Literatura
 Fecha:03/08/2015

Las Graves Secuelas que nos Legan
Los Falsos Amigos
Por Mauricio Navia

Mauricio Navia
-Mauricio Navia
Mauricio Navia
No hablo aquí de traiciones, decepciones o de la crisis estructural que sufre la amistad (como tantas otras cosas) en el mundo tardo-moderno. El tema tiene que ver con los usos del lenguaje y los problemas de la traducción. Un “falso amigo” es una palabra o expresión en un idioma dado que se parece, o tiene la misma raíz, que otra palabra o expresión en otro idioma, pero con un significado diferente (en ocasiones, enteramente diferente y hasta opuesto). El concepto fue acuñado en un libro francés de principios de siglo XX, que estudiaba falsos amigos (faux amis/false friends) provenientes del inglés en lengua francesa. Tradicionalmente el francés se ha considerado como la lengua de la diplomacia, pero en aquel entonces el inglés estaba comenzando -de la mano de un Imperio Británico en declive pero todavía vigoroso y de una potencia americana emergente- a ganar esa posición de lingua franca que ha alcanzado en el mundo globalizado de hoy. La lucha contra los anglicismos -además de los galicismos en el mundo hispano- y otros “barbarismos” adquiría particular relieve en ese momento de globalización que precedió a la Gran Guerra.
 
Un barbarismo (como se decía en tiempos pre-políticamente correctos) sería importar una palabra de otro idioma de dos maneras: una directa, sin traducción, y otra, adecuándola a una palabra preexistente en el idioma de llegada, o inventando expresamente un término que traduzca el sentido de la palabra en el idioma original. Los ejemplos son numerosos: fútbol/football; softúer/software; avalancha/avalanche; bulinear/bullying-to bully. En algunos casos la palabra se adopta sin cambios, tal cual está en el idioma original, o en forma adaptada. En nuestra lengua, la adopción se la hace modificándola de manera tal que se mantenga la ortografía castellana. Así, fútbol o güisqui son palabras castellanizadas y ya no se toman como barbarismos o extranjerismos. 
 
Con los “falsos amigos” la cosa se complica. Desde cierto punto de vista, es peor, porque los falsos amigos opacan el discernimiento entre significados, ocasionalmente muy, diferentes. Por razones obvias, en nuestra lengua proliferan los falsos amigos provenientes del inglés. Un ejemplo simple y de poca monta es el par: exit/éxito, ambos provenientes del latín. Exit en inglés significa salida; en cambio, éxito, en castellano, tiene ver que con alcanzar un logro. La palabra adecuada en inglés, para expresar esto, sería success. Esto sugiere otro par relacionado de falsos amigos success/suceso. Success quiere decir éxito, como hemos mencionado. Suceso se refiere a un hecho, un acontecimiento. En inglés, la palabra correspondiente sería event (también incident, affair). Al aprender un nuevo idioma es importante tener esto en cuenta para no caer en traducciones apresuradas, basándose en una engañosa semejanza, con el resultado de que uno puede construir frases erradas en el idioma que quiere aprender. Quizás, peor aún es el hecho de que uno termine empleando significaciones equívocas en el propio idioma. En el español, esto es cada vez más frecuente, y no necesariamente en el contexto del aprendizaje de una segunda lengua, sino de manera rutinaria, por mero descuido o dejadez. Esto está transformando (o trastornando) nuestro idioma, y no de la manera más saludable. 
 
Antes de proseguir, conviene dar un listado de falsos amigos frecuentes entre el inglés y el español. En la primera columna está el término en el idioma inglés; en la segunda columna, el “falso amigo” en español; en la tercera columna, el significado correcto del término original; y en la cuarta columna, qué término o términos expresarían mejor el significado del falso amigo en el primer idioma, es decir en el inglés:
 
El fenómeno no es totalmente nuevo, pero en los últimos años, por influencia de los medios audiovisuales -TV cable, internet y cine-, la cantidad de falsos amigos que se escuchan cotidianamente se ha disparado. Bizarría significa(ba) normalmente algo entre valentía, gallardía y nobleza. Por tanto bizarro es sinónimo de gallardo, valiente, en alguna ocasión arrogante. Mas se está imponiendo, en el uso cotidiano, la acepción inglesa (y francesa) de bizarre: extraño, excéntrico, inclasificable. Patético (de pathos, aflicción) alude a lo que es penoso pero conmovedor, desgarrador, que mueve a la piedad, que sacude las entrañas. En el inglés antiguo pathetic tenía un significado similar, pero por esa ironía lúdica habitual en los ingleses ya a fines del siglo XIX, fue adquiriendo esa connotación actual de desdeñable, vergonzoso, ruin, ridículo, impresentable. Esto en si mismo es un fenómeno notable. El patetismo es un estado emocional habitual en la estética del movimiento romántico (solo hay que pensar en la famosa Sonata Patética de Beethoven). Es posible que la acepción original fuera desvirtuada a causa de una antipatía hacia el romanticismo en el mundo anglosajón, de un impulso de burlarse de lo que es penoso y/o conmovedor. Lúdico, sí, pero hay en esto algo de crueldad y falta de compasión y empatía humanas. Patéticos eran los presos, piltrafas humanas, en los campos de concentración (los Lager del nazismo) liberados al finalizar la Segunda Guerra Mundial, pero no ridículos o despreciables. Claro, hoy en día, en español y, cómo no, en inglés, se emplea el adjetivo más para referirse a un mal imitador de canciones o para cualquier otra banalidad de esas, de la cultura de masas. 
 
