Literatura
 Fecha:25/11/2014

Cárdenas, Vaciadas Identidades
En las Comidas Profundas o el Jubiloso Ajiaco
Por Ada Zapata Arriarán

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"El amor auténtico se encuentra siempre hecho. En este amor un ser queda adscrito de una vez para siempre y del todo a otro ser. Es el amor que empieza con el amor." (Ortega y Gasset)
 
Si la cultura está hecha de palabras, la identidad que sobrevive  es aquella que  se hace y se deshace al infinito: en la obra de Adolfo Cárdenas la impresión desarraigo y pertenencia en la comida, sustacia, argamaza de ansiedad, ansiedad de ansiedades o cuerpo. A la sazón siguiendo el hilo del vacío aparecen cuatro cuentos cortos, representativos de la extensa obra del autor, incluidos en la colección Cuentos Escogidos de la editorial Gente Común (2009): Alma Mala, La Leyenda de la fraternidad “Los Pilulos", Hoy Fricasé, Hoy; y Wedding day Blues.  
 
El narrador no se considera portavoz del imaginario de la población de la ciudad de La Paz y prefiere ubicarse  en la reinvención de la ficción,  en la universalidad del sentido de la obra. Es así como lo emparentamos con algunos rasgos de la literatura caribeña. En el cuento Alma Mala, el personaje Benito Coronel, en trance alcohólico, se descubre poseído por una entidad asesina, enfrentándose con asombro a la desgracia de su propia muerte. En La Leyenda de la fraternidad Los Pilulos, una comparsa fantasma, invitada a la entrada mayor de la ciudad de La Paz, hace seductora aparición ante la perpleja multitud donde sucumbe el destino de Erick Apaza y su novia, transformados también en seres espectrales. Hoy Fricasé, Hoy  narra  la venganza de Doña Remedios, que mata y cocina al infiel esposo. Finalmente Wedding Day Blues relata la pretenciosa boda de Grisela, donde se sirve un menú que deja atónitos a los invitados. Advertimos que los cuentos terminan con una muerte dislocada y en común refieren una identidad fantasmal. Hambre o vacío,  deseo y saciedad, son los vértices que trazan el artificio mascarada en los cuatro cuentos del paceño Adolfo Cárdenas. Curiosamente el acto de comer la contundente sustancia o probar el inasible vacío; el fenómeno de la comida como metáfora de erotismo y de conocimiento anticipa la muerte. Los cuentos refieren la materialidad transfiguradora de la comida, que propicia el enmascaramiento. Alma Mala, La Fraternidad de “Los Pilulos”, Hoy Fricasé, Hoy y Wedding Day Blues prueban las mutaciones. 
 
Una persona Fácilmente Olvidable
En  Alma Mala,  Don Benito Coronel  es un maestro de ceremonias y ejecutor del saxo tenor: “músico y compositor apreciado por algunos e ignorado por la mayoría (…) una persona fácilmente olvidable; al extremo de no ser reconocido hasta la tercera presentación más o menos consecutiva, y consecuentemente poseedor de aquello que algunos llaman la cara de todos”.  En este personaje representativo Cárdenas cifra el rumbo tambaleante de una  identidad  no sólo vaciada, sino también poseída por los arrebatos de otra entidad maligna. Desde el inicio, el autor  nos asoma al umbral de lo fantástico.  La identidad de Don Benito está trucada  por el consumo transfigurador del alcohol: “La gente se divertía con él o a expensas de él, en fiestas o reuniones donde salía del anonimato para convertirse en el centro de la escena, tocando, bailando o brindando (…) y el consecuente embrutecimiento alcohólico, frecuente en su vida más de cinco días por semana” (Pág. 7-8). 
 
