Poesía
 Fecha:05/05/2014

¿CINCUENTA AÑOS YA?

Por Adolfo Cáceres Romero

Camargo
| Camargo
 
 
“Yo sé que he de morir un día
en que no encuentre mi soledad junto a mi sombra.”
 
Edmundo Camargo: “Oficio”.
 
 
 
Me parece que fue ayer cuando te vi por primera vez, mi siempre recordado Edmundo. Habías llegado de París, a mediados de diciembre de1960, ¿recuerdas? Estabas con tu esposa,Francoise, la dulce francesita que nos deleitaba con su voz, cuando tocabas la guitarra.La guitarra a la que le dedicaste un poema, que Francoise ilustró.¿Cómo olvidar ese momento, tan especial para mí, igual que para Renato Prada y Eduardo Mitre? Te visitábamos casi todas las tardes. Eras nuestro regalo, leyéndonos tus versos que nos tenían absortos. Te confieso que esa primera tarde me impresionó tu cabellera encrespada, abundante y oscura en su negrura, por encima de tus grandes ojos enmarcados en unos lentes con montura de carey. Recuerdo que, con voz ronca, de acento francés, nos saludaste para luego preguntarnosqué escribíamos. Renato Prada, te dijo que cuentos;  Eduardo Mitre, poemas y que tenía 60 páginas de una novela; en cuanto a mí, te llevé los primeros capítulos de mi novela “La mansión de los elegidos”.Sonriendo con esos tus gruesos labios y tus pómulos salientes, me dijiste que los leerías con sumo interés. Ahí estábamos, en tu casa de la Ecuador, donde tu padre--excelente médico-- tenía su consultorio; al año se trasladaron por el parque Latorre. Estábamos ansiosos por conocer tu obra; eras el poeta del que tanto nos habían hablado Jaime Canelas, Jorge Suárez, Gonzalo Vásquez, Mario Lara y Antonio Terán Cavero. ¿Recuerdas?,  no fue mucho lo que conversamos esa primera tarde; eso sí, nos ofreciste  café con coñac, tal como lo bebías en París; luego, sacaste tu guitarra y nos brindaste unos arpegios suaves que fueron entonados por tu esposa. De ahí en adelante, nuestras visitas se hicieron cotidianas, día por medio, de cinco de la tarde hasta las ocho de la noche.  Los sábados, nos quedábamos hasta las diez; los domingos, descansabas o te visitaban tus familiares.Nos ofreciste cuatro años maravillosos, con tu amistad y tus sabios consejos. 
 
Tenías algo más de 23 años, casi igual que nosotros. No sabíamos que tu tiempo era limitado: que habías vuelto para cumplir tu destino; sin embargo, nos fuesuficiente para apreciar tu calidad humana y tu talento creador. Desde el comienzo te sentimos como un ser excepcional. Nos leías tus poemas, esperando que te dijéramos algo. Siempre los escribías a mano, con un grafo de tinta negra, en hojas sueltas de papel cuché. Nos leías y… ¿Qué podíamos decirte?Todo lo que nos brindabas era nuevo para nosotros, todavía habituados a los versos de Neruda, Vallejo y Borges. Entonces, nos hablaste de los poetas franceses que admirabas. Precisamente en 1960 había ganado el Premio Nobel de Literatura Saint-John Perse (1887-1975). Te hablamos del Neruda epifánico para nosotros, que antes de cumplir los 20 años,  había empezado sus “Veinte poemas de amor” con: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” y tú, casi a esa misma edad habías encubado los versos de tu despedida. “Hombre”, era uno de tus poemas, que nos conmovió. Se hallaba impregnado de ese sello fatal, ineludible, porque siempre llega--si no como una sentencia-- como el don del reposo eterno, absoluto, pero para ti era más que eso. Habías aprendido a amar a la muerte. Ya no te infundía temor. En tu voz era algo que se descubría: “Bajo el ojo demente de la anémona”, pues así: “los muertos se tiñen de la corriente roja del otoño”. ¡Ay, hermano! Por fin entiendo que nos advertías, en el color de las hojas que caían y eran arrastradas por el vientode otoño, que ese hombre eras tú,al que: “Cantaron piedras en la voz./Llave de fierro en la lengua”. ¡Claro! Nos hablabas de tu silencio que ya sobrellevamos 50 años. Hermano, Renato partió a tu encuentro el 2011. ¿Le lees nuevos poemas? Espero que pronto nos reunamos otra vez. 
 
 
Recuerdo que te hablamos de Neruda, de “Barcarola” y “Residencia en la tierra”; pronto nos dimos cuenta deque ese poeta ya no era uno de tus favoritos. El que sí estaba cerca de ti era Vallejo, sobre todo cuando en su soneto “Piedra negra sobre una piedra blanca”, nos dice(como luego tú también lo harías):
 
“Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París –y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”.
 
