cinco libros de cuentos que publiqué a partir de 1983 (“Los golpes”(1983), “La hora de los ángeles”(1987), “Entre ángeles y golpes” (2001), “El despertar de la bella durmiente” (2009), “Cinco noches de boda”(2009) ), varios cuentos fueron traducidos a otros idiomas, hallándose en antologías y revistas de América y Europa, inclusive “Cinco noches de boda”, fue presentado en la Feria del Libro de Mar del Plata, el 2009, por Adolfo Colombres; en cuanto a mis cinco novelas, 2 fueron publicadas entre el 2006 y 2009; además, “La saga del esclavo” (2006) y “Octubre negro” (2007) circulan en un espacio virtual, habiendo registrado más de cincuenta mil lectores. Las cinco novelas fueron reeditadas recientemente por la Editorial Kipus de Cochabamba, lo mismo que “El Charanguista de Boquerón”,  galardonada con el Premio Nacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz” (2010).      
 
Creo necesario advertir que la publicación de los dos volúmenes de “Literatura y Democracia Novela, Cuento y Poesía en el periodo 1983-2009”, se hizo posible gracias a la labor del grupo formado en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Carrera de Literatura de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, de la Universidad Mayor de San Andrés. Grupo que también impulsó la selección de las 15 novelas fundacionales de la narrativa boliviana. No dudamos de que su formación académica sea de buen nivel, siendo plausible que, tanto docentes como estudiantes, se hubieran empeñado en analizar la literatura del actual momento democrático. Pero hay algo que va más allá de lo académico y tiene mucho que ver con la fuerza de voluntad para superar retos y barreras. Con todo, se han constituido en los principales analistas de la producción literaria que se centraliza especialmente en la ciudad de La Paz. Desde ya es un auspicioso comienzo, porque a todo investigador –como en mi caso— sus resultados siempre le serán útiles, aun cuando uno no siempre esté de acuerdo con sus ideas. Desde luego que esperamos que pronto amplíen su horizonte al resto del país --con criterio integrador--, teniendo en cuenta que hay buenos narradores y poetas en El Alto, en Tarija, Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, Oruro, Potosí, Trinidad, Cobija y otros centros urbanos más pequeños, que merecen ser tomados en cuenta; inclusive los cartoneros, dado que también producen obras de calidad.  
 
En la contratapa del volumen dedicado al análisis teórico, con seis estudios, el portavoz del equipo dice: “El periodo democrático como tal, no ha generado una “nueva” literatura, pero ha posibilitado el surgimiento de “voces” narrativas y poéticas caracterizadas por la pluralidad temática y formal”. Por si acaso, la pluralidad temática y formal no es característica exclusiva de nuestro periodo democrático, ni de ningún otro. Asimismo, no existe periodo democrático alguno que, como tal, hubiera generado una “nueva” literatura. En este punto, creo que es necesario  aclarar que lo nuevo surge de otras instancias,  como ocurrió con la literatura del Renacimiento, gracias a la presencia de Dante, Petrarca y Bocaccio; o la del Romanticismo, explicada y orientada por Víctor Hugo en el “Hernani” (1830), o también por Baudelaire, que con “Las flores del mal” (1857) dio margen a una nueva poesía, así como Joyce, Proust y Kafka lo hicieron en la narrativa. Y con Borges, ni qué decir. Bueno, hablando de nuestro país, es importante advertir que lo nuevo en el periodo democrático, en narrativa, prácticamente procede de 1990, cuando Edmundo Paz Soldán publicó su libro de cuentos “Las máscaras de la nada”. A partir de entonces, hay una nueva manera de contar, como lo podemos apreciar en la obra de Giovanna Rivero, Blanca Elena Paz, Rodrigo Hasbún, Maximiliano Barrientos, Claudia Peña Claros, Liliana Colanzi, Paola Senseve Tejada, Sebastián Antezana, Mauricio Murillo, Iván Gutiérrez, Roger Otero, Christian Kanahuaty, Shariel Baptista y otros jóvenes narradores que van cosechando lauros dentro y fuera del país. Por otra parte, el “Taller de Cuento Nuevo” que dictó Jorge Suárez en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en 1986, fue el feliz preludio de ese cambio.
 
Democracia y literatura boliviana 
Cléverth Cárdenas, en su estudio “Democracia y literatura boliviana”, esboza ideas  que no quedan muy claras, cuando dice, siempre con su fatigoso “quizá”: “Quizá el gran mérito que estas páginas encierran es deliberar sobre tres corpus literarios que hasta el momento, salvando ciertas excepciones, no habían sido enfocados como conjunto y acaso sí como propuestas dispersas”. Buscamos los tres corpus literarios y nos perdimos en una marejada de conjeturas. Ahí, lo que más bien me llamó la atención es el procedimiento de trabajo de este equipo: de 1.738 libros “publicados”, sus componentes tuvieron que hacer “un corte mucho mayor”, eligiendo --¿al azar?— las obras que iban a leer, de modo que pudieran “rastrear” un corpus representativo, a libre elección de “los investigadores que acompañaron esta pesquisa”. Encontraron que ese “desafío complejo” no fue nada fácil al calor de las discusiones, para dar con “una fórmula general” que les “brind(ara) la certeza de una selección justa y representativa al momento de escoger cuál o qué texto leer, considerando el gran número de ellos” (el subrayado es mío). ¿Selección justa? ¿Gran número? Al parecer, optar por una fórmula fácil ha sido la tónica de su labor. Emprender un estudio crítico de gran alcance no es tarea fácil. Implica un esfuerzo notable y desinteresado. No tienen ni idea de los miles de textos que hube de leer y analizar para completar los cuatro volúmenes de mi “Nueva Historia de la Literatura Boliviana” (poemas, cuentos, novelas, crónicas coloniales, ensayos, biografías, antologías, artículos de periódicos y revistas, entrevistas, folletos republicanos, obras de teatro, reseñas, cartas, etc.). Es importante leer todo ese material, para saber en base a qué textos trabajar; entonces, viene la fase de selección y organización de la estructura de la obra; trabajo que me ha llevado varios años; otro tanto, su redacción  que tampoco ha sido fácil,  pero no por ello imposible. 
 