Ya conocemos en nuestra literatura el protagonismo del alcohol, especialmente en Jaime Saenz, creador de un potente imaginario paceño donde el alcohol abre las puertas a la percepción y el entendimiento, a una  revelación que pasa por sacarse el cuerpo. Entre el alcohol y la comida, al calor de la resaca, Alma Mala nos recuerda a “Hermenegildo Fernández”, en Vidas y Muertes(1986), donde : “Hermenegildo Fernández no podía vivir sin los picantes y probablemente esa fue la causa de su muerte/ Y la de su madre también, pues esta preparaba los más esplendidos picantes, que jamás se hayan conocido en La Paz/ En el hospital y con un pie en el sepulcro, desahuciado por los médicos y con el hígado hecho pedazos/Hermenegildo Fernández devoraba como loco los platazos de picante que su madre le enviaba./ En la calle Canónigo Ayllón tenía su casa(…) /Y allí se armaban las comilonas  de padre y señor mío, que duraban tres y hasta cuatro días /(…) Mientras que los invitados se entregaban ya a colosal algarabía, bebe que bebe cerveza y baila que baila cueca, a los acordes  de una banda de músicos que soplaban en el salón principal(…)” (Pág.25-26)
 
Cárdenas con similar grotesco humor negro, pero sin la certidumbre de la revelación, previene a nuestro personaje sobre “Fuerzas oscuras, espíritus malvados, que aprovechando sus estados de semiinconsciencia, podrían confabular para organizar su desgracia”. Ante el conocimiento de varias muertes asolando la ciudad, ante la sospecha de Benito Coronel sobre sí mismo, observamos cómo, la comida, hace retornar parcialmente el ajayu del protagonista, catapultandolo a un vacío mayor. A pesar del remedio clásico que consistía en: “Un enorme plato de cordero hervido cubierto de un picante insensato, paliado con largos tragos de cerveza que no le concedieron ni paz ni equilibrio hasta que decidiera curar con alcoholes el mal de alcoholes.  Sus pasos lo condujeron a lugares extraños, sitios que nunca en su vida creyó haber pisado y que alguna secreta intuición los dirigía, algo más allá, inclusive, de la memoria”(Pág. 9-10).
 
Si un curandero venteando los vapores de un hervido saca el alma mala de su cuerpo, Benito Coronel al sentirse sano cura una nueva resaca con “una enorme fuente de carnes de diversa especie cocidas en ajíes ponzoñosos y regada con dos litros de cerveza”. Finalmente el parece ajeno a la bala que le atraviesa el pecho sin lograr siquiera ver “como el alma se le salía por la boca”.
 
¿No son estas viandas también, a la manera boliviana, el alimento descrito por Fernando Ortiz, cuando en “Los Factores Humanos de la Cubanidad” (1993)  plantea un cubanismo metafórico explicado a través del ajiaco cubano? Simbolismo traducido en una memoria profunda, la metamorfosis constante de lo cubano fundiéndose en conglomerado heterogéneo de diversas razas y culturas, a través de un mestizaje que se hace y se deshace incesantemente. Un guiso complejo, un caldo muy grueso suculento, sazonado con el ají, nos dice el autor en este texto, asentando su origen en el guiso primitivo de los cavernícolas indios tainos. Ortiz deposita en él todo lo imaginable, en deliciosa paráfrasis repetimos: hortalizas, hierbas, raíces, carnes de todo tipo sedimentándose, pudriéndose en un caldo pulposo, engendrando cultura en una olla de barro hecha de la tierra cubana. Cazuela abierta puesta al fuego de los trópicos, a fuego ardiente y lento, a semejanza de un rizoma inacabable mestizando cocinas, razas y culturas exógenas, blancas, negras y amarillas, desde los dos mundos que entrechocaron en la conquista de Colón.
 
