Literatura Boliviana
 Fecha:11/08/2015

Sobre La Indiferencia de los Patos
Toques de gong a orillas del Titicaca
Por Benjamín Chávez

Benjamín Chávez
-Benjamín Chávez
Benjamín Chávez
Parece que en la nueva narrativa boliviana estamos asistiendo a la indefinición del género, celebración que sucede con una fluidez socegada por la intención y el deseo. Ante la pregunta ¿Qué significa para ti  pasar de la escritura poética a la novela? ¿Cuáles son los quiebres y placeres? El poeta se detiene y contesta: “La indiferencia de los patos es una historia imaginada y soñada por completo a partir de una visión inicial y única. La versión escrita de un hecho probable, o la exploración de las posibilidades expresivas de un personaje visto, aunque quizás sería más atinado decir entrevisto, ya que esa visión trajinaba por la frontera difusa entre el sueño y la vigilia. ¿Fueron los géneros literarios un molde que ahora necesitamos rebasar? Pasar de uno a otro (poema a novela en este caso) ¿es también un modo de explorarlos para asediarlos? Estas y otras preguntas están presentes en el proceso de la escritura. Una lúdica manera de decirlo sería: “Acerca de cómo un poeta escribe una novela, es todo un cuento.”
Con esta  señal  trazo o marca Palabras Más ofrece un adelanto de la nueva obra de Benjamín Chávez:
 
II
Ya en la frontera, a salvo del trepidante transporte y en medio del bullicio de los vendedores de todo y nada, comí el último plato tipicalmente peruano: papas a la huancaína; y al rato vomité la salsa de maní multiplicada por mil en las aguas del lago sagrado, en la arena de la playa, en las rocas de las calles, en los escasos pastos y, por supuesto en mi propio pantalón. Como dije, nada de lo empacado sirvió de nada y mis ojeras, mis labios resecos, mi lengua picada por las rusas abejas del vodka y toda la legión de demonios que danzaba en mi interior blandiendo palillos para comer sushi y no maní, me dejaron al borde del camino en estado agónico a vista y paciencia de una caravana de burros cargados de grandes bultos que iban y venían de un país a otro ignorando la línea divisoria entre dos estados civilizados.
 
No sé ni cómo llegué a la oficina de migración. Me puse a la fila y saqué mi pasaporte de la cartera. Los oficiales de la frontera, por culpa de la curda, dudaron por un instante permitirme ingresar, pero luego relacionaron el trozo de queso semi derretido de mi maleta con las fotografías de lujosos cuchillos, tenedores dorados y copas opalinas de los Romanoff y asumieron que yo era una probadora de vino, catadora de cava o como se llame, o una chef de calificación internacional que emprendía la arriesgada aventura del ají sobre el limpio mantel de hielo frappé del altiplano, y que mi tambaleo terminaría por disiparse más temprano que tarde en este país sólido como una roca donde no llegan noticias de alta mar.
 
Atiné a sonreír entrecerrando los ojos y a balbucear unas palabras entre las que la única que se entendía (o yo entendía) era gracias; mientras mi cabeza ya estaba en otro lado, pues había cruzado toda frontera, lejos hacia lo imposible y, como Lin Yutang ¿O era Lobsang Rampa?, ese famoso camaleón humano de las épocas de mis abuelos, hacía viajes astrales hacia una cama, un poco de sombra, una habitación con mucha quietud y silencio, el sitio en suma, donde el mundo volvería a ser mundo tras unas horas de sueño profundo. Nada de garajes de hoteles, pelotas de colores en catedrales o personajes de Dostoievski vestidos para un concurso de comedores de salchichas, queriendo acostarse con andróginas descendientes de geishas en los confines de la tierra.
 
Tras salir de la oficina con permiso para permanecer noventa días en Bolivia, varios muchachitos se asomaron ofreciéndome su ayuda. Me decían que por la altura de estas tierras yo tendría que estar sin fuerzas para cargar mi propio equipaje, y ante cualquier refutación que yo intentaba, sencillamente se apretujaban hacia mí hasta casi hacerme perder el poco equilibrio que conservaba y los gritos de sus vocecitas me pedían dinero, olvidada ya su inicial filantropía infantil.
 