Por un lado, Cárdenas toma los juicios que Javier Sanjinés expone en su estudio: “Tendencias actuales en la literatura boliviana” (1985). Al respecto, me parece necesario aclarar su apreciación del testimonio, cuando dice: “El testimonio para Sanjinés, lo mismo que para Jhon Beverley y Hugo Achugar, es la expresión o la nueva manifestación de la literatura latinoamericana, mucho más legítima para hablar de la creación de símbolos representativos para diversos grupos sociales y humanos”. ¿Más legítima que cuáles símbolos representativos? De lo que no cabe duda es que todo testimonio es directo y vivencial; cualquier especulación teórica, por muy novedosa que sea, se queda en eso, en  teoría. Bervely y Achugar hablan de “La voz del otro”, como “Testimonio, subalternidad y verdadera narrativa”. Es aventurado lanzar adjetivos como: verdadero, para cualificar algo que se hace inefable en el gusto de las generaciones. La singularidad de la narrativa fue magistralmente expuesta por Mijail Bajtín en su “Teoría y estética de la novela” (1989).  Luego, Cárdenas, sin esbozar nada nuevo ni legítimo, reitera: “De ese modo, la propuesta temática de Sanjinés para la crítica literaria boliviana en el periodo democrático, se centra, primordialmente, en el testimonio”. Testimonio que se da en cualquier periodo, como lo muestran Mijail Bajtín,  Walther Benjamín y Georg Lukács, este último con La novela histórica (1955) y Significación actual del realismo crítico (1958). Ambos tratan de aspectos testimoniales bien documentados que continúan vigentes en nuestro periodo democrático  El prurito de acomodar ciertas teorías nacidas en circunstancias que no siempre son aplicables a una realidad concreta como la nuestra, a veces, nos lleva únicamente a ponernos a tono con la moda. Ni Sanjinés, menos Jhon Berveley y Hugo Achugar pueden comprender plenamente “la nueva manifestación de la literatura latinoamericana”, sin antes haber apreciado inclusive las manifestaciones estéticas de la oralidad. Al respecto les recomendaría tomar en cuenta dos obras que pueden ampliar su criterio globalizador: “Celebración del Lenguaje” (1997), de Adolfo Colombres, que va “Hacia una teoría intercultural de la literatura”, y “La literatura testimonial latinoamericana” (2003), de Gustavo V. García, que esboza una “(Re) presentación y (auto) construcción del sujeto subalterno”, ampliando la visión crítica de Berveley.  Si bien Sanjinés es boliviano, nacido en La Paz (1948), hace ya varios años que ha fijado residencia en los Estados Unidos, trabajando en la Universidad de Minnesota. En la mayoría de sus estudios se lo percibe fiel a su invariable testimonio urbano. Así difícilmente podría tomar en cuenta la descolonización de la educación indígena, la participación política del indígena y especialmente su papel en la redefinición del actual proyecto nacional; en tanto Jhon Bervely es un prestigioso analista norteamericano dedicado al estudio “subalterno”, como testimonio de la cultura del otro, especialmente en “Against Literature”. “Contra la Literatura” (1993). En su crítica de una obra, en lugar de ver las unidades promueve analizar los momentos en los cuales se descompone un texto. Luego de la exitosa difusión  de su ensayo “Anatomía del testimonio” (1987), publicado en la “Revista de Crítica Literaria Latinoamericana”, 25,  en una entrevista dice: “No somos subalternos, no somos Rigoberta Menchú. Ella es latinoamericana, pero no habla necesariamente para todos los latinoamericanos, ni aun para los indígenas”. Claro que no y por esa razón su testimonio se hizo universal, accediendo al Premio Nobel de la Paz. Cléverth Cárdenas considera que el testimonio es vital para definir su ámbito de estudio. Y así es. Pero del mismo modo, también habría que considerar los testimonios que se dieron en el tiempo de las dictaduras; tiempo que para cualquier artista siempre está latente. ¿Por ventura, alguien cree que ya se acabaron las dictaduras? La ambición por el poder  encuentra muchas formas para dominar, someter y amedrentar no sólo a sus oponentes, sino al pueblo que lo eligió. En la experiencia boliviana, bástanos un ligero repaso a nuestra historia; asimismo, leer los poemas de Alcira Cardona Torrico, Jorge Calvimontes, Alberto Guerra, o a los cuentos de René Pope, Víctor Montoya, Renato Prada y tantos otros que aún  registran  la sangre y dolor de nuestro pueblo. Por si no lo han advertido, “Si me permiten hablar”, de Domitila Chungara, ha sido la cantera para muchos poetas y cuentistas bolivianos, no de entonces, sino de hoy. Cuando se habla de literatura nacional, no es adecuado focalizar el estudio en un núcleo urbano, como en este caso La Paz, y dejar de lado los centros mineros, donde también se lee y escribe. Finalmente, Hugo Achugar, uruguayo de nacimiento, con quien estuve en 1965, en Montevideo, cuando ambos comenzábamos con nuestros escarceos literarios; ahí también volví a encontrarme con René Zavaleta, luego de nuestros años en el Colegio Nacional Bolívar de Oruro. Zavaleta, exiliado, trabajaba en el semanario “Marcha”; además, en la Embajada boliviana se encontraba Oscar Cerruto. Aquellos fueron inolvidables momentos. En Achugar, el testimonio es parte vital en la motivación de sus “Notas sobre el discurso testimonial latinoamericano”, en “La historia en la Literatura Iberoamericana”. Eds. de Raquel Chang-Rodríguez y Gabriella de Beer. Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1989. Bajo ninguna circunstancia deja de expresar la importancia del testimonio en los movimientos sociales y culturales. Con todo, cabe aclarar que cuando algún crítico se refiere a la literatura latinoamericana (no hispanoamericana, únicamente), debe hablar, también, de las obras que se producen en otras lenguas, no exclusivamente las de las élites urbanas, como el español, portugués, inglés o francés, sino de las que nacen con las culturas aborígenes, ya sean: maya, azteca, quechua, aimara, mojeña o guaraní. Si revisan la “Revista de crítica literaria latinoamericana”, del primer semestre de 1993, año XIX-N° 37, Pgs. 243-258, encontrarán un testimonio por demás interesante sobre “El jukumari en la literatura oral de Bolivia”.
 