Multitudes Fantasmales, Fiesta
En La Leyenda de la fraternidad de Los Pilulos Cárdenas parece seguir el hilo de la metáfora transfiguradora señalada anteriormente. Leemos la representación de una identidad vaciada, ahora en multitudes, en el luminoso disfraz de la fiesta donde se vive el instante ante la inminencia de la muerte; la protagonista  de esta historia es una pareja de clase media: “A ciencia cierta, casi nadie en el área ha visto a la comparsa pero todos pretenden que sí, dotándola- sobre todo los viejos de características ultraterrenas. Dicen, por ejemplo, que el brillo de los ojos en las máscaras de los danzarines confiere luminosidades propias a la aparición, o que los taconazos de las chinas arrancan chispas a la calzada y que los miembros de la banda, a momentos más saltimbanquis que músicos, hacen piruetas imposibles subidos a trampolines inexistentes(…)/ Cuando los transeúntes  buscaban el calor interno de las tisanas e infusiones, la pareja buscó la intimidad de un cafecito para terminar allí, de salir de su atolondramiento/Luego de quemar el esófago con algún inidentificable e hirviente líquido, la novia confesó  vehementemente el deseo de ser parte de ese prodigio”(Pág.22-26). 
 
Tal vez porque el vacío se instala y se apodera de la fiesta, enajenada, la aglomerada muchedumbre celebra el luminoso camino atravesado por el grupo de los inasibles Pirulos. Apariencia, brillante máscara que seduce y secuestra a la novia del protagonista, separándola del mundo de los vivos bajo la maquinación de la complicidad y  secreto misterio. Es esta ausencia la que obliga a Apaza a seguir los pasos de baile, transformado en retraído vacío, destierro en interminable agonía de fiesta “sabiendo que nunca en su eterno recorrer podrá alcanzarla”.  Así la procesión de la fiesta se devora a los novios, uno en pos del otro celebrando la vida de la muerte. 
 
Por la palabra que da cuerpo al vacío, Cárdenas desliza la trampa, Apaza nunca alcanzará a la novia extraviada en la multitud cautivada por Los Pirulos. El encuentro con la cifra de identidad, depositada en el cuerpo la novia, está vedado por el imponente orden de la comparsa, que separa a hombres y mujeres, en la entrada mayor de la ciudad. Habiendo sido ambos seducidos y transformados en fantasmas: “El resto es un torbellino caótico y desaforado en la todavía confusa mente del hombre. A momentos puede ver imágenes de sí mismo, recorriendo en ambos sentidos la avenida de los bordadores, cargado de brillos fatuos, sonajeros y cascabeles, evitando el encuentro con antiguos conocidos, iluminando el camino con los carbones que tiene incrustados en los ojos. A veces puede verse en la entrada mayor de la ciudad, en la sexta fila del ala de los varones, esparciendo docenas de alimañas lumínicas a su paso, suscitando el asombro de esos escogidos que en la noche pueden verlo, buscando la silueta de su novia lejana pero a veces visible, sabiendo que nunca en su eterno recorrer podrá alcanzarla” (Pág. 33). 
 
En contraste, la esencial comida no está presente con la incuestionable emergencia  con la que aparece en los otros cuentos.  Aunque presupuesta como entraña de la fiesta, brilla por su ausencia  La ausencia explícita brilla por la seducción de la transparencia, del cuerpo sin sustancia. Sin cuerpo que pese, la sensualidad de la narración promete no tocar, apenas ver. Perversa sacudida de condenado, estremecimiento del baile que separa al hombre del roce de la mujer deseada.
 
La mortal saciedad de Don Benito Coronel en Alma Mala y el vacío que deja la fiesta en La Leyenda de la fraternidad de Los Pilulos se equipara al conocimiento de Las Comidas Profundas (1997) de Antonio José Ponte. Ponte rodea con nostalgia el vacío de identidad en la literatura cubana, lo hace  desde la carencia saciada con la imaginación que se hace cuerpo: “En un momento en que peligran todas las identidades, parece quedar claro que somos los mismos de antes, persistimos aún gracias a viejos hábitos. Lo que ningún estado, por policial que sea, logra llevar a esquema de identificación, lo que no cabría en un expediente, el gusto, un montón de simpatías y rechazos, nos hace iguales a quienes fuimos en mejores tiempos. Y algo, sospechosamente la identidad que creemos ser por encima de cualquier circunstancia, sobrevuela, no se conforma con ayer y hoy”. 
 