Esas tergiversaciones o inversiones de significado no son insólitas; sin duda, constituyen parte del jugar con el lenguaje. A veces decimos que algo es horroroso o espantoso cuando realmente no lo es, pues se habla de algo meramente desagradable o inadecuado. En este caso, estamos exagerando, recurriendo a hipérboles. Pero al mismo tiempo, el significado habitual u original no se pierde por completo. El juego tiene sentido si se preserva la diversidad de significados. No suele ocurrir así con el mal uso de los falsos amigos. Ese mal uso suele responder a un conocimiento deficiente de uno o ambos idiomas y tiene como resultado un empobrecimiento semántico y, me animo a decir, cultural. 
 
Recientemente he visto, de modo repetido, como cosa normal, el uso errado de la palabra “secuela” en las carteleras de cine. Una sequel es la segunda, tercera, etc., parte de una serie, de películas, de un programa televisivo o de una novela por entregas –Kung-Fu Panda 2, Rambo II y III, son sequels de, respectivamente Kung-Fu Panda y Rambo. Una secuela es la consecuencia de una acción o el daño que queda tras una enfermedad seria (a veces, otra enfermedad o condición crónica). Y ahora, las películas comercialmente exitosas nos están enterrando con sus “secuelas” y la complicidad de muy malos traductores. Esas son verdaderamente las secuelas de la industria cultural globalizada, de los sitcoms traducidos a la rápida por profesionales diestros en su oficio pero seguramente desdeñosos o desconocedores de la propia lengua. La cultura de la frivolidad. Podrá decirse que pecamos de puristas, que la lengua es dinámica y siempre cambiante, etc. Sin embargo, esto no es lo importante. El problema con los falsos amigos es que, empleados en exceso, devienen en una verdadera agresión contra el idioma. El significado del término extranjero se impone y desplaza por completo (relega al olvido) el significado en la lengua propia. Esto implica un empobrecimiento lingüístico; menos bárbaro es usar directamente los “barbarismos”. Sería mil veces preferible adoptar el extranjerismo, la palabra en su lengua original sin traducir, que matar acepciones y matices propios de la lengua castellana. No hay duda que los idiomas evolucionan, cambian y se enriquecen al contacto con otros. Lo malo es que a menudo este contacto no es horizontal. Los “falsos amigos” provenientes del inglés nos invaden, y es un proceso casi unidireccional. Son pocos los falsos amigos del español que se han impuesto en el inglés. El inglés tiene la –ambigua- virtud de absorber los términos extranjeros sin cambiarles la ortografía ni pretender anglificarlos; simplemente los incorpora. El inglés se lleva muy bien con los neologismos y la gente está continuamente inventando, según la necesidad, nuevas palabras. Hay una pluralidad de asociaciones que “estandarizan” la lengua –generalmente basados en disciplinas de conocimiento- pero no hay un organismo centralizado, rector, una autoridad última del idioma. Eso hace del inglés un idioma a la vez caótico y robusto. Su barroco pluralismo es una fortaleza en sí. El idioma español, por su parte, es más cauteloso con los cambios. Y esta es una virtud que tampoco debe desdeñarse. 
 
No soy muy amigo de la idea de una autoridad única (digamos la RAE), pero sí me gusta la idea de una comunidad lingüística y de que los cambios sean graduales y consensuados. El español tiene otras fortalezas. Sin embargo, bajo la arremetida del imperialismo lingüístico anglo (del cual somos más culpables los receptores que los emisores), el idioma se empobrece, la gente lo habla peor, de una manera más aplanada. Importar de modo irreflexivo las acepciones de otro idioma no es algo tan innocuo como puede parecer. No son sólo matices lingüísticos, de escasa importancia; a veces se trata de una internalización de rasgos, no siempre los más deseables, de otra cultura, lo que tiene de frívolo, superficial o inmisericorde. No son exquisiteces de eruditos. Lo que atañe a la lengua tiene mucho que ver con lo político y lo espiritual. Nuestro descuido deja que nos avasalle, casi en total inconsciencia, la globalización. Acaso sea una batalla perdida y “eventualmente” vayan a triunfar los falsos amigos. En algunos casos es hasta práctico adoptarlos, aunque sea con reticencias. Pero un idioma tiene fronteras; estas no tienen por qué ser rígidas, al contrario han de ser flexibles y porosas, adecuadas al crecimiento y la transformación, pero no hay razón para dejarlas completamente descuidadas. No me parece un asunto trivial. En ello nos va la defensa –es uno de los frentes- del pluralismo y la diversidad cultural.
 
 
 
 
 
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