4to Festival Internacional de cuenta cuentos
 Fecha:15/05/2008

Cuánto cuentas cuánto vales
El colombiano Carlos Idrobo comparte un par de relatos
Ada Zapata

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Finaliza el cuarto festival Apthapi Internacional de Cuenta cuentos y trae al narrador colombiano Carlos Idrobo.

Como anzuelo la palabra despierta en la boca y se da a probar en La Paz y en el Alto, entre palabreros de México, Paraguay y Perú.

Se levantan sin esfuerzo o se vuelven a caer desvaneciendo la atención, la palabra viaja. Los escénicos y los tradicionales son tejedores mordiendo imágenes en el frío paceño.

Carlos habló del norte argentino, de ingenios azucareros del siglo pasado donde se creó El Familiar, perro negro de ojos rojos, imagen de la impunidad que se lleva a los obreros, desaparicidos y presos políticos.

También nos acerco a la tradición oral colombiana, a María la Macha del eje cafetero del pueblo de San Miguel, la campesina revolucionaria que transformada en leyenda arrastra a los hacendados a profundas cuevas del infierno.

Algo de espanto, leve y sincero se escapa del duende o de la montaña, de Panchita García atravesada por el cielo entre los maizales del abuelo. Los aparecidos que también son mercaderes de la palabra, se acomodaron y demoraron su partida.

AZ: ¿Cuál es la importancia del mito en el cuenta cuentos, que similitudes encuentras entre los nuestros y los suyos?

CI: El mito en el narrador cumple una función muy importante en la comunidad, es el tejedor de la memoria, el mito y el rito unidos al mismo tiempo, el acto de narrar y el acto de tejer palabras para que esas palabras formen un tejido de conocimiento que deje una referencia de valores, como el cuidado de la tierra, la participación comunitaria, etc.

El narrador de historias es una especie de chamán o curandero, la planta mágica es esa palabra ritual mágica. La palabra que limpia, la palabra que cura. En las tradiciones antiguas, en muchas de las comunidades colombianas y sudamericanas, la palabra es el tejido que te comunica con los elementos de la naturaleza y hace que te respondan. El narrador de historias es el que tiene la capacidad de descifrar el lenguaje de la naturaleza y dárselo a la comunidad, es el guardián de la memoria.

En África eran los griots, eran los curanderos narradores los que curaban a partir de las historias que contaban, historias de origen que al recordarlas nos limpian, nos hacen nacer de nuevo. A nivel contemporáneo, en el cuentero está la llave para la resolución de conflictos a través de la palabra, en tiempos donde la situación política nos lleva a la fragmentación, a la intolerancia de las posiciones políticas, sociales o ideológicas del otro, el narrador es el conciliador.

También cumple el papel de educar, el ejercicio de la narración es una estrategia pedagógica. Cada maestro debe ser un narrador de historias, ya sea en una institución educativa, corporativa o social. Los pueblos latinoamericanos venimos de la tradición oral, ahí se construye nuestro pensamiento. Los narradores de historias somos tejedores de vidas también.

Hay similitudes entre nuestras mitologías, los cuentos del duende, los cuentos de las montañas, de la madre tierra, los cuentos de espantos y aparecidos que cambian de nombre como el cuento de la llorona, los cuentos originarios de las comunidades. Los mitos de origen tienen similitudes porque somos pueblos andinos campesinos, pueblos caminantes, no sólo se comercian los productos de norte a sur, sino que también cada vez que entrego una mercancía de un lugar a otro también estoy entregando la palabra, llega el mercader que también es un narrador de historias. La palabra tiene la facilidad de recorrer distancias infinitas enormes profundas.

AZ: ¿Cómo se inicia el movimiento de la narración en Colombia y en Latinoamérica?

CI: Por lo menos en Colombia desde los años ochenta, de hecho la narración oral siempre ha estado presente en nuestras comunidades, ya sean comunidades autóctonas, indígenas y comunidades urbanas. Siempre vamos a encontrar el cuenta cuentos, el palabrero, el culebrero y el maestro narrador de historias, los taitas, los chamanes, los abuelos de las comunidades.

En Colombia desde los ochenta surge como una estrategia escénica, para darle un estatus escénico al narrador de historias, desde la Universidad de los Andes se empieza a generar un movimiento de narradores orales y se crea el primer Festival de Narración Oral en Colombia, yo creo que es de los primeros inicios de los festivales de narración en Latinoamérica, somos como los pioneros. Luego algunas instituciones se hicieron cargo, sobre todo las universidades, se dieron cuenta de que no era solamente un hobby sino una profesión escénica, un acto comunitario. En Colombia se dan unos diez festivales, los festivales de narración comunitaria tradicional donde se convoca a la gente.