En la geografía insular, enlazando el pasado a un presente, Pote dirá que se escribe donde se come, paradójicamente sobre una mesa vacía que se cubre con una hoja en blanco: “La mesa está cubierta con un mantel de hule, el hule con dibujos de comidas: frutas y carne asada y copas y botellas, todo lo que no tiene”.  La mesa vacía se tapa con una hoja en blanco. Las imágenes de las comidas acumulan metáforas, maceran la  frustración de lo desvanecido. La capacidad de saciar el vacío, construye identidad. Para Ponte: “Toda comida es sustitutiva (…) comer es siempre metaforizar, tender un puente”.
 
De esta forma metaforizar o caer en la parálisis de la creación, son dos polos de un círculo vicioso del obrar identidad.  Entre el vacío y la saturación. El goce de Las Comidas Profundas estaría en la comida  transformada en escritura sobre el vacío creador. El goce, entendido igualmente como padecimiento de escribir sobre la ausencia. El autor señala que escribe para rodear el vacío, revivirlo o metamorfosearlo. Como ejemplo, refiere el suceso de la carne falsa en la década de los noventa, cuando ignorándolo, compradores del mercado negro en La Habana comieron frazadas de piso.
 
En este tramo del camino, la fiesta en La Leyenda de la fraternidad de Los Pilulos hace mímesis con un rasgo de la literatura que interpreta el júbilo caribeño entre el eros y el thanatos, círculo que vincula el vacío y la creación.  Se trata de la celebración que fusiona el dolor con la alegría desbordada hasta el  autodestructivo filo de la muerte. En la novela El entierro de Cortijo (1983) de Edgardo Rodríguez Juliá, la atmósfera de una comparsa de multitudes avanza enmarañada en histérica parálisis señalando la agonía en trance, éxtasis de música y baile que, como acontece en La Leyenda de la fraternidad de Los Pilulos,  revive fantasmas del pasado, para dar sentido a un presente sin sentido. Un movimiento catártico de fiesta transfigurada por la tragedia donde “el rito anda moribundo, hay tantas intenciones fantasmales y  tantos gestos insepultos”.
 
En la crónica novelada de Rodríguez Juliá la fiesta despide el cadáver descompuesto del idolatrado plenero  Rafaél Cortijo. Con una “distancia de película muda con ritmo de Negro Bembóm”, extintos personajes de la pasada época preindustrial, más muertos que vivos siguen el féretro. Una nueva época se abre paso y las fantasmales figuras danzantes atestiguan la irrupción. El cronista dirá en medio de la confusión social: “Casi escupido por la presión de los cuerpos que se mueven a empujones, con la lentitud de un glaciar, y de pronto se oye la solemnidad de una banda que a compás de bombo malheriano anuncia le comienzo del entierro. Pero ¿Dónde está la banda? Miro alrededor y no la veo, semejante música tan lejana al silencio del plenero, también parece desasida de su lugar en esta confusión de voluntades que ya marca sus primeros pasos (…) Comenzaba a instalarse la histeria en el reino de la confusión. Era necesario empujar hacia atrás al gentío que pretendía asfixiar tanto a los deudos de Cortijo como a los que cargaban el ataúd” (Pág. 55).
 
Antropofagia y Saciedad
Virgilio Piñera, autor de La Isla en Peso (1943), se aproxima al sentido grotesco de Cárdenas encandilado por el substancioso vacío que aparece en los cuatro cuentos expuestos. Sórdido, Piñera hace de la identidad un pozo sin fondo. En La Isla en Peso el agua es un cáncer, la isla es una cárcel de tedio. Sin embargo incluso en este paisaje desolador, el hedor del puerto contrasta con “el olor que sabe arrancar las máscaras de la civilización”. El olor en la noche hace “que todos quieran copular” y logra un espacio de reconocimiento en el vacío fundante. Es así como se levanta el erotismo de “los cuerpos abriendo sus millones de ojos”. Si el primer contacto carnal entre los dos mundos trae el primer muerto: “después de la doctrina cristiana. /Todavía puede esta gente salvarse del cielo, / pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente los falos de los hombres”. 
 
