Literatura
 Fecha:05/04/2014

Sal de mi Tierra
La última obra de Manuel Vargas
Por Ana Rebeca Prada

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El eje a partir del cual se arma la narración de Sal de tu tierra es la voz femenina del personaje Melisa (o Milisa o Milita) —ella habla y cuenta su propia historia, a alguien que finalmente no es identificado—. ¿Tal vez ese tú al que narra es una figura que representa al escritor, al que finalmente lleva todo al molde de la escritura? Puede ser; en todo caso, claramente la novela intenta armar la voz a partir de su propio narrar y de la actitud y voluntad del contarle a alguien su vida. De algún modo, tenemos un cruce de registro aquí: la novela incorpora los gestos discursivos del testimonio. Y ese narrarle a alguien algo, contarle de la propia vida también podría venir de esta incorporación. Ahora, también es importante remarcar que ese tú podemos ser nosotros, puede ser el lector, la lectora: la narradora nos interpela directamente. El tú al que narra soy yo. A lo largo de la narración leemos constantemente frases como: “Más bien de un matrimonio te quiero contar. Lo que peleaban. De eso te voy a hablar ahora” (10). 
 
Pero, claro, de ser la novela una mera prolongación o reproducción de una situación de testimonio, ésta se regiría a una escena de un testigo o testimoniante frente a alguien que recoge la historia para escribirla —como ocurre en la escena del registro testimonial—. Y esto no es así. Esta voz narra desde una situación diversa, heterogénea, quebrada, que nos conduce más bien a una escena fantástica o mítica —según querramos los lectores decodificarla—. Esto porque Melisa narra desde la muerte; a lo largo de la novela se nos va revelando que el lugar desde el que habla es el lugar de un “ánimo” que aún no se ha juntado con el alma, la que ya se ha ido al destino final de los muertos. El “ánimo” “tiene que ir tras del cuerpo”, por donde éste ha caminado; en el caso de Melisa: “todo, Altiplano, Arica, el mar, todo tiene que ir tu ánimo a despedirse” (212).
 
Entonces, podemos decir que el lugar de narración es ese desplazamiento del “ánimo” que persigue al cuerpo de la muerta, su caminar, en un periplo de despedida. Nada menos. De hecho, muy temprano en la narración leemos: “Estoy debajo de la tierra, ¿papa seré? Síííí. Más tarde te voy a contar de papas, también. Como al charlar, pues. Pero cuándo, tengo que comenzar por orden y todavía no comienzo” (23).
 
El hecho de narrar desde la muerte, de ser esta voz que narra la voz del “ánimo” que se desplaza detrás del cuerpo, siguiendo su historia, para despedirse, hace que haya, sí, un hilo más o menos lineal, ordenado, que podemos seguir; pero que hayantambién en torno a este hilo, entrehiladas a él, tejiéndose a él de manera compleja, varias otras historias, por un lado; pero sobre todo un ir y venir en el espacio y el tiempo, que siempre va yendo a contrapelo de la linealidad. Es voluntad de la narradora ‘darle un orden a su narración’, un poco —podría decirse— para no perder a su interlocutor, pero sobre todo para intentar revelar un complejidad de la existencia que nada tiene que ver con letra, el devenir vital reflexionado o racionalizado, sino, precisamente, que tiene que ver con una vida vivida en la matriz de la oralidad y, hay que decirlo ya nomás, en una agobiante destitución.
 
Hay que hablar con cuidado de la destitución, sin embargo. La historia de Melisa es de las más triste que podamos leer, pero, como reza un verso de Jesús Urzagasti, y que viene muy a cuento para esta discusión: “tu historia no es la más triste cuando la relato yo” (de “Alabanza No. 2 al Gran Chaco”), esa historia de destitución es contada de tal modo que nada de ella queda, a pesar que allí está, profundamente instaurada, en el seno mismo del libro. La novela está armada de tal manera que la destitución es desensamblada constantemente por diferentes elementos; entre ellos: la pureza de la mirada —de la mirada de la niña, de la muchacha, de la mujer, que se trenzan y destrenzan constantemente—; una voluntad que no conoce de rendiciones, pero no de manera consciente o racional o reflexionada, sino como fuerza de entraña; ese Nacho, segundo marido, que aporta no sólo un saber, sino la posibilidad del amor, ya madura Melisa; y una densidad cultural que ofrece en buena medida diferentes puntos de amortiguación (por decirlo de alguna manera) a la miseria y lo miserable —en una tradición literaria boliviana que nos es, claro, muy familiar—. 
 
