Literatura
 Fecha:09/12/2014

Un Sueño Vago de Antiguas Tempestades
Las Novelas de la Revolución Mexicana
Por Christian J. Kanahuaty

Juan Rulfo/foto: Muladarnews
-Juan Rulfo/foto: Muladarnews
Juan Rulfo/foto: Muladarnews

 

Sueño también con un cactus lechoso,
Con el rocío sobre el helecho.
Un sueño vago de antiguas tempestades.
Solo pido aquello que me era cotidiano,
Un aire húmedo y violeta,
El murmullo de la vida frente al patio.  
(XXIX. Santiago Viscaíno)


El objetivo del presente ensayo es rastrear en las novelas mexicanas las huellas de la revolución de 1910. Es posible que las más conocidas sean La muerte de Artemio Cruz, (1962) escrita por Carlos Fuentes y Los de debajo (1915) de Mariano Azuela, pero quisiera detenerme, más bien, en la revisión de tres novelas diferentes:
Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, La feria (1963) de Juan José Arreola y Hasta no verte Jesús mío (1969) de Elena Poniatowska. Escritas en diferentes momentos de la historia de México tienen puntos de contacto con las novelas de Azuela y Fuentes a la par que entablan un nuevo universo en dos sentidos: por un lado estilísticos y por el otro temático. El primer caso está en relación con el segundo pero analizarlo en sí mismo rebasa las intenciones de este ensayo, así que trataremos de desarrollar el segundo caso. La revolución mexicana será nuestro objeto de estudio, y en ese sentido las lecturas que estos autores han realizado sobre ella, será, en definitiva, nuestra materia prima.
Si bien la novela de Fuentes plantea un juego de tiempos y un manejo de las tres voces narrativas primordiales –yo, tú, él- para dar cuenta de dos escenarios, el primero de ellos: la revolución y la formación del ejército de Pancho Villa. Y el segundo, aquello que sucede cuando pasan los años, cuando la revolución ha triunfado y se ha posesionado en el gobierno un representante que ayuda a los que pelearon en la revolución. Artemio Cruz es el personaje que usa Fuentes para describir, como forma arquetípica, la trayectoria de los líderes y de los hombres que pelearon y recibieron favores por sus logros en la campaña bélica. De ese modo Fuentes realiza una crítica donde lo que se establece es el juego formal de la política y los riesgos que implica la insurrección, pero como esos mismos riesgos, se convierten en algo conservador cuando el sujeto de la revolución entra a la modernización del Estado; adquiriendo tierras y ganado, lo cual hace que su situación económica mejore porque se ajusta a los lineamientos de los revolucionarios que han logrado la victoria y se han hecho con el poder político en México. Es por ello que la novela de Fuentes es el paraguas mayor donde pueden anclarse las distintas otras narrativas, porque al ser una novela total, que narra la vida de Artemio Cruz, desde el momento que precede a su muerte hacia su pasado casi glorioso, nos permite ver y presenciar a las masas campesinas en pleno fulgor.
En cambio, cuando Azuela trabaja la revolución lo hace desde una visión idealizada y in situ, no quiero decir con ello que lo hace como si él hubiera sido parte de la revolución, sino que narra la revolución en tiempo real. Es como si estuviera sucediendo en un continuo presente. De ese modo, la revolución adquiere ya no una dimensión social, sino épica que es capaz de articular unas razones universalistas. Refiriéndose a la libertad, el uso de la tierra y el gobierno para terminar encarando el debate sobre la explotación del campesinado por manos oligárquicas.  
Los de abajo es la representación de la mirada de “ellos” –los insurrectos- en su transcurso hacia la revolución y hacia la transformación del orden existente. Es una apuesta por decir implícitamente que los de abajo estarán arriba porque el mundo cambia y al cambiar cambia su organización y disposición social. Los desplazamientos interiores de los personajes, no hacen sino fortalecer esto, sobre todo porque los principales actores de la novela ingresan a la revuelta para salvarse. Pero cuando se encuentran con las contingencias, y las problemáticas planteadas por la agenda revolucionaria, se incorporan a la lucha con una consciencia más determinada, lo que en otras palabras, podría llamarse, la construcción de la colectividad.  
Entonces, teniendo este marco de referencia, podemos empezar con las novelas que nos disponemos a analizar.
