Literatura
 Fecha:04/04/2016

La jovial inteligencia de Umberto Eco
Los deleites de la razón
Por Mauricio Navia Lora

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No es novedad, el viernes 19 de febrero se nos ha ido Umberto Eco, semiólogo, filólogo, filósofo, polímata, especialista en una decena de cosas, un intelectual tan lúcido como lúdico. Acaso el último representante del humanismo clásico e ilustrado. Serio y divertido. Sumamente prolífico. Sibarita del pensamiento. Su obra, inicialmente, fue la de un pensador y un ensayista, pero ya en su madurez, hasta su muerte, tomó el camino de la ficción. Para muchos, su primer contacto con dicha obra fueron sus novelas y, sin embargo, novelista no es lo primero que se nos viene a la mente cuando evocamos la figura risueña y bonachona de Umberto Eco. Su prosa chispeante y ágil cautivó —me incluyo— a millones de lectores en el mundo. Sus ensayos suelen contener una suave ironía, humor inteligente, ocurrencias ingeniosas y, en muchas ocasiones,  ideas u observaciones verdaderamente originales —y sus novelas tienen mucho de espíritu ensayístico.
 
A veces llega a un excesivo hedonismo intelectual —donjuanismo cerebral— y en este aspecto, más que en el estilo, Eco, como él mismo lo reconocía, es un heredero de Jorge Luis Borges. Como novelas, detectivescas sólo en la superficie, El Nombre de la Rosa y El Péndulo de Foucault, son imprescindibles. Adso de Melk y William de Baskerville, Casaubón y Jacopo Belbo fungen como una especie de alter ego desdoblado, dialogante, del propio Umberto Eco. Todo parece indicar que este autor llegó a ser un novelista, y uno muy leído, casi sin haberlo buscado inicialmente. Décadas de teorizar sobre arte y literatura, y al final terminó escribiendo una novela, y otra, y otra, y otra…  
 
Los que tuvieron la suerte de conocer directamente al hombre coinciden en tres virtudes: afabilidad, modestia y una asombrosa erudición. Lo cual lo coloca en las antípodas de ciertos profesores —desafortunadamente, todos nos hemos topado con alguno— que hacen de su saber un pedestal sobre el cual montar su arrogancia, su bravuconería, su manía por descalificar a los demás. Desdeñosas mediocridades, en la mayor parte de los casos. Acaso no sea una regla universal, pero muchos grandes pensadores y maestros fueron personajes genuinamente humildes, lo que no les quitaba, cuando la ocasión lo ameritase, el poder hablar con pasión, convicción y energía. 
 
Pese a sus recónditos intereses, los estudios medievales, la hermenéutica, la semiótica, las teorías de la comunicación, Umberto Eco trató de alcanzar a un público mucho más amplio que el de su mera especialidad. Evidentemente lo logró. En alguna ocasión, Eco explicó que sus artículos en la prensa y la docencia eran fuentes importantes de sus mejores especulaciones e ideas, que a menudo surgían del diálogo jovial que él tenía con sus estudiantes. La necesidad de comunicar claramente las ideas, a veces, puede ayudar en la profundización de ellas o incluso en el surgimiento de otras nuevas. En este sentido, Eco nos evoca un poco al filósofo español José Ortega y Gasset, quien decía que “la claridad es la cortesía del filósofo”. Un pensador original puede llegar a ser muy abstruso, pero un profesor universitario normalmente no puede permitirse la excesiva oscuridad. Ortega decía que la intelectualidad occidental había “cometido el tremendo error de crear una cultura para intelectuales y no para los demás hombres.” Y no lo decía por populismo, que suele ser lo contrario de lo genuinamente democrático, sino porque veía en ese divorcio la simiente de nuevas barbaries. De la misma manera, Umberto Eco fue un gran divulgador pero nunca transigió con la vulgaridad o con la estupidez. 
 
•"El drama de internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad".
 
Ortega conoció los albores de la sociedad de masas y la industria cultural. Comprendió  tempranamente los peligros que ese nuevo mundo, caótico, informe e incoherente, encerraba; lo vislumbró, se horrorizó pero también trató de comprenderlo. Umberto Eco, en cambio, nació, creció y escribió cuando la cultura masiva estaba ya en pleno apogeo. De hecho, buena parte de su obra es un intento de diálogo entre el humanismo clásico, que es su hogar original, y la portentosa e insoslayable realidad de un mundo moderno complejo, acelerado, con diversos medios de comunicación, nuevas tecnologías y un devenir cultural cuando menos cuestionable. Eco no siente el horror que siente Ortega y Gasset o la gente de la Escuela de Frankfurt, no tiene el pesimismo desolado de T. W. Adorno, pero tampoco es un acrítico irresponsable. 
 