La destitución, sin embargo, y desde otro punto de vista tiene varias caras. La de la miseria en cuanto pobreza material, y la de la miseria en cuanto —digamos— pobreza de espíritu.
 
La historia de Melisa es una historia de viaje. Esta novela puede ser leída en esa clave, específicamente. Por la inquina entre los padres de la niña, y que tiene que ver con el desprecio que la familia aymara de la madre por el origen uru del padre, Melisa es separada de su hogar, de su madre, de sus hermanos por un padre cuyas acciones a lo largo de la novela son eminentemente erráticas, desconcertadas, improvisadas. O sea, el eje paterno no es un eje confiable ni sólido: es, más bien, lo que en últimas determina el errar agobiado de la niña, de la muchacha. A partir de ese arrancamiento inicial se va desplegando una historia de viajes y desplazamientos vinculados sobre todo a la necesidad material, al tema del trabajo, en condiciones de pobreza, a momentos, absolutamente extremas. Estos desplazamientos se realizan entre Bolivia y Chile; y, en Bolivia, entre los departamentos de Oruro, Cochabamba, Santa Cruz. El arrancamiento además, irá mano a mano con la idea del des-enraizamiento identitario: a lo largo de la novela encontraremos constantemente la pregunta de Melisa: ‘¿Quién soy yo?’. A ello se agrega articuladamente el que ya no se pueda volver. El retorno a las comunidades tanto de un primer marido, Satuco, como a la propia son escenas de fracaso. No hay retorno: y no lo hay porque las comunidades en algunos momentos están cerradas en costumbres intolerantes, poco generosas; los comunarios en actitudes egoístas, interesadas. 
 
No estamos aquí, para nada, en el discurso de la ‘recuperación del ayllu’ o el del retorno a lo comunario. La historia de Melisa perfora toda idea de la comunidad como un horizonte de posibilidad. Sobre todo cuando se trata de un niña, de una mujer.
 
En medio de todo ello, la niña, la muchacha no pierde una inocencia primaria y primera que en últimas se constituye en una de sus grandes fortalezas. Esta fortaleza poco explicada, poco reflexionada es la que le permite seguir adelante, continuar en el desplazamiento, a momentos encontrar algún solaz, alguna holgura. 
 
Y, claro, ahí está “el Na”, el Nacho, que desde la primera página de la novela aparece contándole, hablándole a Melisa. Es alguien que le cuenta y explica la historia de los urus (que es la historia de su familia paterna de ella). El estarle permanentemente hablándole el Na a Melisa a lo largo de la novela establece una especie de contracorriente en la escena eje de la narración: así como Melisa (nos) narra su historia, su historia de vida, el Na le está contando a ella permanentemente una serie de cosas —estableciéndola a ella como interlocutora—. La novela se armaría pues como un escenario múltiple de conversaciones y registros… El Na es la estrategia que utiliza la novela para incorporar denso material cultural, sobre todo vinculado, decíamos, a la historia de los urus. Luego sabemos que el Na es el segundo marido de Elisa, el que le regala finalmente una experiencia de vida amorosa, ya madura ella, con hijos grandes, luego de haber enterrado a Satuco; luego de una historia de desamor y deslealtad venida del padre y del primer marido.
 
Así, entretejiéndose por entre el relato de destitución y viaje, está la materia de la cultura. Podemos decir que más allá de la comunidad, cancelada como posibilidad para Melisa; más allá de la referencia paterna y materna (el padre termina anulado, alcohólico; la madre la niega, la rechaza, finalmente entregándose a la práctica cristiana); más allá de la sombría y muy temprana iniciación amorosa mediante la violación sexual y un consecuente matrimonio sin amor, torcido; más allá de todo ello está la cultura. Una cultura entonces, que no necesariamente tiene que ver con la referencia a la comunidad; que no necesariamente emerge del relato y práctica amorosos de los padres; que no necesariamente tiene que ver con un feliz cumplimiento de las costumbres indígenas, campesinas, originarias. Se trata más bien de una cultura que estuviera allí como repertorio abierto, que se manifiesta centralmente en la práctica de los llameros, del viaje durante meses de las alturas a los valles para llevar a cabo el tradicional trueque de sal por productos vallunos. Este es un material que se va intercalando en la historia de Melisa, y que parece corresponder a la mirada del “ánimo” en persecución de su cuerpo. En ese viaje, en ese volar del “ánimo” de Melisa muerta, en ese volar como ave que a ella tanto le gusta, ella ve, sigue, fascinada, el viaje de los llameros, guiados por don Donato y de su hijo Francisquito. 
 