Pedro Páramo escrita por Juan Rulfo (16 de mayo de 1917-7 de enero de 1986) en 1955 es quizá una de las piezas literarias más importantes de la literatura latinoamericana y aunque no se reconozca formalmente, es junto con El Túnel (1948) de Ernesto Sabato la piedra de toque que conforma los antecedentes inmediatos y transformadores de lo que vendría a llamarse “el Boom de la literatura latinoamericana”  que la convención marcó como sus figuras más importantes a los escritores: Julio Cortázar de Argentina, Gabriel García Márquez de Colombia, José Donoso de Chile, Mario Vargas Llosa de Perú y Carlos Fuentes de México. Y aunque existieron otros nombres como Manuel Puig, Guillermo Cabrera Infante, Juan Carlos Onetti, la crítica y los lectores reconocen sólo como parte de la línea frontal y protagónica del Boom a los cuatro escritores nombrados en primera instancia. Todos ellos reconocieron en su momento no sólo la calidad de Pedro Páramo sino la manera en que Rulfo construyó ese universo casi interminable e inagotable que es Cómala.
La novela transcurre en un tiempo abierto que no se fecha y que aún así se acumula. Es un tiempo que continua, pero en el que suceden acciones. Esas acciones tienen que ver con la revolución mexicana y las formas en que se organiza.
Para ello Rulfo usa la figura emblemática de Pedro Páramo, protagonista de la narración y que agiliza la misma al situarse como el centro de todas las miradas y las voces que se despliegan en la narración y al convertirse él mismo en un actor circunstancial de la revolución. Una revolución que llega hasta las puertas de la hacienda que controla, no para arrebatársela, sino para establecer con él, una serie de alianzas y pactos que básicamente giran en dos sentidos, que Páramo dé dinero para sostener la revolución y luego, preste soldados a las filas revolucionarias. El dinero como regalo y los hombres de prestado, porque los necesita como peones para sus tierras, los revolucionarios aceptan el trato y se van de las tierras de Páramo sin hacerle daño ni a él ni a los que viven en esas tierras.
Establece entonces en la narración con un breve pasaje sobre la revolución las implicaciones que esta tiene sobre la estructura de dominación sobre la hacienda y su dinámica aglutinada en el patrón, es decir, en el hacendado, propietario de las tierras y luego de hacer eso, Rulfo describe una formación social, donde las clases sociales se muestran de manera jerárquica y sin necesidad de ser criticadas, hasta el momento en que la revolución llega a tocar las puertas de la hacienda a través de este grupo de campesinos-revolucionarios que piden apoyo al dueño de la hacienda.
Para este momento la novela que muestra el amor, la desesperación de un hombre (Juan Preciado) que busca a su padre, un padre de nombre Pedro Páramo, se convierte en una historia de destierro, muerte y promesas irrealizables. Una de ellas es la de resarcir el abandono con el que sentenció Pedro Páramo a Susana San Juan, la madre de Juan Preciado y el otro tiene que ver con los mismos problemas que se desatan a causa de la revolución.
La revolución aparece como un eco a lo lejos desde el cual sólo se despide el sonido de los cañonazos y el ruido de las pistolas y el galope del caballo, pero la novela termina cuando la revolución está en pleno desarrollo y los insurrectos se rebelan contra quienes financiaron la revolución para que no los tocaran. Este es el caso de Páramo y sus tierras, quien como se dijo financia la revolución para que se alejen de él y de sus tierras, pero la revolución ya en su forma radical, arremete con las tierras y la estructura feudal que se establece en ella.
Así, Cómala se convierte en el territorio despojado de la estructura de la hacienda feudal, y se presenta como una formación social del pasado. La revolución la borró del mapa. Es por ello que los personajes está todos muertos. Todo en la novela está muerto. Lo que se escucha y se lee es el eco de las voces que quedaron suspendidas en el tiempo a causa de la violencia con la que se desató la revolución.  
Y esa es una de las promesas de la revolución que para Rulfo a través de la novela se sienta como un precedente de no cumplimiento. La revolución trataba no sólo de romper una estructura de dominio sobre los campesinos, trataba de redistribuir la tierra y generar un gobierno que respondiera a las necesidades de los campesinos. Pero los campesinos una vez que arrasan con todo, se dan cuenta que estar en el gobierno no es lo suyo; entonces prosiguen la revolución, que es otra manera de decir que siguen con la desestructuración del orden pero sin poner en su lugar algo que rearticule la vida social de los territorios que despojaron de las manos de los terratenientes.  
