Cuento
 Fecha:10/12/2014

Más de Soliman el Moro
Continuando la Saga
Por Juan José Anaya Giorgis

 
Cuestiones mundanas turban mis pensamientos de sosiego, cuando en noches claras, contemplo las estrellas iluminar titilando la infinitud del espacio añil ceniciento que se extiende indiferente poblando de misterios.
Durante aquellas experiencias cada vez me resulta más difícil creer que alguna vez existieron personajes como Jesucristo, Gualberto Villarroel, Gandhi, o Soliman, el moro. Y por qué no, también el Che Guevara, quien murió tan sólo a la vuelta de la esquina de nuestra historia contemporánea. Al fin y al cabo, el Che asignaba los cargos políticos de mayor jerarquía en el marco de ciertos parámetros prácticos e ideológicos que él mismo acataba.
Cuesta creer que existieron realmente, y no me refiero necesariamente a su existencia física como personas, sino a los hechos morales que les atribuimos para explicar profundos cambios en nuestros hábitos cotidianos y formas de comprender al mundo. Recordaré a Solimán, cuya vida tuvo lugar en los tiempos remotos de las mil y una noches.
Cuando a Soleimán el moro los mercaderes le preguntaron por qué cultivaba rosales blancos en las huertas que Alá bendecía durante el año entero con agua fresca de cien vertientes, y cuya pertenencia le había sido obsequiada por el mismo Hurom Al Rabin, (gran Emir del mundo civilizado), reconociendo sus contribuciones al orden y alegría del reino como cadí de la ciudad; en vez de frutas y especies exquisitas tan apreciadas en el extranjero... ¿No era él acaso un sabio? El viejo moro dijo -prefiero cuidar una rosa por cada espíritu que segué durante mis incursiones juveniles en guerras de conquista, a todos los dinares que pueda obtener con los negocios que proponen.
Después Suspiró con amargura, casi inaudible, y frente a la mirada expectante de los mercaderes añadió: -si la razón del hombre ha sido capaz de sublimar la guerra en el juego del ajedrez, no comprendo como la guerra prosigue- Esto lo enfatizó elevando las manos al cielo, luego quiso proferir salmodias de paz pero su voz se quebró entre sollozos mudos y estrelló los puños al suelo. No demoró mucho en recobrar su acostumbrada serenidad y cuando se incorporó en sus vestiduras, de los mercaderes no quedaba uno.
Según los mercaderes desperdiciar esas tierras bendecidas sembrado rosas era una grosería a sabida cuenta de la riqueza que podrían dar. Habían tratado de convencerlo para que las venda ofreciendo precios inmejorables pero el viejo se negaba, sin duda había caído en la más obstinada de todas las locuras.
Luego un sólo rumor recorría el zoco por sus cuatro esquinas: eliminar al loco que tanto daño inflingía contra la economía del reino, sin contar otros, como su preocupación por la educación de los mandaderos, mozalbetes y ayudantes de maestranzas. Anticipándose pues a la proximidad de la hora de rendir cuentas de sus actos al creador por mano de los mercaderes, Soliman reflexionó sobre la utilidad de sus rosas para la alegría del reino, y concluyendo que sirviendo sólo para su propia serenidad espiritual, estas servían muy poco. Experimentó entonces una epifanía: el usufructo de sus tierras daría sustento a un micro país utópico; cultivando la tierra, él y cuanto paria pudiese acoger, cosecharían concordia y belleza. No tuvo éxito. Murió trágicamente, pero su historia, según dicen, llegó a oídos de un español infiel cautivo en tierra santa: Miguel de Cervantes
 
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