Nos hermana la palabra como una familiaridad entre los que vienen de la costa, los que vienen del pacífico, del interior, compartimos una semana al año y es como si fuéramos amigos de toda la vida. Es un escenario para la interculturalidad de nuestros países, también hay festivales internacionales en Chile, en Perú, aquí con el Apthapi en La Paz.

También en Europa, en España, en Francia, en Estrasburgo hay un festival sobre la palabra latinoamericana desde hace como dos años, en las Islas Canarias. En todo el mundo, más que una profesión escénica es una necesidad humana el contar historias; y el que exista el chaman, el juglar, el narrador, el griot. Porque es el que teje los hilos de la palabra y la memoria.

AZ: ¿Cuál es para ti la diferencia entre los cuenta cuentos escénicos y los tradicionales?

CI: La diferencia sustancial entre la narración y el teatro es que la narración es en un tiempo presente continuo y hasta infinito, se cuentan historias no desde la barrera del teatro. El teatro te coloca una cortina con otro tiempo, el narrador esta en el mismo tiempo que el espectador, los espectadores están también otorgándole palabras silenciosas al narrador para que el construya su historia. Solamente a través del que escucha la historia toma un rumbo determinado, la historia puede contarse mil veces pero siempre va ha ser diferente de acuerdo al público que los escuche.

La narración tiene una función más directa con la comunidad, es un tejedor de tiempo en el presente, tejer la palabra en el presente. Últimamente hay una modalidad dentro de la narración que es la narración oral escénica para salas de teatro, haciendo una puesta en escena, escenografía, musicalización, hasta medios interactivos adecuándose al los nuevos lenguajes, pero siempre el principio básico es la palabra.

AZ: ¿Coméntanos cómo ha cambiado la palabra la violencia social en Colombia, cuáles han sido tus experiencias transformadoras y educativas?

CI: Nuestra mayor herramienta y riqueza es nuestra palabra, una palabra bien contada, bien sembrada en la memoria puede hacer un cambio de actitud directo en la comunidad. La herramienta para conciliar las diferencias es la palabra del hombre. La comunidad en realidad es un tejido de palabras comunes y la misión del narrador es mostrar ese cuento común, que la gente pueda evidenciar esa historia común.

En Colombia venimos trabajando desde hace cinco años con un proceso de formación artística, el eje transversal es la palabra escrita, narrada y leída combinada con otras artes: las artes escénicas, los malabares, los títeres, la danza, las artes plásticas. Creamos una experiencia de educación no formal de escuela activa para comunidades vulnerables que no gozan de soluciones de educación por parte del estado, La escuela popular de artes en el barrio Samaria en la ciudad Manizales, un barrio muy conflictivo con muchos escenarios de violencia, con muchas necesidades sociales.

Es una estrategia para la participación comunitaria, en un lugar donde los niños desde los diez anos están armados, los jóvenes no tienen posibilidades de trabajo. Además uno de los grandes problemas de nuestras ciudades con los barrios periféricos es la exclusión, si vives en un barrio periférico te tildan de ladrón, de violento, el mito de la violencia en las ciudades, a ese barrio no puedes entrar porque allá te desnudan, etc.

Y realmente no es así, sí hay problemas bastante graves pero también son nuestras posibilidades de vida y compartimos nuevas posibilidades de vida, compartimos imaginarios, nuevas estrategias de vida a través de la palabra y las artes para la construcción de nuevos territorios donde podamos convivir en paz, donde la tolerancia sea nuestro vínculo para la comunicación. También se toman cuentos de la literatura adaptados a la narración oral como estrategias para enseñar a leer, para jugar con la palabra con las historias con los cuentos.

La idea es también retomar historias para adultos, en Colombia hay amigos narradores que retoman escenarios de la violencia, ellos los transforman por medio de la palabra, los vuelven actos de narración oral, como lenguajes para la conciliación. Un compañero Robinson Posada de Medellín trabaja con la comuna nororiental, la comuna número ocho fue un escenario de la violencia en los años ochenta y noventa con este problema del narcotráfico. Hizo un trabajo de investigación social y de formación artística.

Recogió todas las historias de la violencia de los sicarios, las historias de vida de los sicarios. Creó un personaje, el aparcero de la comuna número ocho que cuenta esas historias para los que viven esa realidad y también para los que no la hemos vivido como escenario para la reflexión.


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COMENTARIOS
Fecha: 18/11/2009 Hora 19:42:43

Querido Carlos, yo creo que falta mas precisión sobre los incicios en colombia, que NO FUE LA UNIVESIDAD DE LOS ANDES...

Autor del comentario: jota villaza