Entonces la mirada que uno puede tener de la revolución mexicana a través de una novela como Pedro Páramo es bastante lúgubre y teñida de fracaso. Como si las esperanzas puestas en ella sólo hubieran engendrado desolación y esterilidad, porque Cómala mismo se ha convertido en un territorio estéril. Finalmente, se trabaja en la novela muy poco sobre un agente de cambio importante en la revolución: el caudillo. Si bien Pedro Páramo puede ser una figura que puede parecerse en algo al caudillo, no lo es, porque no se enfrenta a nadie, espera a que todo ocurra. Él se encuentra en una posición por demás interesante: está en el extramuro de la revolución, pero al mismo tiempo es el centro por donde ella tiene que pasar para consagrarse como victoriosa. Cómala se convierte en un lugar, indirectamente, donde tienen efecto una serie de guerra de posiciones que desembocarán en el triunfo de las tropas revolucionarias y en el exterminio de los terratenientes. Eso marca también una posición de clase. Una clase se hace del poder en lugar de otra y en ese sentido, si bien, hay una nueva relación de autoridad, no se establece la subida al poder de los de abajo, como dijimos antes, sino de aquellos que se aglutinaron en las viejas formas de organización política: El ejército y el partido político.
Rulfo establece una lectura pesimista de la revolución. Una revolución que según la lectura de Pedro Páramo parece no haber cumplido ni las expectativas que se tuvieron mientras se desarrollaba, ni los logros que proyectó cuando el vendaval hubo pasado. Cómala es el símbolo del fracaso. Es el desierto, vació, inhóspito, lleno de muertos que conviven en la memoria sin dejar su terruño. Es la invocación, constante, a que la revolución no solamente sembró muerte y sangre por donde pasó, sino que el vacío que dejó como herencia, no pudo ser llenado.   
La feria escrita por Juan José Arreola (21 de septiembre de 1918-3 de diciembre de 2001) en 1963 transcurre en la Zapotlán El Grande. Aquí ingresa un actor que es importante no sólo para la historia de la revolución mexicana, sino para el mismo México: la iglesia.
El significado de esta novela se mueve entre los mismos actores que puso Pedro Páramo en escena: los terratenientes, los peones, las mujeres de los peones, los feligreses y la iglesia como mediadora entre los terratenientes y patrones. La sociedad civil que va a confesarse está también dentro de la estructura de redistribución de la tierra y del poder porque la iglesia logró captar tierra a nombre de Dios cuando la revolución pasó sin dejar nada para los peones y trabajadores casi esclavizados que desarrollaron su vida dentro de las grandes haciendas tanto del sur como del norte de México.
Zapotlán fue el territorio que Arreola concibió para de forma fragmentada (la novela está dividida en 288 fragmentos que van desde media página a dos páginas de extensión), en los cuales las voces de los narradores se entrecruzan y van distorsionando el tiempo, ya que no presenta una linealidad temporal, porque el péndulo entre pasado y presente es recurrente, pero sobre todo, presenta la mirada diversa sobre un mismo acontecimiento: la fiesta que se debe realizar para los festejos de un año más de vida del lugar que se presente, a la par que Cómala, como un personaje más: Zapolán El Grande.
Y es acá cuando debemos hacer una inserción teórica, porque si bien el mal, el odio, la guerra, y la religión están presentes a lo largo de las dos novelas que hasta el momento hemos tratado y estará también en la tercera (Hasta no verte Jesús mío) todas éstas formas, personajes y construcciones tienen lugar bajo la noción de estereotipo.
