Literatura Boliviana
 Fecha:10/05/2014

El dolor detrás del humor en El Viento de la Cordillera
Acercade la narrativa de A. Spedding
Por Lourdes Reinaga

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El hombre se aparta aterrado. Pese al cuerpo escuálido, el viejo se revela más fuerte de lo que aparenta cuando lo atrapa, cuando lo sostiene, cuando lo derriba y aplica su boca sobre la del otro. Narciso, el hombre más joven, intenta apartarlo, manotea en vano, araña la piel cuarteada por el sol de su oponente, en un movimiento desesperado arranca algunos de sus cabellos blancos, sujetos en una larga trenza y grita suplicando. La pelea termina cuando Narciso, después de un rápido combate que no tiene ninguna posibilidad de ganar, accede a permanecer junto a Indalecio, a compartir con él –como un amigo, no como amante, valga la aclaración− la vida de paria del “condenado”.

La imagen la tomo de El viento de la cordillera. Un thriller de los 80 (2001) de Alison Spedding. Se trata de la segunda entrega de una trilogía compuesta además por: Manuel y Fortunato. Una picaresca andina (1997) y De cuando en cuando Saturnina. Una historia oral del futuro (2004). Cada novela tiene como protagonista a Saturnina Mamani Guarache, sin embargo, no se trata exactamente del mismo personaje, es decir, la trilogía no narra la historia continua de una sola Saturnina, sino que se ocupa de plantear tres posibles versiones de Saturnina en distintas épocas y situaciones. Así, si en la primera entrega la acción se desarrolla en el Siglo XVI, la segunda traslada los sucesos al siglo XX, por el año 1984; mientras la tercera novela relata las aventuras de Saturnina en el siglo XXI alrededor del año 2086, con algunos saltos temporales necesarios para comprender la estructura e historia del Qullasuyu Marka lugar de procedencia de Saturnina.

La imagen aludida, sin embargo, no involucra a Saturnina y presenta un intento de violación masculina. El tema de fondo, la historia del joven a punto de ser forzado por un hombre mayor que está aparentemente loco y que tiene una obvia ventaja física sobre su presunta víctima, es un tema perturbador. El problema se encuentra en que, como muchas de las escenas perturbadoras presentes en la novela, cuando el lector las recorre con la mirada, no puede sino echarse a reír. ¿Es que acaso la posibilidad de una violación masculina es graciosa? ¿O es motivo de risa un agente de narcóticos asesinado por una mordedura de serpiente? Tal vez el mejor chiste de la historia sea aquel en que un hombre desmayado y dado por muerto recupera la consciencia para encontrarse con que sus familiares y amigos, tomándolo por un espíritu funesto lo apedrean y lo expulsan del pueblo bajo amenaza de linchamiento si se vuelve a acercar a cualquiera de los habitantes.

Presentadas de esa manera, esas situaciones no parecen tener nada que mueva a la risa, son más bien situaciones trágicas. Sin embargo, al leer la novela y tropezarse con ellas, no es difícil terminar el segmento con una carcajada. ¿Por qué pasa esto? nos preguntamos como lectores ¿Acaso hemos comprendido mal? o, como preguntaría la propia Spedding, “¿o es que hay cierta sutileza que no he podido pescar?”[1].

David Morris, en La cultura del dolor (1991) se refiere a la película de Frank Oz The Little shop of horrors (1986). Se refiere a ella como un espacio en donde se “pone patas arriba la famosa teoría de Northrop Frye sobre el benigno ‘mundo verde’ de la comedia: un enclave protector, maternal, nutricio, identificado con el espíritu curativo de la naturaleza pura.”[2], aludiendo a la clasificación genérica esbozada por Frye. The Little shop of horrors es, efectivamente, una película cómica, sin embargo, nada de maternal y seguro hay en ella ya que la planta protagonista se alimenta de carne humana proporcionada por su colaborador y “héroe” de la historia. Morris enfatiza la actuación de Steve Martin como un sádico dentista que, mediante distintos tipos de tortura física aplicada a sus pacientes, mueve al espectador a la risa. Curiosamente, una de las escenas más cómicas se da con la muerte del personaje pues muere riendo por el gas liberado en el consultorio. Como en un espejo, la risa del dentista parece reflejar la de los espectadores. ¿Qué sucede en el espectador con esa escena? ¿Por qué encuentra graciosa la muerte de un personaje cuyo cuerpo está destinado al desmembramiento para ser devorado por una planta extraterrestre?

Morris encuentra que el tremendo éxito de la película como comedia se asienta en que lo que mueve a la risa es el dolor. En otras palabras, apoya la comedia en el dolor de forma directa. Algo similar sucede con la novela de Alison Spedding (no sólo con ésta, sino con toda la saga, sin embargo, me interesa centrarme únicamente en El viento de la cordillera) que, apoya la existencia del humor en situaciones perturbadoras y bastante dolorosas, piénsese sino en la dolorosa confesión de Indalecio a Narciso:

“Joven Narciso, tienes que entender. Tantos años no he hablao con nadie, no mey visto con nadie. Vos nomás. Hemos charlao bien, hemos comiw, hemos trabajao. Hay carne ¿no ves? Vamos a trabajar mejor, entre dos. Nos vamos acompañar. No vas hablar con ellos. No hay caso de ir donde la gente. Estoy condenado ¿no ves?” Ya estaba casi llorando el tipo. Me he asustado.[3]