Para concluir con esta parte, otro esfuerzo que destaca Cléverth Cárdenas, es el realizado por el grupo elitista de Blanca Weithüchter y Alba María Paz Soldán, con su “Hacia una historia crítica de la literatura boliviana (2002), en dos volúmenes financiados por el PIEB; las observaciones que les hice por prensa y en el primer volumen de mi “Nueva Historia de la Literatura Boliviana”, no fueron bien recibidas por los integrantes de ese equipo. Cléverth Cárdenas dice en su artículo que: “Se trata de una construcción histórica en términos cronológicos, pero teniendo a la literatura y su acontecer como fundamento. Al mismo tiempo divide su trabajo en cuatro partes, la primera denominada el Arco colonial, un pliegue, el Arco de la modernidad y un Postludio”. Al parecer, ni él ni los responsables de esta su “magna” obra se han dado cuenta de lo que implica “desarrollar en términos cronológicos” un estudio histórico que, además de ser claro y preciso, debe ser didáctico y ordenado. A continuación Cárdenas añade: “El Arco colonial pretende eludir la referencia cronológica que nos remitirá sólo hasta la colonia y piensa la colonia como la actitud testimonial del lenguaje que radica en las obras”. Semejante aserto se contrapone a su anterior enfoque. Primero, si “pretende eludir la referencia cronológica”, deja de estar “en términos cronológicos” y, si es colonial, es lógico que su pensamiento los remita “sólo” a esa época. Lo que viene después no tiene una justificación clara, cuando dice: “Así el arco colonial traspasa las fronteras históricas y el cambio, a juicio de Blanca, se da con la aparición de “Castalia Bárbara” (1899), porque con Ricardo Jaimes Freyre, la obra por primera vez deja de reproducir la realidad y construye sus propios mundos”. ¿Qué arco es ese que traspasa las fronteras históricas, dejando de lado los periodos independentista y republicano, para situarse en el Modernismo que se abre a comienzos del siglo XX, en Bolivia? ¿Acaso, una vez clausurada la colonia, las naciones liberadas no se propusieron seguir un nuevo rumbo, más acorde con su condición soberana? La aparición del romanticismo fue primordial para ellos, adquiriendo carácter local en cada una de las repúblicas nacientes, como lo expliqué en el tercer volumen de mi “Nueva Historia de la Literatura Boliviana” (1995). ¿De dónde sacan la idea de que “Castalia Bárbara” es una obra que deja de reproducir la realidad? ¿Qué es la realidad para ellos y qué tiene que ver esa obra con el periodo colonial? Entiéndanlo bien, ninguna obra literaria, por más fantástica que sea, se da al margen de la realidad. “Castalia Bárbara” es un canto épico lírico, inspirado en la mitología escandinava. Como los símbolos, los mitos son una forma de interpretar la realidad; además, forman parte de la cultura de una nación. Tan despistado anda Cárdenas que luego dice: “el indigenismo, preocupación del siglo XIX, ha sido importante para nuestras letras y nos dio una de las novelas bolivianas más conocidas en el mundo: Raza de bronce (1919)”. ¿Le será difícil entender que dicha preocupación era del siglo XX, dado que esa novela fue publicada en 1919?
 
 
Dos novelistas del periodo democrático: Alison Spedding y Edmundo Paz Soldán 
Gilmar Gonzales Salinas, docente de la Carrera de Literatura de la UMSA, comienza su artículo con una reflexión de notables alcances para el estudio de nuestras letras; reflexión que lamentablemente no se concreta, ni en él ni en sus colegas, constituyéndose en un simple enunciado. De entrada dice: “En una reflexión sobre la literatura en Bolivia no tendría que obviarse el tema de la tradición oral. Tema que, sin embargo, ha sido obviado casi siempre”. Fiel a ese “casi siempre”, Gonzales lo obvia una vez más. Desde luego que el título de su trabajo es claro en sus intenciones, sobre todo con la obra de Spedding, que se inspira en los temas de la tradición oral aimara, aunque Gonzales no lo destaca en ese sentido; en cambio en Paz Soldán, el indio sólo aparece tangencialmente; aspecto que Gilmar Gonzales de algún modo procura destacar, a pesar de que no entiende que cada escritor tiene su espacio, que no siempre limita y condiciona su creatividad. Jesús Lara (1898-1980) en “Surumi” (1943), novela indigenista traducida a varios idiomas y que llegó a 8 ediciones con “Los Amigos del Libro”, muestra un indio sui géneris, Wáskar Puma, héroe de la Guerra del Chaco, que tiene rendida a sus pies a Vinvela, la orgullosa hija de su patrón. Sustancialmente es lo que quiso mostrar Lara, o sea, es su versión del indio civilizado, en un periodo en el que era tenido a menos. El éxito de la novela se hizo indiscutible, continuando vigente  30 años después de la muerte de su autor. La presencia del indio en las novelas de Paz Soldán es natural y pertinente con los argumentos que desarrolla. No tiene por qué incidir en el indigenismo, si no se siente motivado a hacerlo. No por falta de talento; después de todo, es un creador imaginativo, como también lo fue Chateaubriand, que escribió su novela indigenista “Atala” (1801), sin salir de Francia.   
 
Gilmat Gonzales justifica su artículo con las siguientes palabras: “Elegí a Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) y Alison Spedding Pallet (Londres, 1962) porque en uno vemos representado el mundo de los “blancos” y en la otra el mundo de los indios. También porque son un novelista y una novelista. Y porque creo que son una metáfora de dos movimientos de nuestra democracia: uno que oscila en el vaivén de estar y no estar aquí y el otro más bien afincado en lo propio”. Tienede a racista cuando insinúa que Paz Soldán representa “el mundo de los blancos”; en todo caso, en sus obras están las clases sociales de los países en los cuales ha vivido, especialmente el suyo. Cuando Gonzales dice: “oscila en el vaivén de estar y no estar”, desliza un razonamiento que se hace ambiguo. En tal caso, para precisar no debe ser “el otro”, sino “la otra”. Además, ¿no están ambos narradores afincados  en lo propio? Bueno, como sea, ahí aparecen estas dos figuras, confrontadas por voluntad de un articulista, que no sólo se muestra interesado por la temática de las obras que analiza. Veamos: Al referirse a la obra de Paz Soldán, Gilmar Gonzales Salinas, dice: “Edmundo Paz Soldán es un novelista de lo que en lenguaje común se llama la clase privilegiada. No sólo debido al lugar económico y social al que el autor pertenece (,) sino porque el mundo representado a través de su escritura y su perspectiva narrativa son de la clase privilegiada”.  En lenguaje común, a los de esa clase se los llama “jailones”. ¿Es así cómo percibe las novelas de Paz Soldán? Desde luego que Paz Soldán es un novelista privilegiado, pero no por su rango social, sino por su extraordinario talento creativo. Pocos narradores  bolivianos han logrado, en toda la historia de nuestra literatura, la atención y las distinciones que le confieren sus lectores y críticos de dentro y fuera del país, sin contar las traducciones de sus libros (a la fecha a nueve idiomas). En marzo cumplirá 46 años de edad. Hay que entender que su vida, como la de todo ser humano, no es nada fácil. Los lauros que ha conseguido son fruto de su esfuerzo y talento. Algo más, también es docente de Literatura en una Universidad norteamericana, donde la acreditación de sus conocimientos es constante.  
 