En Cuentos Fríos (1944) Virgilio Piñera explora los matices de la antropofagia. En El Caso Acteón, el anhelante voyerismo de dos sujetos que se devoran mutuamente se hace ineludible: “Yo hundí ligeramente mis uñas del pulgar y del meñique en su carne (…). No se podría marcar (…) dónde termina Acteón y dónde comienzan sus perros”.  El cuento de La Carne  describe una autofagia colectiva, aprobada por la comunidad primero por necesidad y luego con entusiasmo culinario.  El humor negro de Piñera adopta un grotesco diferente al de Cárdenas. Más críptico balanceándose en la hipérbole del absurdo, en La Carne todos terminan engullendo su propia lengua y quedan mudados en su propio excremento:
 
“-¡…Carajo mierdas, te voya`cer sacar la mierda! Haste ver sinvergüenza. Todaviya venirme a mí con semejantes huevadas…¡cholo y mierdas! ¡fuera de aquí! Fuera de aquí antes que lo mate” (Pág. 34). Así comienza  el cuento Hoy Fricasé, Hoy. El hambre como metáfora erótica es expresada por el canibalismo. La necesidad y la saciedad de Doña Remedios, excede no sólo el deseo de venganza sino también el ocultamiento del crimen, cocinando al esposo para transmutarlo en un jugoso plato de fricasé. De igual forma el aliñado cuerpo de Don Rogelio es muerte pero también regeneración. No debemos olvidar un rasgo característico de la literatura cubana que es la subrayada naturaleza femenina que da sazón a la comida, que transforma lo grotesco en  alimento, volviendo el desecho en vida. 
 
Es lo que hace doña Remedios en trance pasional, al convertir el cuerpo del delito en otra expresión del deseo del cuerpo, el fricasé.  Por otra parte en Hoy Fricasé, Hoy la subjetividad femenina se difumina, la identidad enajenada se abstrae en el cuerpo que ejecuta el desquite de la venganza. Nuevamente, en este pasaje de la literatura boliviana, asistimos a la identidad signada por la incertidumbre. El narrador en segunda persona dirá:   “A partir de ese momento ya no eres tú, es un viento rugiente el que se posiciona de tu espíritu y que guía tus acciones, que manda en tus reflejos y que te ordena tomar una de las patas de la mesa rota y lanzar con precisión matemática el primer golpe en la boca que supo mentir, que supo prometer sólo incumplimientos (…) Entre lluvias de esmalte, ráfagas de aliento alcohólico y  gotas de saliva color frutilla, dar el segundo  en esa cabeza que pesó en la posibilidad de abandonar a quien había dado todo para irse con otra…/Entre nubes de cabellos, trozos de hueso y partículas informes de una materia blanco grisácea,  propinar el tercer golpe en la columna de ese cuerpo que se derrumba y sobre aquel lunar traicionero que jamás fuera poseído (…).  La rutina vuelve a tomar cuerpo. Las ollas cobran vigencia al convertirse en receptáculos de los hervidos de después; picas, cortas, trozas (…) Tú, sentada detrás del mostrador esperando al primer cliente, las órdenes entre pasada y pasada: un fricacho y una mediana”.
 
Tal la transfiguración que se ofrece en la comida, cuando el erotismo hace de las partículas de  identidad un encuentro que sólo se realiza a través de "ese otro". En  Hoy Fricasé, Hoy el encuentro carnal  frustrado por el engaño, se transforma en venganza del cuerpo maltratado. Y el acto de cocinar al amado deviene en la ingestión de un nuevo engaño. Con astucia Doña Remedios devuelve el engaño,  mascarada para ocultar el crimen amoroso.
 