Como efectivamente no tenía fuerzas para nada, aunque por motivos harto diferentes, se sabe, acepté la primera oferta de hospedaje que me hicieron a pocos pasos de la frontera. Una colorida tarjeta que alguien me entregó, prometía descanso “reparador”, baño privado, tv cable, agua caliente y amplia variedad de comida, todo a “los precios más económicos”, en su diminuto tamaño de tarjeta personal, donde además podía verse la fotografía de un plato de sopa, otro de carne asada, una botella de cerveza (¡puaj!) y dos rollizas chicas en traje de baño, sobre un fondo de atardecer caribeño.
 
Me encaminé hacia ese barato paraíso que para mí haría las veces de hospital o de boxes de una escudería para pilotos sin automóvil, tras abandonar la que, hasta el día de hoy me había cobijado y hecho de mí lo que soy. La muy escandalosa escudería de karaokenikonsake. Esa que al parecer no conocía mejor lubricante para la maquinaria interna que el aguardiente de centeno de los zares, mucho mejor si era ofrecido por las níveas manos de piel de arroz de una joven y perdida hija del imperio del sol naciente que, por lo mismo, supongo, era incapaz de concebir una ingesta de alcohol que no finalizase con el sol ya en su cenit, cuando para ella todo el cielo sea una bandera que la devuelva a sus orígenes aún estando tan lejos de su insular condición. Ignoro si el Cusco posee bandera alguna, pero, de hacerlo, bien podría ostentar un sol en su centro, puesto que los Incas… No, ¡Alto! ¡Basta de pensar en el Cusco! ¡Basta de Incas y de Inca Colas!
 
Un trecho más allá pude ver lo extraña que se veía mi maleta con unos alambres entrelazados que le salían por un costado, y aunque pronto supe que se trataba de un pedazo del miriñaque, no tenía la más mínima idea de cómo había llegado hasta allí esa cosa. Imposible saberlo. ¿Era Sei Shonagon una actriz? ¿Algún ruso en vacaciones del teatro del Quintoinfiernostok creyó que me sería útil un poco de extravagancia? ¿O lo compré en la tienda de suvenires del hotel, cuando ya estaba anegada en tragos creyendo que era qué sé yo qué cosa? ¡Ay! maldita cabeza. Imposible culpar al alcohol. La ingratitud no intima conmigo. Serían los golpes contra la ventana los que me dejaron así. Pero quédate tranquila querida, ya mañana será el día de los recuentos, las explicaciones, los recuerdos rescatados del escabeche etílico por el anzuelo de la sobriedad, los planes desplegados al sol y todo lo que sea necesario. Por ahora más vale no pensar en nada. Y así, caminando despacio recorrí la calle. El vómito de mis pantalones ya se había secado y estaba por fin en este país, y aunque de su línea de inicio no me separaban más que unos pocos metros, era el país al que yo quería llegar y no estaba dispuesta a dejarlo fácilmente. Al menos no hasta que note cambios, ¡verdaderos cambios en mí misma! Ja ja. No pude contener una risita irónica.
 
Llegué al hotel. No tengo idea de la hora. No sé dónde está mi reloj, alcancé a pensar antes de divisar el de la recepción. Eran las seis de la tarde, aunque yo me sentía como en medio de una larga y oscura noche en vela. Me pregunté si no habría noches árticas en este otro reino del frío, y ya empezaba a imaginarme la forma y frecuencia de las auroras boreales-andinas, los hábitos de los osos polares en estas latitudes, y de seguro mis divagaciones hubieran seguido creciendo hasta desbordar todo límite de cordura, si en eso no me pedían los datos para registrarme en el libro de huéspedes. 
 
A esta altura del viaje la única luz visible al final de mi túnel era una cama. Una limpia, suave e infinita cama.
 
 
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