 
En Alison Spedding, narradora inglesa radicada en Bolivia desde 1986, es notable su asimilación de nuestra cultura andina. Indudablemente que se trata de una mujer inconformista, que se lanzó en busca de nuevas experiencias, incursionando como pocos en una tradición riquísima del imaginario aimara, segura de que podría gestar muchas sagas como la que nos ofrece con “De cuando en cuando Saturnina” (2004); además, entre sus publicaciones más recientes, se destaca: “La segunda vez como farsa” (2008), valiente testimonio que se refiere a lo que llama: “Etnografía de una cárcel de mujeres en Bolivia”. Al margen de sus prejuicios, podríamos decir que Gilmar Gonzales logró una  elección esclarecedora, en el análisis de las obras de ambos autores.  Si quiso mostrar el contraste entre una escritora europea --en este caso británica--, dedicada a temas de ciencia y ficción en ambientación indígena, especialmente aimara, con la visión urbana de un novelista que él considera “de clase privilegiada”, logró un pálido resultado, para señalar algo que considera vital para los escritores bolivianos: la ambientación localista. Asimismo, también sería oportuno hablar de otros novelistas bolivianos que trabajan con ciencia y ficción, en torno a nuestras culturas originarias, ambientando sus obras en Tiawanaku y Montepunku, como es el caso de Iván Prado y sus novelas: “Inka kutimunña” (1998), Premio del Ministerio de Educación y Cultura, en lengua quechua con traducción al castellano; “La Amazonas Poder y Gloria” (2004) y “El Crepúsculo en la noche de los tiempos” (2008); luego, Miguel Esquirol, con sus cuentos de “Memorias de futuro” (2008).
 
El cuento en la cultura de la democracia
Omar Rocha Velasco --uno de lo coordinadores del presente estudio-- nos ofrece su análisis --en nueve partes-- sobre el cuento boliviano en los últimos tiempos, con relevantes ausencias. Indudablemente que es un trabajo medular, no sólo por tratarse de un género al que en esta oportunidad le han brindado una amplia cobertura --en desmedro de la novela--, sino por la proyección cultural que consideran propia de la democracia. Sin embargo, Rocha deja tantos espacios –por no decir lagunas—, que una vez más debo aclarar que mis observaciones no tienden a mellar su calidad intelectual; simplemente no puedo tolerar su versión precipitada de nuestras letras. Desde luego que nadie es infalible, al menos  en nuestro oficio, específicamente cuando procuramos evaluar un periodo tan reciente o la obra de un autor que da sus primeros pasos. El problema está en no caer en el facilismo ni obrar con preferencias regionales. Bolivia no sólo es La Paz. A ratos Omar Rocha se muestra cauto –aunque no lo suficiente--, pues debería saber, como todo investigador, que nadie puede estar seguro de lo que hace, sin antes verificar sus datos. Lo malo es que Rocha confía ciegamente en sus fuentes, al extremo de que se adhiere con facilidad a las ideas que le exponen; eso le puede resultar perjudicial si no las confronta con las de otros investigadores y las verifica en su origen; además, siempre debemos revisar y repensar los temas que tenemos en carpeta. Encuentro que la primera parte de su estudio se halla cuidadosamente elaborada, para ambientar las obras que luego analiza en la segunda, donde lamentablemente aparecen algunos desaciertos, como cuando dice: “Incluso, grandes cuentistas (Jaime Sáenz, Carlos Medinaceli, Oscar Cerruto), son considerados casi exclusivamente por sus novelas y no por sus cuentos”. Al parecer es una ligereza, porque no creo que desconozca la obra de esos autores como para no darse cuenta de que Sáenz, Medinaceli y Cerruto precisamente son novelistas. Es más, Sáenz y Cerruto también son poetas. Sáenz es autor de las siguientes novelas: “Felipe Delgado” (1979), “Los papeles de Lima Achá” (1991), “El señor Balboa”,  “Santiago Machaca” (1996) y “Tocnolencias” (2010);  Medinaceli cobró relieve por su única novela “La Chaskañawi” (1947), así como también con sus estudios críticos; Cerruto por “Aluvión de fuego” (1935) y, claro está, por “Cerco de penumbras” (1958), donde sí se muestra notable cuentista; en cambio, los otros dos no son cuentistas --menos todavía grandes--, aunque sí escribieron algunos relatos que no han trascendido. En Medinaceli, “Adela” (1955), es un cuento largo que cobró cierta resonancia en su tiempo y luego se perdió. En todo caso, me parece que es pertinente recordar que cuento y relato no son lo mismo. Si alguien quiere ampliar sus conocimientos al respecto, ahí tiene el libro de Mempo Giardinelli: “Así se escribe un cuento” (1998). 
 
En la tercera parte, Omar Rocha se refiere a los cuentos aparecidos en los tiempos de represión, que Ana Rebeca Prada considera “una cuentística del terror” en su estudio “El cuento contemporáneo de la represión en Bolivia” (1985), que Rocha toma de base junto a “El Quijote y los perros. Antología del terror político” (1979). En este acápite, hubiera sido importante analizar la obra de Oscar Soria, Jorge Suárez, Alfonso Gumucio Dagrón, Roberto Laserna y Alfredo Medrano. En la cuarta parte, se esfuerza por destacar la narrativa de René Bascopé, sin considerar que junto a él sobresalieron otros  cuentistas, algunos de ellos amigos suyos, como: Manuel Vargas y Jaime Nisttahuz, con quienes dirigió la revista “Trasluz” (1976). 
 