Para Homi Bhabha en su libro El lugar de la cultura el estereotipo es “un modo de representación complejo, ambivalente, contradictorio, tan ansioso como afirmativo, y exige no sólo que extendamos nuestros objetivos críticos y políticos sino que cambiemos el objetivo mismo del análisis” (2002: 95), no se trata entonces de desatender las contradicciones, sino de afirmarlas, es decir, de tomarlas en cuenta. Pero Bhabha, lo que hace es posesionar al estereotipo en un conjunto de procedimientos que escapan por momentos a la lógica del texto escrito mismo; para de esa forma sea capaz de desplegarse hacia los pliegues de la realidad. Por ello dice que “su estrategia discusiva mayor, es una forma de conocimiento e identificación que vacila entre lo que siempre “está en su lugar” ya conocido, y algo que debe ser repetido ansiosamente” (: 91); la repetición, por tanto, marca la presencia/existencia del estereotipo convertido en la figura del mal. En la encarnación del mal. Así, el estereotipo marca el maniqueísmo sobre el cual se construyen los discursos sociales y políticos. Es en la literatura, en este caso en la novela, donde toman cuerpo y son reproducidas todas estas construcciones de sentido. Por otro lado, el estereotipo es algo fijo y por lo tanto instituido y colonizante en la mente de los sujetos porque al final, son ellos los que se encargan de reproducirlo y transmitirlo.

Y como sentencia Bhabha es:     
“Un aparato que gira sobre el reconocimiento y la renegación de las diferencias racial/ cultural/ históricas. Su función estratégica predominante es la creación de un espacio para los “pueblos sujetos” a través de la producción de conocimiento en términos de los cuales se ejercita la vigilancia y se incita a una forma compleja de placer displacer” (: 95).
Así se presta atención entonces al conocimiento y a la diferencia cultural, histórica y racial pero con el fin de limitar espacios. Los espacios se construyen luego de la evidencia empírica de la diferencia en los órdenes ya mencionados.
Si agregamos esta digresión es para entender lo que se cruza en la narrativa de estos autores y para poder entrar con otra mirada a la última de las novelas. Pero antes de poner fin a la reflexión sobre La fiesta, hay que anotar tres cosas: 1) que todo ocurre en un breve momento, los preparativos de la fiesta y el desarrollo de la fiesta, 2) que la iglesia y los terratenientes se convierten en los protagonistas, 3) que el tema de la tierra, su redistribución y la miseria se convierten en los ejes desde los cuales se explora y reflexiona sobre los límites y alcances de la revolución mexicana y de los subsiguientes planes de reforma agraria y de expansión territorial por parte del gobierno.
Es en ese momento en que se estructura la nación. La nación mexicana tiene ese fondo histórico, esa herencia que no ha sido resuelta ni por medio de la revolución, ni por medio de la fiesta, sino que es una vida cotidiana en la cual tienen lugar las diferentes maneras en que se presentan las trayectorias políticas y sociales de cada uno de los actores de la revolución, o mejor, de cada uno de los que se encuentra frente a la revolución. Porque ni Arreola ni Rulfo hablan de los que están directamente involucrados en la beligerancia, sino que los miran desde una lateralidad, desde el margen de su acción y quizá esto mismo es una estrategia narrativa debido a que enfrentarse directamente con la revolución o hubiera despertado suspicacias o habría generado no un texto narrativo de ficción, sino un documento altamente político, cercano al ensayo histórico más que a la novela.
Sin embargo, no se puede hablar plenamente de una narrativa estereotipada, sino que utiliza al estereotipo para generar ejemplos paradigmáticos de lo ocurrido en México en los años posteriores a la revolución. Y en ese sentido, más allá de ser un impedimento que puede tergiversar la información sobre la revolución, la convierte en algo cercano, cognoscible y aprehensible.
Este aparato narrativo revela y configura no solamente, como dijimos en el caso de Rulfo, un universo, que sí lo hace; si no que además de ello, crea una crítica hacia el complejo mundo rural de la hacienda y hacia las relaciones sexuales, las que establecen el parentesco, las económicas, los actos religiosos y políticos que se imbrican para darle sustento y arraigo a la nueva fisonomía de lo real que va surgiendo. Ese arraigo es básicamente una técnica de supervivencia que responde al nombre de identidad mexicana. Que es lo que se cuestiona en la narración cuando la fiesta debe ser auspiciada en nombre del pueblo y de su patrón: San José. Que es el patrono de la región y a quien los deudos ofrecen su fe ofrendando lo que tienen para dar y llevar a cabo la mejor fiesta  de la que se tenga memoria. En ese sentido, uno de los reclamos contra la revolución es esa aparente pérdida de fe que deja la disolución de la hacienda. Y aunque es de resaltar la ausencia de las Fuerzas Armadas en el proceso, lo que se debe notar es que no es que no existan, simplemente se están rearticulando lejos de la iglesia y lejos también del mundo de la política. Prefieren ver de lejos lo que ocurre porque la derrota que acarrean aún es muy grande como para que puedan ser protagonistas de una historia que los nombra solamente como parte del paisaje.
