Literatura
 Fecha:06/04/2014

SANTIAGO BLANCO de Gonzalo Lema
Otra vez Angelina
Por Lurdes Reinaga

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La chica se detiene, duda. Con el rostro espantado levanta el bolso intentando en vano cubrirse los oídos, detener la avalancha de voces, evitar las órdenes contradictorias que tanto el anciano como el otro hombre (acostado en la cama de hospital) le lanzan, intentando quizás ignorar otras sobre las que, como lectores, no tenemos más que una posible sugerencia. El final es previsible, Angelina retrocede hacia la ventana abierta y con un movimiento inevitable se lanza al vacío.
No se trata sino de la escena final de “Adiós, Angelina” uno de los cuatro cuentos que conforman Un Hombre Sentimental (2001), volumen que da inicio a la saga de Santiago Blanco, escrita por Gonzalo Lema. Los otros dos volúmenes publicados son: la novela Dime contra quién disparo (2004) y el volumen recopilatorio Santiago Blanco: la serie completa (2010) que incorpora, además de las dos primeras entregas, una nueva colección de cuentos.
Aunque Angelina aparece brevemente en la vida de Blanco, con el tiempo apenas suficiente para dejar entrever algunas escasísimas características de su personalidad, se trata en realidad de uno de los personajes más influyentes en la existencia del detective. No sólo su aparición y suicidio signan la búsqueda del amor en Santiago, sino que la escena de su caída parece duplicarse a cada paso en lo azaroso de su existencia, eso sin pensar en que Angelina parece ser todas las mujeres importantes que se cruzan por el camino del detective. Carol retoma su aura etérea cuando el narrador la muestra caminando libre en medio de la naturaleza, María reproduce la capacidad de mantener un secreto guardado, Rienny… (olvidemos a Rienny ya que hablar de ella en este momento sería una terrible indiscreción), incluso la materialista y mentirosa Marilú exhibe la juventud y el discreto encanto de una cierta inocencia que caracterizaban a Angelina. Todas son ella y él las ama en tanto la encuentra en cada una, no en vano su matrimonio es decidido a partir del recuerdo de Angelina y del “hubiera” del que no fue capaz.No en vano su matrimonio termina porque Marilú se consolida como un ser completamente diferente a la peculiar Angelina. Es que Santiago no tiene la flexibilidad emocional de la que habla Daniel Estofán, el sociólogo protagonista de La vida me duele sin vos (1998) también de Gonzalo Lema y cuya falta condena a Santiago a no olvidar a Angelina.
Hablar de lo esencial del personaje de Angelina en la vida de Santiago Blanco no se trata únicamente de la poca o mucha importancia que puede tener una historia de amor, se trata también del desciframiento de un personaje a través de otro que parece creado como una especie de puesta en abismo del protagonista. El escaso contacto que la muchacha tiene con el mundo, los breves momentos de lucidez que la ayudan a sobrevivir en el medio que la rodean no son sino reflejos de la soledad a la que Blanco está condenado. Siendo un hombre “duro” como todos los detectives del género del que retoma algunas características, su destino parece condenarlo a la soledad. Pero él no puede refugiarse en la locura como Angelina y no puede concretar un suicidio tal como ella hiciera, tampoco parece capaz de sobrevivir completamente solo (de ahí la intermitente presencia de Soledad, la prostituta) por lo que su elección pasa por otro tipo de caída. 
Desde el comienzo de la saga, los lectores sabemos acerca de la irregularidad en los aspectos más cotidianos de la vida de Blanco. Su alimentación es abundante pero nunca sigue un horario establecido, lo mismo respecto al sueño y a otras necesidades básicas. El detective parece regirse por principios simples: comer cuando se le ocurre, dormir cuando puede, refugiarse en los brazos de amoríos insubstanciales y mantener apenas amistades escasas y eventuales que desaparecen con la misma facilidad con la que aparecieron. Lo mismo sucede con el dinero, ya que si bien Blanco le da una gran importancia a la hora de fijar tarifas y realizar cobros, su gran prodigalidad cuando llega el momento de gastarlo, lo deja continuamente al borde de la pobreza. Irregular, errante, incorruptible en lo que se refiere a su particular ética, el personaje parece siempre atrapado en una constante e interminable caída sin nada alo que aferrarse. Una caída tan voluntaria y destructiva como la de Angelina en su momento que lo conduce, al final del tercer volumen, a un retiro también previsible.
Lo que no se dice en el último volumen es que la vida de Blanco y su ejercicio de la investigación privada no terminan con su retiro. Emulando al personaje de Conan Doyle y su resurrección casi forzosa, Blanco parece destinado a un eterno retorno. Así como el personaje de Angelina se duplica en otros personajes femeninos a lo largo de la saga, Santiago regresa una vez tras otra, pero, a diferencia de la chica, sin cambiar de piel. 
Pensar en Angelina como la premonición del destino de Blanco es arriesgado, pensar en las mujeres que la suceden como posibles correcciones a una historia de amor que en su momento pareció imposible, también lo es. Sin embargo, la saga ofrece ciertas similitudes que aproximan a Angelina y a Santiago más allá de la historia de amor y permiten establecer paralelismos esenciales entre dos personajes que se presentan, en primera instancia, como absolutamente diferentes tanto por la edad como por el sexo, la posición social o la situación económica, pero que se van construyendo a partir de semejanzas también imposibles de ignorar (la temprana orfandad subsanada por parientes sanguíneos, la incapacidad para encajar en el medio en que les toca desenvolverse). La premonición, guiada más, como es habitual en estos casos, por el instinto que por pruebas contundentes parece anunciar dos cosas: primera, la reaparición de Blanco en aventuras que vayan más allá de su retiro y, segunda, un posible fin definitivo necesariamente explicitado en alguna de las futuras aventuras de Blanco. Aun así, no deja de ser una premonición. 
Habrá que esperar para ver si Blanco logra sobrevivir al destino final de Angelina, habrá que esperar para saber si finalmente la historia de amor es olvidada, si la imagen de otra mujer se superpone a la de la muchacha, habrá que esperar, en fin, para saber cómo termina Blanco. Mientras tanto, basta con quedarse con la frase final del cuento que, no en vano, retoma y reescribe un fragmento del poema “El amenazado” de Jorge Luis Borges: “Angelina me duele en todo el cuerpo, como duelen las mujeres que uno pudo amar”
 
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