En la quinta parte, cuando se refiere a la obra de Adolfo Cárdenas, no oculta su admiración por ese narrador, a quien considera artífice de “una estética barroca”; por cuanto Cárdenas preferentemente recoge el habla popular de una zona de la urbe paceña. Omar Rocha dice: “Retomando y dando lugar a un nuevo lenguaje narrativo que recoge la herencia de las ciudades marginales, los barrios periféricos y llevando sus exploraciones a extremos lingüísticos “asombrosos”, se da la fuerte irrupción de la cuentística de Adolfo Cárdenas, que puede ser considerado uno de los más grandes escritores de lo que hemos denominado ‘la cultura de la democracia’”. Más abajo añade: “Adolfo Cárdenas con la publicación de Fastos Marginales (1989) y Chojcho con audio de rock p’ssahdo (1992), inaugura una estética barroca y andina, trabajada con mucho humor e ironía”. Desde luego que Cárdenas es un notable fabulador, que orienta su narrativa al testimonio oral, con destreza sin par en el país. Si bien no alcanza la dimensión universal que logró Guimaraes Rosa con su novela “El Gran Sertón: Veredas” (1958), Cárdenas, con sus cuentos y su novela “Periférica Blvd” (2004), se constituye en uno de los fabuladores más versátiles de la narrativa boliviana, usando en algunas de sus obras la sintaxis abierta, o sea sin signos de puntuación, como lo hace Sáenz en “Tocnolencias”. Empero, debemos aclarar que no inaugura una estética  barroca, por cuanto no formula una fundamentación teórica del barroquismo, como lo hace Wölfflin, por ejemplo; además, el moderno estilo barroco aparece  en nuestro país con Julio Lucas Jaimes (Brocha Gorda) en su historia anecdótica “La Villa Imperial de Potosí”, en  1905; luego reaparece con Gamaliel Churata y su libro “El Pez de Oro”, en 1957. Cárdenas es un narrador que maneja el habla de un segmento social de La Paz, así como en su tiempo lo hizo Marceliano Montero, con “Paquito de las salves” (1928), obra escrita con el habla popular de Santa Cruz. Otro cruceño que hace lo mismo es Paz Padilla Osinaga, con su libro de cuentos “Nel Umbral” (1986). Repetimos, el barroquismo que Rocha pondera en Cárdenas es de naturaleza oral, cuya forma de expresión tiene sus peculiaridades, que no tienen nada que ver con la concepción de los grandes barrocos del Siglo de Oro español, como: Lope de Vega, Calderón de la Barca y el mismo Cervantes Saavedra. Si nos circunscribimos al ámbito boliviano, también son barrocos Bartolomé Arzanz de Orsúa y Vela, en el periodo colonial y, en los tiempos modernos, aparte de Brocha Gorda y Gamaliel Churata, Néstor Taboada Terán, con sus novelas “El Signo Escalonado” (1975), “Manchay Puito el amor que quiso ocultar Dios” (1977) y algunos de sus cuentos de “Las naranjas maquilladas” (1983); luego Ramón Rocha Monroy, con  “El run run de la calavera” (1986) y “Potosí 1600” (2002), esta última galardonada con el Premio Nacional de Novela; además, Víctor Hugo Viscarra, con “Borracho estaba, pero me acuerdo” (2002), de algún modo en la línea de las novelas picarescas, especialmente “El lazarillo de Tormes” (siglo XVI).  En cuanto a los  grandes narradores bolivianos de la época actual, omite al que más relieve ha cobrado, no sólo en el país, sino en el mundo entero, con la traducción de sus obras a otras lenguas; me refiero a Edmundo Paz Soldán, que en 1997 se adjudicó el Premio de Cuento “Juan Rulfo”, con “Dochera”, en París.
 
Los fragmentos que reproduce Omar Rocha --modelos del barroquismo para él--, sacados de William Camacho y Mabel Vargas, no son los más adecuados para ilustrar sus aseveraciones; además, al lado de Cárdenas y Paz Soldán, ambos autores son de discreta producción; por otra parte, advertimos que Rocha se sustenta en la visión barroca de Eugenio D’Ors; al respecto, hubiera sido bueno que ampliara sus conocimientos estudiando a Heinrich Wölfflin, el más notable de los analistas del barroco, especialmente con su libro “Renacimiento y Barroco” (1978).  
 
En la sexta parte vuelve a los escritores más representativos del pasado siglo; lo curioso es que, sabiendo que existen “obras poco ‘atendidas’ por la crítica literaria como El Occiso (1937) de María Virginia Estenssoro” y “Rodolfo el Descreído” (1939), novela de David Villazón, llevado por un juicio de Luis H. Antezana, todavía cree que “Cerco de penumbras” (1958) libro de cuentos de Oscar Cerruto y “Los deshabitados” (1959), novela de Marcelo Quiroga Santa Cruz: “fueron las obras que marcaron una nueva tendencia, alejada de un predominio realista”. Si --aunque sea por curiosidad-- se hubiera molestado en leer “El Occiso” y “Rodolfo el descreído”, se hubiera dado cuenta de que las obras citadas por Antezana no marcan lo que afirma;  tampoco están alejadas del “predominio realista”. Son obras insertas en el realismo crítico; es más, Cerruto inclusive tiene un cuento inspirado en la revolución del 9 de abril de 1952: “Ifigenia, el zorzal y la muerte”; otros, en Chejov y en Borges. Lo nuevo está en “El occiso” y en “Rodolfo el descreído”. La novela de Quiroga Santa Cruz se inserta entre las que marcaron el “boom” latinoamericano, al influjo de Joyce y Faulkner. Entre los narradores que Rocha cita, se olvidó de otros igualmente notables, como: Adolfo Costa du Rels, Osvaldo Molina, Augusto Céspedes, Oscar Soria Gamarra, Augusto Guzmán, Humberto Guzmán Arze, Porfirio Díaz Machicao, Josermo Murillo Vacareza, Alfredo Flores, Gastón Suárez, Raúl Botelho Gosalves y Pedro Shimose. 
 