A momentos me pregunté durante la lectura, cómo articular estos capítulos del viaje de los llameros a la historia de Melisa, pues no hay una conexión directa, percibible. Se me ocurre que existe en tanto contrapunto con el viaje de Melisa: si esta novela es relato de viaje, lo que ha querido Manuel es, creo, contraponer a la destitución en desplazamiento de Melisa, una de las experiencias culturales más complejas del viaje cultural, tradicional, que se remonta a las tradiciones más profundas de los pueblos andinos y que continúa ocurriendoen la actualidad en silencio, cíclicamente, fisurando el centro mismo de la economíade cambio. Tal vez por eso, en su vuelo final, Melisa se queda mirando el periplo de los llameros, comprobando que hay otra clase de desplazamientos, que se cruzan y coexisten con los de la destitución y la miseria… La alegría, la generosidad prevalente, la llegada y la partida celebradas con ritos, ofrendas, ceremonias del viaje de los llameros se instaura como contraste —y la apuesta utópica de la novela se apoya en gran medida allí—. Frente a esa afirmación del Na: “No llueve. Aires feos. Apus, Achachilas ya no hay. Guerras mediáticas […]. Ya no hay Bolivia […] hecho pedazos está”; está esta escena de los llameros narrada por Melisa: “don Donato no se olvida de agradecer. Alcoholcito, harina de maíz sobre los sacos, ‘quemaremos este sullu’ […], rociemos k’owa, pongamos esta grasa y ocho hojas de coca, desde aquí miremos adonde nace le Sol’, repitiendo”.
 
Por último, es importante decir que la cultura no sólo es, claro, el viaje de los llameros. No es solamente la historia de los urus, pueblo en desaparición, narrada por el Na. Es también la vida invisible que puebla el mundo y que aparece a lo largo y ancho de la novela, así como es la naturaleza vista como cobijo, madre, origen, fin. También es esa noción de la muerte que la novela utiliza para instalar la voz. 
 
En todo caso, interesa atender a esos contrastes o a este contrapunto, los que revelan una dispersión, un desmembramiento, frente más bien a experiencias plenas y sanas de la cultura… Me quedo un poco pensando sobre si revelar las fisuras de la vida de la niña de origen campesino en un mundo desmembrado, ya atravesado por un daño estructural, en contrapunto con un registro pleno de la cultura (los llameros), provoca que la utopía de algún modo amortigüe, silencie o asfixie la dimensión de ese daño y de la destitución extrema. Me quedo pensando en hasta qué punto la celebración de la cultura y esa visión de la redención vía el amor encontrado y la muerte buena anula la necesidad de enfocar en el nudo duro y oscuro del cuerpo femenino doble, triplemente agredido desde todos los frentes…
 
Pero en fin… Es asunto que deberemos seguir conversando.
 
Sal de tu tierra  es el título de la novela. Es una cita del Génesis. Contrasta con la historia de Melisa la historia de ese Abraham llamado por Jehová a dejar su tierra, su parentela y la casa de su padre para conocer una tierra que devendrá una nación bendita, que él liderará…. Habrá que explorar más las implicaciones de esta cita en la perspectiva del destino de la partida y los viajes de Melisa. Pero “sal de tu tierra” también es una frase nominal que remite a la sal, ésa que cargan los llameros para intercambiarla por productos del valle… Apuntando a ese elemento que existe en el centro mismo de prácticas ancestrales en vigencia, y que aluden a un valor y un uso cultural totalmente alternativo…
 
Ahí me quedo…
 
 
Marzo de 2014
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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