 
Entonces, tú nos revelaste tu otoño temprano; no en uno, sino en varios de tus poemas, porque en esa estación habías presentidoel advenimiento de tu muerte, que recién ahora entendemos plenamente. No en vano en “Oficio”, también decías:
 
“Yo sé que he de morir un día
en que no encuentre mi soledad junto a mi sombra.
Habrá un olor a casas barbadas por el musgo
y un aire lleno de rostros olvidados”.
 
 
Nos costó entender lo que nos traías de París. Nos dijiste que no se acercaba aClaudel ni a Valerí, poetas de moda, entonces; ¿Bretón?, te preguntamos. No, no, nos dijiste, aunque te sentíamos cerca a su línea surrealista. No hago surrealismo, afirmaste y nos tradujiste del francés los versos de los poetas que admirabas. Y así nos abriste el mundo mágico de Henri Michaux,JaequesPrevert, Francis Ponge y René Char.¡Oh, mi querido Edmundo! Ahí estaba el amplio surco por donde corría tu voz. 
 
Desde luego que habías partido de Bolivia, rumbo a España, en 1956 ó 1957, con los versos de Vallejo en tu valija. Y como él te fuiste a París, porque en España Franco había prohibido la lectura de los poetas y escritores que amabas. Nos mostraste una foto donde estabas con poncho y sombrero de mariachi, tocando una guitarra junto a otros músicos, probablemente mejicanos. Nos dijiste que cantabas rancheras en los cafés parisinos. 
 
Qué tiempos, los que vivimos, hermano. Pienso que escribía mi novela “La mansión de los elegidos” exclusivamente para ti. Ahora sé que cada página lleva tu aliento, tu confianza, cuando me alentabas para concluirla. Y así terminé la primera parte. Y ahí me quedé, por mucho tiempo. Porque sorpresivamente, una tarde llegamos a tu casa y no estabas. Tu madre nos dijo, desde su ventana, que te habían internado en la clínica Copacabana, en la Antezana, donde ahora se halla la clínica Belga. Te habían llevado de emergencia, la noche anterior. Fuimos a la clínica, pero no pudimos verte. Tu padre se había decidido a salvarte la vida, practicándote una operación delicada y difícil. Recién supimos que un mal extraño te había tenido internado en un sanatorio, en París, donde conociste a Francoise; recién supimos que por ese mal tuviste que dejar tus estudios de literatura en la Sorbona y retornar a Bolivia. ¿Por qué no nos hablaste de ello? ¡Oh, mi querido amigo! ¿Por qué no nos dijiste que después de nuestras visitas, tenías que medicarte y dormías mal? Recién tu madre, varios días después de tu muerte, le reveló a Eduardo, que una noche, cuando ella entró a tu cuarto, te encontró llorando. Le dijiste que llorabas, porque tenías la certeza de que ibas a morir joven. Según ella, entonces tenías 15 ó 16 años. No podía ser verdad. Tu madre pensó que estabas deprimido, lo mismo pensó Eduardo, que tampoco nos comentó ese hecho. Desde luego que Eduardo siempre ha sido discreto y reservado. Recién nos comentó ese pasaje cuando te rendimos un homenaje, con un video, en el Centro Simón I. Patiño, el 2007, año en el que publiqué mi“Octubre negro”, novela inspirada en tu epitafio. Me costó acomodar sus capítulos a tus versos. Sobre todo, cuando dices:
 
“Quiero morar debajo de la tierra
en un diálogo eterno con las sales, raíces mis
cabellos,
arcilla mis palabras,
donde nunca me hieran tus ojos sembradores
entre un pueblo de muertos tabicada mi boca.
 
 
No sabes cuánto sufrí al escribir esa obra. Ahora vivo con el consuelo de tus versos. Me cobijo en tus palabras. Tuvieron que pasar 50 años para crecer con tu recuerdo. Ojalá ese 27 de marzo no hubiera llegado nunca. Duele evocar tu ausencia, como ese día, de Viernes Santo, mientras Cristo agonizaba en el sermón de las siete palabras, en la Catedral, tú también lo hacías, en tu lecho de enfermo.  Afortunadamenteme hallaba  acompañado por la muchacha que iba a ser mi esposa; de ahí que, al salir del templo, al anochecer, cuando me llegó la noticia de tu muerte, me refugié en mi amada. Nos casamos pocos meses después.  Hermano, durante varios días vagué en la soledad. No sabía qué hacer. Te habías ido para siempre, como Jaime Canelas, que también era mi mentor.  Mi soledad hubiera sido total, de no haber tenido a mi lado a la muchacha que me entregó su vida, me dio cuatro hijos maravillosos, y todavía me acompaña.
 
Adolfo Cáceres Romero
 
 
Texto enviado  con nuevas acotaciones a Palabrás Más por Adolfo Cáceres Romero
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