La séptima parte no tiene razón de ser. Es discriminatoria, injustificable para el momento histórico que nos toca vivir. Omar Rocha desarrolla lo que podríamos llamar el “ghetto” femenino,  con simpleza, como si la creatividad de las mujeres fuera diferente a la de los hombres.  Le bastó una hojeada a “La otra mirada” (2000), antología de Virginia Ayllón y Ana Rebeca Prada, para hablar de la cuentística femenina. Es más, de las 26 narradoras que figuran en esa antología, apenas nombra a tres; luego, dice: “Aun cuando existen numerosos estudios monográficos sobre algunas narradoras(,) en particular (Rivero, Arnal, Gutiérrez, etc.), hace falta una visión más amplia de la narrativa femenina boliviana. Todavía no encontramos una tradición de literatura femenina establecida y consolidada, aunque son cada vez más importantes las luchas por “irrumpir” en ámbitos discursivos masculinos”. No “irrumpen” en ningún ámbito, por cuanto forman parte del mismo, que no es exclusivamente masculino. Tal displicencia no es tolerable en una obra que pretende reflejar un periodo definido de nuestras letras. El facilismo que caracteriza gran parte del esfuerzo de Rocha, dado que tampoco se molesta en corregir lo que escribe, le hace decir: “Fue la primera antología dedicada exclusivamente a mujeres(,) publicada (en) Bolivia y no es casual que el año de publicación sea el 2000, año que abre las puertas al nuevo milenio”. Primero, no fue “la primera antología dedicada exclusivamente a mujeres”; en 1997, Manuel Vargas sacó, con la Editorial “Los Amigos del Libro”, su “Antología del cuento femenino boliviano”; luego, el año 2000 no  “abre las puertas al nuevo milenio”; al contrario, cierra el anterior milenio; recién se abre el nuevo, o sea al tercero, con el año 2001. Por la forma cómo desarrolla este capítulo, se hace dudoso que hubiera leído los cuentos de “La otra mirada”. Después de mencionar a Giovanna Rivero, Marcela Gutiérrez y Ximena Arnal, ignora que también están presentes en esa antología Virginia Ayllón, Blanca Elena Paz, Beatriz Kuramoto, María Soledad Quiroga y muchas más; asimismo, ignora la existencia de Claudia Peña, Paola Senseve, Shariel Baptista, Vanessa Giacomán, inclusive Gaby Vallejo, que también incursionó en el cuento. 
 
En la octava parte se ocupa de la narrativa de Rodrigo Hasbún y Maximilino Barrientos, analizando sus cuentos con más detalle. Como siempre, desconoce la existencia de otras figuras igualmente jóvenes, como: Sebastián Antezana, Mauricio Murillo, René Rivera Miranda, Waldo Barahona, Fernando Suárez, Camilo Albarracín, Rosario Barahona Michel (cuentista que ganó el Premio Nacional de Novela 2012).  En la novena y última parte hace un repaso de las actividades  más notables de su equipo, evocando algunas figuras del pasado, donde confunde la obra de Alberto Ostria Gutiérrez (“El traje del arlequín”, 1921) con la de Adolfo Costa du Rels, que es coautor de ese libro de cuentos, pero no del cuento mencionado.
 
Antes de pasar al estudio de Pablo Lavayén Vásquez, me parece pertinente señalar otras características igualmente notables en el actual periodo democrático. Tanto en novela como en cuento, se advierte la preocupación constante de los escritores por tematizar pasajes de la historia nacional. Este fenómeno no es nuevo, pero el caso es que cobra notable relieve, como no había ocurrido en épocas anteriores. En parte, esta revisión de nuestra historia procede del éxito que obtuvo Néstor Taboada Terán, con sus novelas “Manchay Puyto el amor que quiso oculta Dios” (1977) y “Angelina Yupanki” (1992); además, Ramón Rocha Monroy, comienza ganando la cuarta versión del el Premio Nacional de Novela, con “Potosí 1600” (2002), novela a la que pronto siguen: “¡Qué solos se quedan los muertos!” (2006) y “La sombra del tambor” (2012), del mismo autor;  Gonzalo Lema, con su novela “La huella es el olvido” (1993) logra salir entre los finalistas del Premio Casa de las Américas, en Cuba; Lupe Cajías, gana el Premio de Novela “Erich Guttentag” (1996), con su novela “Valentina, Historia de una rebeldía” (1998); Gladys Dávalos Arze, se destaca con “Los Pozos del Lobo” (2008); Waldo Barahona, con su libro de cuentos “Ukhumanta” (2008) y su novela “Los bandidos de la tierra prometida” (2011), historia de Butch Cassidy y Sundance Kid; Verónica Ormachea Gutiérrez, con “Los ingenuos” (2010); Miguel Castro Arze, nos sorprende con su singular novela “Si aún queda llanto en tus ojos” (2008), inspirada en la Guerra del Chaco y los héroes de Boquerón;  Gonzalo Ricardo Rivero Torrico, con “Antofagasta” (2011), novela sobre la Guerra del Pacífico; por mi parte, incursioné en la novela histórica con “La saga del esclavo” (2006), recreando los comienzos del periodo independentista; “Octubre negro” (2007), la caída de Goni y “El Charanguista de Boquerón” (2010), inspirada en la Guerra del Chaco; además, mi libro de cuentos “La Guerra del Agua” (2012). Asimismo, otros temas preferidos por los narradores de hoy lindan con la novela y el cuento policial, como se advierte en “Río Fugitivo” (1998), de Edmundo Paz Soldán y los cuentos y novelas en torno al detective Santiago Blanco, reunidos en un solo volumen con el título “Santiago Blanco, serie completa” (2010), de Gonzalo Lema; asimismo, tenemos los cuentos y novelas de ciencia y ficción que nos ofrecen Rodrigo Antezana Patón, Miguel Esquirol, Iván Prado y Gonzalo Lema.           
 
Entre la apertura y la experiencia interior: el cuento contemporáneo en 
Bolivia 
Con el presente artículo de Pablo Lavayén Vásquez, estudiante de la Carrera de Literatura de la UMSA, se cierran los estudios dedicados al cuento, en el periodo democrático del país. Su contenido denota cierta amplitud respecto al análisis de sus docentes, por cuanto por lo menos reconoce la importancia de Paz Soldán en la narrativa contemporánea; sin embargo, continúa con la visión estereotipada de sus antecesores; aspecto que nos hace pensar en cómo se desarrolla su formación en la Carrera de Letras de la UMSA. Lo cierto es que existen dos tipos de docentes universitarios: Los dogmáticos, que todavía transfieren conocimientos a sus alumnos, fieles al contenido de sus textos favoritos; en cambio, los otros --que son pocos--, tienden a la investigación, proponiendo los temas a sus alumnos, junto a una amplia bibliografía con esquemas abiertos a la discusión en aula, a fin de consolidar sus conocimientos. 
 