En su libro, Apocalípticos e Integrados, Eco procura abordar el tema de la cultura masiva (Mass Cult) de manera ecuánime. Es un maestro de la moderación, del justo medio —a veces de modo excesivo. A menudo emplea su humor sutil contra las posiciones extremas que carecen de sustento lógico sólido. Denomina “integrados” a los apologistas de los nuevos medios, los que ven en ellos sólo maravillosas posibilidades para el bienestar y el desarrollo del ser humano. De estos no estamos escasos, ni en la academia ni en el público consumidor. Ellos, los “integrados” son en diversas ocasiones blancos de su ironía ingeniosa. En varios ensayos Eco ha tomado al teórico de medios, Marshall McLuhan (equivocadamente en mi opinión), como un “integrado”, como si fuera un defensor ilógico y obcecado de la revolución en tecnología electrónica y comunicaciones. 
 
Pero no guarda su crítica y humor para un solo polo de la controversia. Obviamente, el tenor de la Escuela de Frankfurt, como también es el caso de diversos movimientos artísticos de vanguardia (la Internacional Situacionista, por ejemplo) es “apocalíptico”: la industrial cultural de masas es un pernicioso instrumento de dominación y a la vez la forma más degradada de cultura. “Apocalíptico” sería el elitista crítico norteamericano (además de seguidor de Trotsky), Dwight MacDonald. En su obra “Against the American Grain” (A contrahílo de lo estadounidense), MacDonald planteó su ahora clásica distinción entre Bajo, Medio y Alto (Mass Cult, Midcult y High Cult), condenando sobre todo lo Medio. MacDonald hace, por supuesto, una sana distinción entre cultura masiva (Mass Cult) y cultura popular, a favor de lo último. Pero el mayor blanco de su ira es el Midcult que, para MacDonald, sería aun peor que el Mass Cult, por su inautenticidad; por ser, en el fondo, de masas, mientras pretende ser de la alta cultura o de vanguardia; por querer encajarnos gato por liebre. 
 
La proliferación del Midcult sería uno de los rasgos más fatales de la advenediza cultura estadounidense, un virus (un meme diríamos hoy en día) destinado a deformar toda la cultura occidental moderna. Dwight MacDonald no deja títere con cabeza: Hemingway, Steinbeck, Pearl Buck, el director de orquesta Leopold Stokowski, todos ellos serían representantes de esa abominable cultura media, de la cual el kitsch, por ejemplo, es apenas una de sus manifestaciones.
 
Apocalípticos e Integrados retoma la tipología de Dwight MacDonald, pero con un sentido más crítico y ahondando a detalle en lo que entrañan esas distinciones. Horror de horrores: Eco nos hace ver que las distinciones son mucho más borrosas y complicadas de lo que desearían un MacDonald o un Adorno. No ha de faltar algún malicioso –de mérito mucho menor- que acuse a Umberto Eco de ser, precisamente, otro representante del midcultismo, por su afán de ecuanimidad y moderación. Pero eso ya corresponde a un elitismo tan exagerado como autodestructivo. Me sorprendió enormemente saber (gracias a un ensayo del propio Eco) que hasta en la década del ochenta había todavía gente culta, guardianes de la cultura en verdad, que miraba con sospecha el leer en ediciones baratas (paperbacks) o, incluso, el oír música clásica en grabaciones en vinilo (en vez de hacerlo en vivo en una sala de conciertos). Seguramente se trata del mismo tipo de personas que antaño miraría con desdén la película de dibujos animados, Fantasía, orquestada por Leopold Stokowski; gente culturalmente sofisticada, pero candorosa en el fondo, que no podría ni imaginarse lo que es el mundo de la cumbia y el reguetón. ¡Qué tiempos aquellos! 
 
En medio de tantas exquisiteces hay que decir esto: no se pueden hacer distinciones a priori, sin tener en cuenta al público receptor. Eco es quizá, en este sentido, un pionero de los estudios de la recepción, en estética y estudios de la comunicación. Son esbozos de una sociología del arte; los productos “del arte y la cultura” ya no permanecen en el dominio exclusivo de lo estético y normativo. Se reclaman nuevas miradas, más allá de la filosófica, a los fenómenos estéticos. Hablar de arte es entrar en un terreno difícil, en el que las distinciones entre lo descriptivo y lo normativo, entre hecho y valor, ya no son tan nítidas. En general, esto es un problema de cualquiera de las ciencias humanas. Su propio estatuto científico es ya de entrada problemático. Eco reivindica la semiótica específica como una ciencia (humana, no natural), pero al mismo tiempo recalca la necesidad de señalar los presupuestos filosóficos de toda semiótica especial (el análisis de cualquier sistema de signos). La semiótica general sería entonces más cercana a la filosofía. Y así, Eco, como semiólogo, sería más un filósofo que un científico. 
 
•"El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee."
 
•"La materia prima de la vida moderna no es el hierro, ni el petróleo, ni el carbón, ni el caucho: es el papel... Si las fábricas de papel se cerrasen, la civilización quedaría paralizada".    
 
•"El objetivo de una buena introducción definitiva es que el lector se contente con ella, lo entienda todo y no lea el resto."
 