Fiesta, Suicidio
Si en Hoy Fricasé, Hoy Cárdenas opta por un tono deliberada y burlonamente miserabilista, también hace particular parodia del teatro popular, al estilo de Raúl Salmón de la Barra, con el infaltable chico del mandado “el Martincho” y el alevoso compadre “don Nico” en el escenario de la chingana. El remedio, la  autofagia,  es lanzada por doña Remedios contra el sexo opuesto, el cuerpo del esposo termina en la ávida boca del compadre: “Tu compadre se relame de satisfacción, te lanza una mirada de agradecimiento  y tomando el tenedor trincha goloso una presa que tiene sobre el cuero una protuberancia en forma de corazón, salpicada de tres cerdas de puerco”  
 
En todo caso como refiere Ana Rebeca Prada en Estudios Críticos (2012) la obra de Cárdenas pide un lector que relacione el entorno del paisaje con la obra, consciente de una oscilación crítica entre lo occidental y lo andino; buscando la experiencia cotidiana de una ciudad  bilingüe, trabalenguada, “haciendo de la crisis que es vivir en una ciudad tan múltiple, tan densa, también una forma de lectura”. 
 
En el trabalenguismo se encuentra el barroco de  Cárdenas, producto de un paisaje distinto al caribeño, pero no menos atrayente para fundar la ficción sobre el vacío que es la hoyada en la transcultural ciudad. Transculturalidad celebrando la saturación de un ajiaco simbólico o el inasible deseo orlando el vacío que sólo puede suplirse por la imaginación de las comidas profundas. Donde cada subjetividad juega y negocia múltiples cartas, máscaras, y roles de identidad en un contrapunteo de fuerzas. 
 
Más refinada es la mascarada de los novios en Wedding Day Blues, que trabajaron todo un año para costearse la boda “que pareciera son de propiedad exclusiva de los ricos de Nueva York”, sin embargo el final es igualmente trágico. En el cuento la refinada comida confiere la apariencia de una identidad que no corresponde al nivel económico y social de los novios. Con gran ironía Cárdenas escribe revelando la tensa imagen de una pareja en frustrado asenso social: 
“Nadie jamás podrá decir que la boda de Griselda no estuvo magnifica en absolutamente todos los aspectos, así como nadie imaginó que el vestido que todos celebraban y todas envidiaban era el mismo que la novia uso en su primera comunión (…) Solo los más íntimos, dos o tres, recordarán que el traje del novio era alquilado en una sastrería de usado (…).De la delicadeza de los licores ni hablar. El surtido era casi insultante; whisky para los anglófilos, coñac para los francófilos(…)  Cuando todos estuvieron convincentemente ubicados,  percibieron  que sobre los platos, y debajo de una ramita de ilusión, destacaba un pequeño impreso con el menú de la noche: CAMELOT/Banquete nupcial/MENÚ/Ensalada/ Radicchio y arúgula con tomates pluma/ y musarella fresco en vinagreta balsámica./Entree/Grand filet de salmón en salsa de champiñones/ Petit filet de pavita en salsa Bechamel(…)Una vez distribuido todo, la gente apabullada no atinaba  a servirse por temor al desliz o la patanería, todos espiaban disimuladamente a todos a fin de descubrir el rito inicial, la orden implícita, la batuta iniciática de aquella comilona legendaria” (Pág. 56-60).
 
En este cuento todo el ritual de la  boda se centra en  la  afinada comida. La perplejidad de su simbólico registro excede los fines de la fiesta, a la que le sobrevive la premonición del suicidio. El fallito ceremonial muestra a los comensales tan fingidores como los novios, entre ellos “personalidades artísticas o políticas” que ignoran las delicadas sutilezas  aristocráticas “la gente apabullada no atinaba a servirse por temor al desliz o la patanería, todos espiaban a todos a fin de descubrir el rito inicial”. A pesar de los presuntos  anglófilos y francófilos, es evidente que “debajo de la ramita de ilusión” el impreso menú de la noche “CAMELOT/Banquete nupcial” describe el extrañamiento de una tradición importada. Los invitados  dejan tristes objetos envueltos en papel de regalo, vacuos  míseros receptáculos torcidos desenmascarados: un juego de veinte tasas coreanas con la insignia de un club de futbol local; un basurero de plástico, un par de entradas de cortesía para la presentación de un predicador metodista; una alcancía de yeso con el logo de un banco que había quebrado.
 