Esta confesión nada tiene de gracioso, basta con imaginar al pobre hombre reteniendo por la fuerza al único compañero que ha tenido en años, al único ser humano con quien ha podido conversar y anoticiarse sobre el mundo y sobre su familia. La escena es de muchas maneras dolorosa, sin embargo, apenas algunas líneas después, Indalecio se lanza sobre Narciso y lo besa intentando además violarlo. El cambio repentino en el tono que se mueve de una situación oscura hacia una igualmente oscura pero narrada de forma cómica, contribuye con la risa del lector. La sutileza que había rescatado Morris respecto a la película tenía que ver no tanto con el dolor físico usado para mover a la risa, sino con aproximarse a un extremo, a una frontera, y bromear con situaciones con las que antes no se había bromeado.

La irreverencia de este tipo de humor está presente en la novela de Spedding a través de los cambios de tono en la narración. La historia de la novela está contada, generalmente, a través de diálogos entre personajes, lo que permite la posibilidad de una amplia variedad de tonos y como los eventos se narran después de sucedidos, el recuerdo no siempre refleja la emoción del momento, es decir, Narciso, cuando cuenta la escena del ataque del condenado, no la cuenta con tanto terror como es posible presumir que sintió, sino más bien como una anécdota casi graciosa. Pero también hay irreverencia en la escritura misma, en la forma en que se reproducen en la escritura ciertas particularidades propias de la oralidad y de jergas específicas. Desde esta perspectiva, es posible pensar en la novela de Spedding como en un espacio donde se ponen en juego una serie de propuestas irreverentes respecto de determinados aspectos narrativos.

En este sentido cabe establecer una pequeña digresión hacia el artículo “Novela actual ¿Literatura de la menopausia masculina?” escrito por Alison Spedding. Este artículo, que en el momento de su publicación generó una pequeña controversia respecto de si existe o no en Bolivia una “literatura femenina”, entre otros temas, retoma un grupo específico de novelas: las ganadoras del Premio Nacional de Novela hasta el año 2004. Spedding se refiere a ellas como “literatura de la menopausia masculina” basándose en aspectos temáticos como: la construcción de argumentos planos y de un modelo femenino estereotipado, sumiso y dependiente. Pero también en aspectos externos a las novelas como el público ideal al que parecen estar dirigidas estas publicaciones.

Más allá de retomar los argumentos esbozados por la autora, me interesa detenerme en el gesto mismo de señalarlos. El texto, por el contenido, hace pensar en “Para una sociología de la novela policial” de Ernst Mändel, un artículo en el que el autor vincula el nacimiento y publicación masiva de novelas policiales con determinados aspectos sociales. Sin embargo, el tono de Spedding en el artículo difiere rotundamente del de Mändel. Mientras Mändel asume un tono serio y formal, Spedding asume un tono absolutamente irreverente –algo que pareció herir la susceptibilidad de algunos autores aludidos, generando la controversia que señalé– sin que por ello deje de presentar un texto estructurado y bien argumentado. El tono asumido por Spedding se replica en la novela donde se habla de temas oscuros, variando el tono para desequilibrar a un probable lector.

En El viento de la cordillera las situaciones oscuras presentadas de forma humorística constituyen también un balance que consigue mantener la atención de los lectores. Spedding elige presentar situaciones naturalmente cómicas como los disfraces de carnaval de dos personajes que representan genitales y escandalizan a todos los que los observan o los de una ruidosa pareja vestida como un par de monjas y, por otra parte, situaciones no cómicas de manera cómica. En esta segunda alternativa se encuentra una muestra de irreverencia, irreverencia hacia los temas en sí mismos y un reto hacia la forma en que éstos suelen ser presentados.

Existe también una invitación, una invitación a alejarse de la seriedad y a probar nuevas maneras de aproximarse no sólo a las situaciones presentadas en la novela, sino también al modo de narrarlas. No en vano esta novela alude al thriller, un género caracterizado, a decir de Piglia en El último lector, por incluir aspectos que la novela policial clásica omitía y censuraba, entre ellos el florido lenguaje de los detectives de la Serie Negra y la constante presencia de juegos de palabras con un doble sentido que casi siempre apunta abiertamente a lo sexual.

La propuesta respecto del humor empleado en la novela de Spedding y duplicado en su artículo crítico, se orienta a hacer tambalear las formas más tradicionales de la crítica y de la narrativa. Esta propuesta, de la que sólo he tomado el aspecto del humor, abarca también la narración misma a través de la construcción de un argumento en base a sugerencias e insinuaciones y no en afirmaciones y el establecimiento de personajes que rompen distintos estereotipos, como el del narcotraficante o el del consumidor habitual. Considero que esta propuesta es una constante en el trabajo ficcional de Spedding y que por eso merece ser retomado y trabajado a profundidad.

 

 

[1] Spedding, Alison.  “Novela actual: ¿Literatura de la menopausia masculina?” en Tendencias suplemento cultural del periódico La Razón. La Paz, domingo 1 de enero de 2006. Pág. C6.

[2] Morris, David. La cultura del dolor. Ed. Andrés Bello. Santiago de Chile, 1991. Pág. 91.

[3] Spedding, Alison. El viento de la cordillera. Un thriller de los 80. Ed. Mama Huaco. La Paz, 2001. Pág. 69.

 

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