Literatura
 Fecha:08/05/2014

Muchos años despues de Borges

Por Benjamín Chávez

Foto G. Stern
-Foto G. Stern
Foto G. Stern

En un bello texto epitafio, Octavio Paz decía que es difícil resignarse ante la muerte de un hombre querido y admirado. Desde que nacemos esperamos siempre la muerte y siempre la muerte nos sorprende. Ella, la esperada, es siempre la inesperada. La siempre inmerecida. No importa que Borges haya muerto a los 86 años: no estaba maduro para morir. Nadie lo está, cualquiera que sea su edad.

Fama, la diosa griega habíale prodigado mimos hacia el final de esa larga y fecunda vida donde nadie como él supo moverse, ágil al principio, apoyado en su bastón después, pero siempre tímido y brillante, entre los suburbios de su ciudad, la llanura que se extiende hacia el sur, los compadritos, las bibliotecas, los mil destinos de su atlas personal, los laberintos, claras metáforas de un mundo vindicado por una de las sensibilidades más intensas que hayan existido.

El turbio y lento Río de la Plata, presente desde el inicio, tanto que Borges nos podía precisar si sus primeros recuerdos se remontaban a la orilla oriental u occidental (Uruguay o Argentina), lo vio en ese trajinar absorto desde que naciera en pleno centro de Buenos Aires el 24 de agosto de 1899, en una casona gris de dos plantas de la calle Tucumán entre Suipacha y Esmeralda.

Pero ahondar en los detalles de su vida, si bien es grato tratándose de alguien querido y admirado, no es, creo, la mejor manera de recordarlo más allá de una amena velada entre amigos u hojeando las innumerables publicaciones que sobre él se han escrito. Borges a contraluz de Estela Canto, la muchachita de la que estuvo largamente enamorado; el álbum biográfico de Jorge Luis Borges compilado por Teodosio Fernández, los esbozos biográfico críticos de Marcos Ricardo Barnatán o Emir Rodríguez Monegal, dos borgeanos borgeólogos o, sin duda, la autobiografía dictada en inglés en 1970 a Norman Thomas di Giovanni, cuya versión completa en castellano recién apareció en 1999, son más que suficientes para evocar al Borges hombre e iniciarse en su obra fascinante.

A los largo de 60 años Jorge Luis Borges escribió más de 40 libros (sus obras completas publicadas por Emecé editores, consignan 44). El primero publicado, luego de algún intento fallido, fue Fervor de Buenos Aires, un poemario de cuando tenía 24 años. Le siguieron algunos otros poemarios y luego volúmenes de ensayos eruditos y brillantes sobre una infinidad de temas. En 1944 se publica el libro de relatos Ficciones y cinco años después: El Aleph. Dos volúmenes magistralmente escritos que muestran el dominio absoluto del autor sobre el género cuento.

 

Más allá del exquisito cultivo de esas vastas y autosuficientes áreas de la literatura, Borges no intentó la escritura de otras formas literarias (omitamos los prólogos y las geniales respuestas que daba a las innumerables entrevistas que concedió). Por ejemplo la novela. De hecho, su oposición absolutamente consciente a encarar la escritura de una novela es harto conocida y a lo largo de su vida Borges fue desgranando un sinnúmero de razones que explicaban aquella omisión. Solía decir que sólo creía en lo que se pueda escribir de una sentada. Juzgaba a la novela un género artificioso o incluso a veces esgrimía como excusa una improbable pereza.

Si bien sin duda todas esas razones tienen su porción de verdad, deber ser matizadas en atención al conocido sentido del humor borgeano. Más íntimamente puede aventurarse una razón oculta o semi oculta para eludir la novela. Y esta razón no puede ser otra que la dedicada atención que Borges le daba al tiempo. Recordemos los textos en los que aborda la cuestión: Historia de la eternidad (1936), Nueva refutación del tiempo (en: Otras inquisiciones, 1952) por citar sólo dos ensayos donde trata la cuestión de manera explícita. Y no se trata tanto de la obvia diferencia entre el tiempo que se requiere para escribir un poema de pocas líneas y el que se ocupa en la escritura de una novela de varios centenares de páginas, es decir, exclusivamente el tiempo invertido en el ejercicio de la escritura, o sea, lo que se demora en dibujar letra por letra las palabras que compondrán el poema o la novela en cuestión, ya que, como se sabe, el proceso creativo de un poema puede ser muy largo antes de su plasmación definitiva sobre el papel.

Creo que la cuestión entraña más bien otro tipo de problemática y aquí puede ayudarnos el argumento de uno de los mayores teóricos contemporáneos de la novela, novelista él mismo, el escritor checo Milan Kundera, quien ha dedicado una trilogía de textos al esclarecimiento de la cuestión (El arte de la novela, Los testamentos traicionados y El telón). Él dice: “El novelista, contrariamente al poeta y al músico, debe saber acallar los gritos de su propia alma; tiene su propio tiempo de creación (pues) la escritura de una novela ocupa toda una época en la vida del autor, quien, al terminar el trabajo, ya no es el mismo que al empezarlo” (El Telón, p. 81). Así, tanto él como el mundo que lo rodea han cambiado en ese tiempo que ha transcurrido.

Contrastemos esta afirmación con lo dicho por Borges en un memorable texto: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Biterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad” (El Aleph, Obras completas tomo I p. 617).

Borges sabía que el poema es una forma de eternidad, así como los libros una forma de la felicidad. No en vano –nada en la obra borgeana es gratuito– nos dice en las líneas finales de su Historia de la eternidad: No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad.

 

Una anécdota refiere que Borges, de joven, se demoraba horas enteras en la contemplación de los libros de pintura. Su madre, Doña Leonor Acevedo le había dicho que ésa era la única manera de penetrar en el alma de los cuadros. Todo nos habla de una deliberada lentificación del tiempo y, por ello mismo, de un paso vertiginoso donde todo puede suceder.

“En un día del hombre están los días del tiempo –dice una poema de su libro Elogio de la Sombra–, desde aquel inconcebible día inicial del tiempo, en que un terrible Dios prefijó los días y las agonías hasta aquel otro en que el ubicuo río del tiempo terrenal torne a su fuente, que es lo Eterno, y  se apague en el presente, el futuro, el ayer, lo que ahora es mío. Entre el alba y la noche está la historia universal. Desde la noche veo a mis pies los caminos del hebreo. Cartago aniquilada, Infierno y Gloria. Dame, Señor, coraje y alegría para escalar la cumbre de este día”.

Borges duró más que Cortázar y Bianco, para hablar de dos queridos escritores argentinos –continúa diciendo Octavio Paz en el retomado texto con el que iniciamos estos apuntes–, pero lo poco que los sobrevivió no me consuela de su ausencia. Hoy Borges ha vuelto a ser lo que era cuando yo tenía 20 años: unos libros, una obra.

Borges murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, Suiza a las 7:45 de la mañana, sus restos, según su propia voluntad, descansan ahí, en el cementerio ginebrino de ilustres de Plainspalais bajo una piedra donde pueden leerse los versos de Volsunga Saga (remoto texto noruego del siglo XIII): Hann tekr sverthit Gram ok / leggr i metal treira bert (Él tomó su espada Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos). 

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