De la chingana de la vejada doña Remedios a  la arquitectura victoriana del salón de Wedding day Blues,  Cárdenas se regodea en la sórdida simulación, en la presencia caprichosa de la comida como  reflejo de las ansiedades de sus personajes. El ostentoso rito de ascenso social en el casamiento de Griselda se rinde a la parálisis que para unos y otros, produce el banquete. Fascinación que termina enajenando a sus protagonistas. Nuevamente la urgencia de vivir el vértigo en la fiesta ante la proximidad de la muerte:
“Casi sin mediar ningún rito, conscientes ya de la gris realidad que pisaban, ambos se dedicaron a desempaquetar los presentes y desenvolver la esperanza con los dedos temblorosos y la expectativa colgada de un hilo (…) Conforme la torre de paquetes iba disminuyendo, las esperanzas de la pareja se fueron derrumbando estrepitosamente. En ese momento Griselda asumió el mismo gesto de fracaso que su marido tenía cuando dejaron el hotel y supo que esto era una premonición: que su vida en el futuro sería un completo desastre y que la única manera de evitarlo era recurriendo al suicidio” (Pág. 63-64).
 
 
Para finalizar, como en algun mometo señalara la literata Alejandra Echazú, refieriendose a la literatura caribeña: la isla, atrapada y rodeada de agua es el lugar donde no se puede escapar de la violencia. Como metáfora de  violencia, la isla se repite en la historia. Se reproduce la violencia de la colonización que marca a todos los países latinoamericanos. Los cuatro fabulosos cuentos de Cardenas lo sugieren.
 
Como ha acontecido con nuestra propia historia, en Cuba no solo se desplaza el cuerpo del indígena, también se introduce el cuerpo negro por la violencia. La reflexión de Echazú subraya que por efecto de  esa  misma violencia, en Cuba se perpetúan procesos políticos que en apariencia difieren entre sí, como la revolución cubana y la dictadura de Trujillo y Balaguer. Dos tendencias opuestas que imponen la violencia o la domesticación al sistema. Pero la condición de la isla le está ganando terreno en forma del cuerpo danzante, que denuncia la violencia recibida, que no perpetúa la descendencia simbólica de los procesos políticos. Condición fracturada y reconfigurada en imágenes dispersas de la literatura, donde se baila el desconsuelo, inventando modelos de resistencia a la imposición del poder.
 
Bibliografía
Cárdenas, Adolfo. Cuentos Escogidos. Bolivia: Gente Común 2009.
 
Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. La Habana: Ed. de Ciencias Sociales, 1983.
 
Ortiz, Fernando. "Los factores humanos de la cubanidad", Estudios etnosociológicos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, pp. 10-30.
 
Prada, Ana Rebeca. Escritos Críticos. Literatura Boliviana Contemporánea. La Paz: Sierpe Publicaciones 2012.
 
Ponte, Antonio José. Un seguidor de Montaigne mira La Habana. Las comidas profundas. Madrid; Verbum, 2001.
 
Piñera, Virgilio. La isla en peso. Antón Arrufat (comp.  y prol.) Barcelona: Tusquets, 2000 [1943].
 
Piñera, Virgilio. Cuentos Fríos; El que vino a Salvarme. Cátedra, 2008.
 
Rodríguez Juliá, Edgardo. El entierro de Cortijo, Puerto Rico, Ediciones Huracán, 1983.
 
Saenz, Jaime. Vidas y Muertes. Ediciones Huayna Potosí, 1986.
 
Vitier, Cintio. Lo cubano en la poesía. La Habana: Instituto del Libro, 1970. 
 
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