Hasta no verte Jesús mío fue escrita por Elena Poniatowska (19 de mayo de 1932) en 1969, y cuenta y recrea la vida de Jesusa Palanceras, mujer que en un arrebato místico, cree en la reencarnación, desafía los convencionalismos y olvida el rol de los hombres junto a las mujeres. Ella que nació en Oaxaca explica en detalles sombríos lo que dejó la guerra de la revolución mexicana, dejando a los pobres más pobres y a los poderosos más alejados de sus necesidades.
En ese nivel se teje otra independencia, la de la mujer con respecto del hombre y la independencia que genera poder creer en algo, pero al mismo tiempo eso está atado en su caso, porque al ser Jesusa parte de los campesinos analfabetos, crea una condición social que los margina y excluye de la vida social y política del Estado. Justamente ésta visión del Estado es la que se construye desde ese margen doble: el analfabetismo y la división de género. El hecho de ser mujer y luego, la condición de clase, que tiene que ver con ser indígena. Entonces esa triple exclusión relaciona la manera en que se evalúa la revolución mexicana con los protagonistas que la historia puso en letras de bronce. Para ella esos héroes no eran tales. Eran personas con sus mismas pasiones desatadas, personas que se envilecieron en el tiempo de la revolución y que al final, sólo buscaron satisfacer sus intereses más primarios, desencadenando la pulsión sexual a través de las violaciones y las ansias de venganza a partir de las masacre y la persecución de los terratenientes, hasta que pudiera su sed de venganza ser aplacada por la victoria en la trinchera de la revolución.
Entonces con esta novela logramos encontrar una figura femenina dentro del gran arco de la revolución, una revolución que solamente ha dejado muertos, ecos y espantos. Con Rulfo, Arreola y Poniatowska ya no encontramos una mítica revolución mexicana, más bien, visualizamos sus límites y sus horrores, las violaciones y vejaciones sobre lo sacro, encontramos clases sociales excluidas y estructuras de poder donde sólo cambian los nombres de los integrantes de la rosca feudal con la que se aprieta cada vez más a los campesinos. Se explora en la narrativa la distribución de la tierra que en los casos de Zapotlan, Oaxaca y Sonora, ha derivado en mayor miseria para los campesinos que no pudieron hacer nada con la tierra que les dieron porque o fue muy pequeña (minifundio) o persiste al servicio de un patrón que ha recibido los favores de la revolución por apoyarla aunque sea de forma circunstancial e instrumental.


El rojo estupor de los siglos
En este sentido la narrativa que se desata en las novelas de la revolución es una imagen bastante deslucida de la nación emergente. Una nación que a pesar del cambio social y de la transformación de las estructuras de dominación, se recompuso generando brechas y diferencias sociales entre los campesinos y los terratenientes, como representantes del poder gubernamental.
Esas cuestiones se complejizan cuando se añade el componente de género en la ecuación de la desigualdad. Se ahondan las diferencias, y se prosigue con la fuerza de dominio terrateniente (gamonal) en diferentes momentos. Un momento es la centralización del poder y el otro, es la particularización de ese poder, es decir, que más o menos se puede hablar de que el poder se dispersa y deja de estar centralizado, hay muchos centros de poder y cada comunidad responde a un líder determinado y es usado también bajo reglas diferenciadas, donde los derechos y las libertades o están restringidas o en definitiva, no existen. Aunque esto que sucede es parte del proceso de construcción de hegemonía donde el poder no se dispersa, sino que se va negociando, en cada una de las regiones pero no deja de ser el mismo poder nacional, centralizado y vertical que se sustenta en los terratenientes y en las glorias simbólicas de la revolución, en sus vertientes míticas –héroes, luchas, muertos-, como en su laguna mística –dioses, deidades que acompañaron a los guerrilleros en sus travesías- y que no son simplemente coyunturales.