Pablo Lavayén, al comenzar su artículo, habla de las bondades “del surgimiento del Internet y otras tecnologías de comunicación”, pero curiosamente ni el Internet ni esas tecnologías le motivaron para elaborar su estudio. Considera que el Internet es “un fenómeno ‘insostenible’”, por cuanto le cuesta lanzarse al amplio mundo de las ideas; entonces, debe optar por el camino que le señalaron sus docentes: “Como nunca ahora se debería empezar –dice— a reflexionar sobre un cierto comportamiento de la elección artística. Resulta obvio que el lugar de dicha labor es el de las listas canónicas. Por otro lado, existe una segunda opción. Se trata de la elección subjetiva que tomará en cuenta todos los datos ofrecidos por las lecturas recurrentes para saltar de una a otra obra en un juego altamente productivo”.  En primer lugar, debería saber que investigar no es cosa de juego; es algo más serio, sobre todo si se quiere que ese algo sea verdaderamente productivo. Luego, si se recurre a la lectura es porque es la única forma de conocer una obra, sin saltos ni sobresaltos: con continuidad, especialmente si estamos con las obras que consideramos imprescindibles. Ahora voy al meollo de su procedimiento. Pablo Lavayén nos habla de su base de datos: 522 libros de cuento; entonces, dice que necesariamente tiene que reflexionar sobre su elección. ¿Cómo reflexiona? Veamos: “Desde semejante cifra –dice-- se procederá a dar un salto metodológico, tal vez un tanto caprichoso(,) pero sobre todo relevante, a un pequeño número de obras de las cuales se elegirán una cuantas(,) debido a su condición de representatividad y su alta calidad estética”. No hay salto metodológico que sea “un tanto caprichoso”; menos todavía si se pretende que sea “relevante”. Me hubiera gustado que nos explicara qué entiende por “su condición de representatividad”. ¿Qué pretende que le represente un cuento?: ¿Una clase social? ¿Un estilo? ¿Una región? ¿Un nivel estético? O tal vez otros mundos y galaxias, teniendo en cuenta su predilección por las novelas de ciencia y ficción.  Es curioso que no se hubiera dado cuenta que “Memorias de futuro” (2008) de Miguel Esquirol, es un libro de cuentos de ciencia y ficción, que no tiene nada que envidiar a lo que hace Philip Dick. Vaya uno a saber qué pasa por su cabeza con cada una de sus lecturas. En cuanto a calidad estética, me pregunto cuán preparado está para apreciar, por ejemplo, “Los nombres del infierno” (1985), libro de cuentos de Renato Prada, que salió en México, al igual que “Las máscaras de ‘el otro’” (2008). Lamentablemente Prada no existe en sus registros. Para su equipo, algunos exiliados dejaron de ser bolivianos en cuanto salieron del país. ¿Sabrá quién era Prada?  Cuando habla de Literatura Latinoamericana, refiriéndose a lo grotesco en Sáenz y Cárdenas, dice: “el verdadero precursor de dicha literatura de lo grotesco es Roberto Arlt. Tal vez si seguimos este rastro todo se haga más evidente. ¿Se puede comparar a Cárdenas con Arlt?”Claro que se puede, como que ambos tienen mucho que ver con un sesgo del “criollismo”; en cuanto al verdadero precursor de lo grotesco, es más probable que lo encuentre en el ecuatoriano Pablo Palacio y sus relatos de “Un hombre muerto a puntapiés” (1927).  Como al menos Lavayén sabe que existe el Internet,  podría  ingresar a las Bibliotecas más grandes del mundo, especialmente a la de la UNESCO y bajar los libros que están en oferta; asimismo, acceder a una serie de revistas virtuales; por ejemplo, en “Palabras más”, pudo haber leído el estudio de Samuel Arriarán: “En busca de un libro perdido: Los nombres del infierno”, que también se publicó en la revista “Semiosis”, vol. V, Num. 10, julio-diciembre del 2009. Instituto de Investigaciones Lingüístico-literarias de la Universidad Veracruzana. Lamentablemente Pablo Lavayén no fue incentivado para este tipo de trabajo. Lo curioso es que sabiendo que: “Hasbún se adscribe a la corriente inaugurada en Bolivia por Edmundo Paz Soldán”, ignora “Las máscaras de la nada” (1990), libro de cuentos de Edmundo Paz Soldán, con el cual prácticamente se inicia una nueva corriente en la narrativa boliviana. El salto de Lavayén fue tan largo que tampoco leyó “Onir” (2002), libro de cuentos de Blanca Elena Paz, ni  “Contraluna” (2005), de Giovanna Rivero; “Que mamá no nos vea” (2005), de Claudia Peña Claros; “Vaginario” (2008), de Paola Senseve. Seguro estoy que esas obras estaban entre las 522, pero como prefirió trabajar “con un pequeño número”, las dejó de lado. ¿Las habrá descartado porque eran cuentos escritos por mujeres? Luego tampoco leyó “Testamento a la ausencia” (2001) y “La sombra del miedo” (2007), de René Rivera Miranda. Optó por lo fácil, como le habían enseñado y, entre 522 libros, sólo consideró dignos de atención tres (“Cinco”, de Rodrigo Hasbún; “Hoteles”, de Maximiliano Barrientos, y “El misterio del estido”, de William Camacho), que indudablemente son buenos, pero para fortuna nuestra hay muchos más. 
Una lectura de la poesía boliviana en democracia (1983-2009)
Mónica Velásquez Guzmán, doctora en Literatura Latinoamericana, comienza su estudio señalando: “La insularidad que marca nuestro panorama poético(,) carente de tendencias, agrupaciones( ), o parricidios devastadores que giren el horizonte hacia zonas insospechadas del lenguaje o grandes renovaciones de los temas(,) ya ha sido señalada por la crítica (Antezana, Mitre, Velásquez).  Con las comas que le puse entre paréntesis, podemos entender que se refiere a la insularidad “que ya ha sido señalada por la crítica”. Sin las comas, poniendo el relativo “que”, después de temas, también podría decir: “de los temas que han sido señalados por la crítica”. ¿Es esto o lo otro que quiso decir? Optamos por la insularidad, porque Mónica considera que se ajusta al espíritu de su estudio. Sin embargo, no creo que tanto ella, como los críticos que menciona,  estén plenamente convencidos con esa “marca”. Primero --dado los tiempos en que vivimos--,  ningún país, por mediterráneo que sea, se constituye en una ínsula aislada del resto del mundo. ¿Cómo pensar que, en Bolivia, los poetas y narradores no saben lo que ocurre en otros ámbitos culturales si casi todos tienen correo electrónico, trabajan con el Internet y algunos se conectan por Facebook? ¿Luego, cómo imaginar siquiera que esos poetas se hallan carentes de tendencias, si forman parte de un proceso que aún no ha concluido? ¿A qué poetas se refiere Mónica? ¿Llama poetas a los versificadores que abundan como hormigas, sin tendencias ni modelos? No creo que tanto Eduardo Mitre como Mónica Velásquez se consideren insulares. Mitre, que reside en los EE.UU., ya tenía una base (en sus lecturas y estudios) cuando salió del país. Empezó, como la mayoría de los jóvenes poetas de su tiempo, marcado por Neruda y Vallejo. El resultado está en “Elegía a una muchacha” (1965), que cautivó a Jaime Sáenz, que le pidió que lo visitara en su casa, en La Paz, donde Mitre, que vivía en Cochabamba, se quedó varios días. Luego Mitre continuó su camino, con los versos de Huidobro y Mallarmé, para brindarnos “Morada” (1975), “Ferviente humo” (1976) y “Mirabilia” (1979). A partir del programa “Semillas de estrella pura”, que mantuvimos por varios meses en radio “San Rafael” de Cochabamba, con Renato Prada y Mitre, éste jamás dejó de estudiar a los clásicos del Siglo de Oro español, especialmente a Lope de Vega y Quevedo, como lo podemos apreciar en “Pastor de una ausencia”, poema nunca publicado, pero sí escenificado en 1968, en el teatro Adela Zamudio de Cochabamba. La insurgencia estudiantil de Francia, el 68, hizo que Mitre volviera al país, cuando estudiaba Literatura en la Universidad de Niza. Entonces fue que emigró a los EE.UU. y, con los ojos siempre en nuestra América, en México se contactó con Octavio Paz, quien dijo de “Morada”: “Es un libro precioso, hecho de aire y luz, hecho de palabras que no pesan como el aire y que brillan como la luz. Un libro casi perfecto”.  Ahí supo más de José Juan Tablada, poeta al que admiraba, mientras los haikus ya formaban parte de su poesía, hasta el punto de ampliar su estro poético, para darnos lo que ahora apreciamos, al amparo de los elogiosos comentarios de sus críticos, especialmente Guillermo Sucre y Antonio Muñoz Molina, que prologó sus últimos libros, hasta “Obra poética (1965-1998)” (2012) que reúne siete de sus poemarios, publicado por la prestigiosa editorial española  Pre-Textos. No en vano Blanca Varela lo eligió para su antología, como uno de los poetas más representativos de Hispanoamérica. Asimismo, Julio Cortázar, luego de leer “Ferviente humo” (1976), le escribió: “La lectura de Ferviente humo ha sido para mí un bella experiencia de poesía”. Es curioso que Mónica Velás1quez sólo lo use por sus estudios de la poesía boliviana y lo ignore como poeta; además, por si no se ha dado cuenta, el ritmo, la cadencia y las imágenes verbales que usa en su “Hija de Medea” (2008), le deben bastante a Mitre. Además, ese su poema épico-lírico, de algún modo se inserta en la línea modernista de Ricardo Jaimes Freyre y Franz Tamayo, tal como lo hace Blanca Wiethüchter con “Ítaca” (2000). Sería bueno que releyera, aparte de “Razón ardiente”, “El Peregrino y la ausencia” (1988), “La luz del regreso” (1990) y “Carta a la inolvidable” (1996).      
 
