Cuento Fecha publicación: 07/11/2008 |  Versión para imprimir

CUARENTA Y NUEVE
Por Elizabeth Scott, con dibujos de O. Kellemberger

 

Definitivamente, el abuelo es el único que me entiende y sabe lo que necesito. Lo digo sobre todo por un regalo que me hizo, uno bien especial. Hablo de cuarenta y nueve pirañas de colores. Cuarenta y nueve… ¿acaso no es una cantidad asombrosa?

Un día, sin previo aviso, el viejo se apareció con dos muchachos que cargaban una caja inmensa y transparente y la mandó poner sobre el piso, al lado de la cama, a falta de un lugar mejor. Mientras tanto, mi padre no paraba de renegar. Decía que el abuelo exageraba y que me consentía demasiado, como si fuese un niñito de cinco.

—Estaban en rebaja… Los compré de barata, tenía que llevármelas todas —repetía mi abuelo—. Además, el Manu hace rato que las quiere y se las ha ganado, ¿acaso no vieron sus calificaciones?

Después del berrinche que empezaba a cansarme, mi padre salió para el trabajo, el abuelo subió a su cuarto y yo, aunque me moría de ganas de ver los peces, me quedé quieto sobre la cama, de espaldas a la pecera. Y dejé para después la inspección, para cuando ni mi madre, ni la empleada, ni absolutamente nadie me vieran. No iba a arriesgarme a una interrupción, quería disfrutar de mi regalo a solas y con calma. Es muy difícil que alguien se haga una idea de cuánto me gustan estos peces; esta era mi gran oportunidad para contemplarlas hasta el cansancio, para verificar cada uno de mis conocimientos y cada una de mis sospechas. Así que cuando la casa quedó en silencio, eso fue precisamente lo que hice.

Desde el principio constaté que mis pirañas en todo momento conformaban figuras amorfas y seductoras, dignas de un caprichoso pincel; y que se desplazaban nerviosas, como si no pudieran permanecer inmóviles ni por un instante. De hecho, se movían como yo cuando más pequeño… hasta empecé a pensar que nos parecíamos. Pero a diferencia de mi palidez cadavérica, ellas tenían un color envidiable. Algunas eran brillantes, otras transparentes, las había casi fosforescentes; y digo casi, porque cuando probé a apagar las luces, sus cuerpos se disolvieron junto a las formas muertas de la habitación. No se distinguía nada. El abuelo me explicó después que mis pirañas eran  demasiado especiales, que eran fosforescentes al día. Nueva razón para admirarlas, no saben cuantos adhesivos fosforescente tengo coleccionados, me refiero a esos luminiscentes que se pegan a los techos para formar un firmamento cada vez que se apaga la luz; pues con estas pirañas, no se necesita apagar la luz.
 
Pero volviendo a temas serios, mis animalitos eran tantos y tan diversos que debía de disfrutarlos de a poco, con algo de método. Así es que inicialmente me concentré en la sierra apretada de sus dientes triangulares. Mirándolos bien, de cerca, su boca se me antojó una pequeña herramienta de precisión, lista para abrirse en un gesto fiero y cerrarse luego, herméticamente, en un mecanismo fatal. También reconocí la carnosidad que llevan entre la cola y la membrana dorsal: la tercera aleta que caracteriza su especie.

Al tercer día puse atención a las amplias estelas de espuma que forman al desplazarse. Como los bordes de su piel presentan pequeños cortes, encausan el fluido y logran un trazo sinuoso y burbujeante dentro del agua. Soy capaz de quedarme horas mirando los dibujitos que forman.

Para el quinto, me propuse contarlas y terminé mis intentos al día siguiente. Pero la verdad, no fui capaz de sumar cuarenta y nueve. Otras veces, lo mismo, siempre contaba de menos. Pasa que como no estoy familiarizado con espacios acuáticos y estos bichos son demasiado escurridizos... la tarea se hace complicada.

Lo que es seguro es que si ellos quieren, pueden revisarme a sus anchas. De rato en rato sus ojillos, como botones fríos, se acercan, casi se pegan al cristal, y tengo la impresión de que me observan con detenimiento y hasta quieren tocarme. A estas alturas pueden haberme estudiado al detalle pues suelo quedarme horas, tieso como un bobo, amplificando la joroba que tanto disgusta a mi madre y enoja a mi padre, adormeciéndome en la contemplación. Pero la verdad es que no puedo saber si comparten mis deseos o no, quizá ni les importa conocerme. 

Se me ha ocurrido una idea. Voy a dedicarme a una hasta domesticarla. Tengo que encontrar el modo de hacerme entender, participar de alguna forma en sus prácticas, controlar su itinerario. Tengo que captar su atención aunque tenga demasiadas distracciones con sus compañeras y aunque vivamos en elementos distintos: yo en el aire, sobre un poquito de tierra, ella —espero con impaciencia tener una elegida—, sumergida en su prisión de agua.

Después de un par de días, creí identificar a la más linda, además, una realmente distinta del resto. Pero después de un tiempo siguiéndole el rastro, reparé en que había otros ejemplares parecidos, con ese mismo color, magenta apagado, incluso con proporciones similares.