Es por ello que también desde lo popular y desde la literatura se pueden encontrar otras formas de entender la historia de una gesta revolucionaria. Es donde se hacen presentes los criterios contrahegemonicos, que es otra manera de decir que la historia oficial oculta o insibiliza lo que la literatura se ha encargado de revelar. Y que al mismo tiempo puede convertirse en una historia hegemónica dentro del espectro que instaura la literatura: las consecuencias de la revolución mexicana sólo han servidos para fomentar la lucha de facciones entre las regiones, segregar a la población campesina y segmentar los estratos sociales sobre la base de la cultura popular como algo negativo para la formación de lo nacional, y sin embargo, es su forma constitutiva, lo que implica que sin la cultura popular, la nación mexicana no existiría, pero su relación con el poder es, por decirlo de forma más responsable, conflictiva: una difícil convivencia. Marcada por el signo de la violencia y el culto al líder y sus redes simbólicas de afectividad.
Se tienen, entonces, dos miradas, una desde la historia donde se proponen héroes y mártires y transformaciones y planes de desarrollo integral para la nación y otra desde la literatura donde se propone una visión más sombría y desencantada de la revolución, donde la crítica no es sólo una acusación sino la exposición de factores que no han cambiado; la visión pesimista es la que impera en los narradores mexicanos, a pesar de que la revolución mexicana es el alfa y omega al cual retorna permanentemente el discurso político y cultural mexicano tanto para avalarse ante las naciones circundantes como hacia el interior para construir su imaginario de nación homogénea. Es por ello que una lectura que recupere la voz de la revolución mexicana tiene que tomar en cuenta también la narrativa. Esa finalidad es la que se espera haber contribuido a construir por medio de este ensayo. Poner ciertas ideas en debate al mismo tiempo que no se convierte en un ensayo conclusivo en sí mismo, sino que su pretensión es más bien, la contraria: abrir y generar preguntas antes que resolverlas. En vez de rutas clausuradas, son sólo pistas de indagación futura.
 Para hacer un contrapunto final, podríamos decir que una lectura sobre el terreno mexicano, nos podría decir que los límites de la reforma agraria y lo señalado en las novelas trabajas en este texto, explican el surgimiento en Chiapas, de los Caracoles y del Ejército Zapatista de Liberación Nación. Lo que en sí demuestra en principio el carácter de la hacienda y del latifundio en México, sobre todo en Chiapas, que por lo demás fue construido como otro centro político dado que fueron los de Chiapas, el principio de su historia, los que pidieron la anexión al Estado mejicano para no pertenecer a Guatemala. Así que el sentido sobre la autonomía y el uso de la tierra, tiene este componente de negociación.
Es decir, que Chiapas, reformula la hegemonía y los procesos de hegemonía del Estado mexicano desde su anexión y desde su movimiento hacia  la independencia como un tema de negociación con el Estado mexicano. Con lo cual la hegemonía deja de ser un proceso estático y consolidado, sino que la hegemonía es dinámica y está en permanente construcción. Hay un proceso permanente de hegemonía que implica una nueva relación política entre Estado y regiones, pero también genera un espacio de deliberación donde la subjetividad política se establece como un episodio de transformación de la historia nacional, readecuando los marcos referenciales totales convirtiendo de ese modo al Estado también en un ente en construcción y crítica permanente.
Así, se establecen asimétricamente, interlocutores válidos y se genera el reconocimiento de historias locales en contraste con las historias generales de lo estatal. Indirectamente pensar la dimensión de la hegemonía en construcción, como lo muestra el caso mexicano a través de las políticas agrarias, nos abre la posibilidad de establecer la historiografía nacional, como crítica y formal. Lo que implica también pensar el proyecto político estatal de la nación.  
Entrar desde abajo y desde dentro, a través de las novelas de la revolución nos permite integrar esas dimensiones de lo estatal. La dimensión formal. Las reglas de juego y la historia oficial y las relaciones informales con los procesos dinámicos de contra hegemonía, que instalan una historia local y crítica con respecto de la nación. Esto es, el proceso hegemónico, no sólo un proceso de correlación de fuerzas, sino un proceso de construcción de subjetividades distintas y organizadas desde abajo para contrarrestar la dominación estatal y cuestionadora de los proyectos modernizadores del Estado. Chiapas, en este sentido, es el caso de ejemplo y contraste en la historia local, porque manifiesta su rechazo al sistema de poder mexicano, generando procesos acelerados de autogestión. Que es la traducción de uso de los recursos naturales del proceso hegemónico.

 

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