 Desde luego que lo importante es que Mónica considera fundadoras las obras de Sáenz, Cerruto y Camargo, de quienes se desprenden lo que ella llama “temas recurrentes (ciudad, relación yo-tú, la muerte convocada y hasta deseada, el oprobio, la tarea poética en medio de un contexto hostil, el erotismo) y la búsqueda en el lenguaje (solemnidad o coloquialismo, hermetismo e intertextualidad, alto uso metafórico, barroquismo o síntesis extrema). Buena síntesis y caracterización. Pero, ¿por qué no estudia con más precisión la incidencia de la  obra de estos poetas en el momento actual, si las considera: “fundadoras de la poesía boliviana contemporánea”? De modo general, en este equipo de la UMSA, he notado una actitud excluyente para con los escritores bolivianos que están fuera del país. Así, ignoran a los poetas bolivianos que trabajan en Suecia; lo mismo que a Nora Zapata, que se halla en Suiza; tampoco conocen la antología de Víctor Montoya: “Poesía boliviana en Suecia” (2005). Tampoco saben que Renato Prada escribió dos poemarios: “Palabras Iniciales” (2006) y “Ritual” (2007), que fueron distribuidos en Bolivia por Plural Editores; que Antonio Terán Cabero también ganó el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal, con “Boca abajo y murciélago” (2003). 
De todos modos, es un valioso aporte el que Mónica Velásquez Guzmán nos ofrece en este su estudio, con varios poetas poco conocidos en nuestro medio, destacando la vena comprometida con la realidad, en Blanca Wirthüchter, poniéndolos a nuestro alcance para seguir sus huellas. Este volumen concluye con un estudio de Mary Carmen Molina Ergueta, estudiante de la Carrera de Literatura de la UMSA. Mary Carmen nos ofrece un interesante panorama, con detalles  estadísticos, que nos permiten cerrar este estudio con las siguientes palabras del crítico francés Georges Mounin: “La buena salud de la poesía se basa, ciertamente, en dos o tres preceptos ignorados por los sanos, violentamente negados por los enfermos, y de cuya crítica –que en este caso podría implicar, sin embargo, la curación— parecería que se hubiese resuelto no hablar por lo mismo que no se menciona la cuerda en casa del ahorcado. Uno de tales desagradables preceptos sostiene que sólo quedan de cada generación apenas dos o tres auténticos poetas; es decir, unos diez por siglo en el mejor de los casos históricos. Otro de tales preceptos afirma que cada verdadero poeta sólo llega a serlo en algunas docenas de poemas”. (“Poesía y Sociedad” – 1974). 
      
 
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