•"Hay libros que son para el público, y libros que hacen su propio público."
 
Eco también parece –con un lenguaje mucho más llano- haberse anticipado a los post-estructuralistas, con “La Estructura Ausente”. No hay un sujeto privilegiado que pueda ver con el “ojo de Dios”, sub specie aeternitas, las formas invariables, la estructura profunda que subyace a la realidad, la realidad última, como fue la pretención desde Hegel hasta Lévi-Strauss, maravilloso y portentoso afán que proviene de mucho antes en la historia de la filosofía, cuando menos desde Platón, y que de algún modo subsiste, por ejemplo, en la búsqueda contemporánea de una Gran Teoría Unificada de la física. Eco esboza varias razones, algunas de sentido común, por las cuales estos ensueños filosóficos resultarían muy improbables de poderse cumplir con éxito.          
 
“Viajes por la Hiperrealidad”, de 1973, es un verdadero deleite, un anticipo lúcido de los delirios y aciertos de Baudrillard, Virilio y Kroker. Eco observa y critica con magistral ironía las manías y mitos de la extraña sociedad y civilización estadounidense. Comenta situaciones insólitas: por ejemplo, un castillo europeo trasplantado piedra por piedra y perdido en un enorme trigal en Tennessee. Pero sobre todo se concentra en un tema: la museística norteamericana, el anhelo algo ingenuo de pasado y raíces, la tendencia a desconocer y borrar la distinción entre representación y realidad (“esto no es una pipa”). Cómo es la vida cuando, gracias a los avances tecnológicos, esa desaparición se va haciendo una realidad. Sus críticas le valieron el resentimiento y las sospechas de la señora Getty, quien manejaba la filantropía cultural, los donativos, de su archimillonaria familia. 
 
Eco es incisivo, a veces mordaz, pero nunca cae en el vulgar antiamericanismo que suele ser tan frecuente, sobre todo en el europeo culto medio y en el latinoamericano europeizado. Nunca falta el asombro y la amabilidad en sus observaciones. Más aún, en un giro inesperado, explica en el último capítulo por qué y cómo las manías y tonterías de los norteamericanos no son más que una reiteración histórica, con medios tecnológicos distintos, y a una escala mucho mayor, de situaciones que acontecieron en el Imperio Romano y en la Edad Media. Cuatro décadas más tarde, y con un mundo desbocadamente globalizado (en gran medida americanizado) a cuestas, las observaciones enojosas, divertidas y apasionantes de Umberto Eco sobre ese mundo que se avecina resultan pertinentes y hasta proféticas. Ahora basta con darse un paseo (virtual si eres tercermundista) por Dubái, o mirar a las muchedumbres pegadas al smart phone. Nunca dejaré de recomendar este libro, así como el “Diario Mínimo”, para los que quieran darse un festín neuronal ininterrumpido.
 
•"Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia."      
 
•"Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles".       
 
Después de esto, debo decir que un poco le perdí el rastro. Tuve otros intereses, algunos de los cuales me fueron revelados por la lectura de sus mismos libros. Eco fue formativo para mucha gente de mi generación. Me remite a la adolescencia, a ese período tan malamente reputado de “difícil” y que es, en verdad, una época preñada de misterios, de expectativas, más placentera que dolorosa, con la dopamina a tope, ese momento de la vida en el cual uno tiene ganas de “devorarse el mundo”, en el cual uno cree ingenuamente que eso es posible e, imprudentemente, que eso es deseable. Sospecho que Umberto Eco se fue haciendo más sabio y sosegado con los años, aunque nunca perdiera del todo su ímpetu juvenil. 
 
•"Creo que aquello en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en pequeños momentos, cuando no están intentando enseñarnos. Estamos hechos de pequeños fragmentos de sabiduría".      
 
•”Ni siquiera tengo una dirección de correo electrónico. He llegado a una edad en la que el propósito principal es no recibir mensajes”.
 
•"Los libros son esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos. Como el martillo, el cuchillo, la cuchara o la tijera."
 
Tengo en el velador su tercera novela, que aún no he comenzado a leer. Sé que nunca dejó de producir novelas ni de escribir hasta el día de su muerte. Algún día, acaso tomándome más tiempo en leer que lo que él se tomó en escribir, me pondré al día con su producción última. Lo más importante es retomar la lectura, la verdadera lectura: reposada y, al mismo tiempo, auténticamente activa. No esa lectura fragmentaria, caleidoscópica a la que incitan los nuevos medios. Teniendo la posibilidad de hacerlo, Umberto Eco nunca se refugió del todo en su torre de marfil, nunca dejó de estar al día con el mundo contemporáneo. No fue un tecnófobo, le fascinaba la informática, pero tampoco un tecnólatra, y siempre nos advirtió sobre los peligros de las tecnologías empleadas de manera descriteriada. Ojalá su muerte, tras una vida intensamente generosa, sea también un renacimiento: el de la búsqueda del saber, del leer y del saber leer.
 
 
 
Mauricio Navia Lora
 
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