Decepcionado, pues las pesquisas me significaron demasiado trabajo, me olvidé de mis amigas durante días. Pero luego volví a las andadas, a observarlas por horas. En esa época dejaba la luz encendida más allá de la media noche, sólo para contemplarlas desde la cama. Así hice otros descubrimientos; a saber, que algunas tenían la costumbre de dormir en el fondo y que podían permanecer estáticas durante varias horas; que a veces, juguetonas, se toqueteaban entre sí, que parecían besarse a cada rato.

Nuevamente traté de concentrarme en una sola, pero para entonces descubrí que la casa de agua estaba en revuelta. Las pirañas se movían como electrizadas y se escondían una detrás de la otra, haciendo prácticamente imposible la tarea. Para empeorar las cosas, el líquido se había tornando verdoso y empezaba a apestar. Claro, yo era el único responsable de la pecera y hasta el momento no me había ocupado del cambio de aguas. Admito que por no limpiar su casa podían acusarme de descuido y dudar de mi aprecio, con todo derecho. Pero confiaba en su comprensión, tienen que entender que por ahora amaestrarlas resultaba mucho más urgente que darse a la limpieza. Mamá seguramente habría dado el grito al cielo por la inmundicia, pero por suerte andaba demasiado ocupada como para acordarse de mis mascotas o entrar a mi cuarto. Menos informado estaba el abuelo —pobre— que había caído en cama por la artritis. De no ser por eso, seguramente habría sentido sus pasos y sus silbidos buscándome en la tarde. De todos modos, pensaba visitarlo pronto. Ya me daría modos para subir con la pecera y así podríamos disfrutar todos juntos: los cincuenta y uno. Pero cada vez postergaba la visita porque no estábamos listos. Yo quería mostrar a lo menos una piraña amaestrada y mi objetivo parecía cada vez más difícil… imposible.
 
Es curioso, pues precisamente cuando abandonaba la idea de domesticar a una sola y empezaba a creer que lo mejor era dedicarse a un grupo; me resultó fácil, es más, me resultó inevitable distinguir a la grandota magenta que había seleccionado de principio, o al menos eso creía. En última instancia, la reconocía por su mirada que ahora solía aferrarse a la mía durante horas, provocándome sensaciones extrañas, distrayéndome de mi objetivo.
 
Como la alimentación es clave para el adiestramiento, a la hora de darles de comer me aseguro de que la magenta me está mirando —generalmente me mira— y me aproximo a ella copiando sus movimientos sinuosos con la mano. Cuando estoy cerca, echo la comida y entonces todas las pirañas se acercan y se dirigen al mismo objetivo, voraces. Ahora más que nunca porque cambié de alimento para peces, uno que es bien concentrado y las está poniendo gordas y vigorosas. Lo noto en los juegos que practican, cada vez son más intensos: empezaron con hielo—sol, pesca—pesca, ahora siguen con lucha libre, taekwondo, riñen y siempre sonríen abriendo sus dientes de metal. Me entusiasman. También me doy cuenta de que mi magenta ha cambiado de mirada —acaso yo también—, hablo objetivamente, se le ha puesto dura...

Han pasado tres días y estoy realmente confundido. Tal vez por la contaminación (es difícil ver lo que sucede dentro del agua) pero me da la impresión de que mis acuáticas amigas se dilatan y contraen cambiando de contorno y forma a discreción. No sé… lo que es seguro es que se han puesto raras.


Después de demasiado tiempo, confirmo mis sospechas. Mis dulces mascotas se han estado matando en mis narices, unas a otras, aprovechando mi ignorancia. Ninguna se contrae o duerme, ninguna cambia de forma. En cambio languidecen, se desplazan amenazadoras o en espasmos, se ingieren con saña. Y la opaca magenta, con todo su volumen, es la matona cabrona que se está comiendo una a una al resto.

 

Me dieron ganas de huir y he pensado en romper la pecera, pero ese sólo pensamiento me llena de frío y miedo. Temo que como babosas y durante el descanso, suban hasta mi cama, penetren por mis orificios y me consuman por partes. Aunque no lo parezca, esto se ha transformado en un duelo. En un duelo al descubierto. Alcancé a llorar un poco en el corredor para que no me vean, tenía que sacar de algún modo este horror que llevo por dentro, estos nervios. Pero ya está. Asumo las reglas, la naturaleza. Además, si soy sincero, ellas me deslumbran precisamente porque se matan así, al desnudo, y no como los hombres, solapadamente. 


Ahora no queda más que ver la final; para cuando las aletas sin fuerza dejen de batirse y mi magenta se devore todo y a la penúltima y entonces me mire con esos sus ojos malignos, anunciando mi turno... pues ella —estoy completamente seguro— me conoce bien. Y no tiene por qué ser siempre hombre sobre bestia, y no tengo argumentos y no me voy a interponer. 

  

Y quién sabe, tal vez me domestique el pez, me venza el pez o me acabe el pez...

 

Texto: Elizabeth Scott
Dibujos: Oscar Kellemberger
2005
 

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